Poder real y poder formal

- Opinión

Los políticos de nuevo cuño buscan estar entre los invitados a la mesa del Vicepresidente.

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Cuando el legendario líder minero Juan Lechín Oquendo fue elegido vicepresidente de la república, requerido por los periodistas para explicar el papel de su cargo en la conducción del gobierno, respondió: “Es la quinta rueda del carro”, queriendo significar que el cargo era más decorativo que operativo y que, si se lo anulaba, no pasaba nada. El verdadero poder, entonces y como siempre, radicaba en la casona de la plaza Murillo.

En Bolivia, uno de los milagros del parto sin dolor de la nueva carta fundacional, aprobada con mayor rapidez de lo que canta un gallo, fue cambiar las reglas del juego de un solo tajo. El hasta ahora copiloto, muy legítimamente por cierto, aspira al puesto de piloto. Presenciamos, quizá, el comienzo de una traslación del poder real, y, como por arte de magia, es ahora la presidencia la que está en camino de ser la “quinta rueda del carro”. Pero, el brillo y el lugar destacado en las primeras planas de la prensa, como al niño que se le da un dulce para calmar sus arrebatos, sigue destinado al inquilino de la Plaza de Armas. Los políticos de nuevo cuño, que han aprendido a reconocer de qué lado sopla el viento, buscan atropelladamente alinearse detrás del atildado vicepresidente “filósofo” con la esperanza de estar entre los comensales invitados a su mesa. Como se ve, la demagogia y las duplicidades siguen presentes en el escenario político de cada día. Los residuos del pasado remoto o reciente, el bizantinismo tradicional y el hábito de sobrevivir mediante la doblez bajo dictaduras de derecha o de izquierda, conviven activamente con lo nuevo.

Pero, no sólo la presidencia de la república resulta devaluada en su poder de conducir a la nación (o naciones, en este caso). La otra víctima notoria por su papel protagónico en la conducción de las relaciones de Bolivia con el mundo ha resultado ser la Cancillería a la que, a modo de consuelo, se le entrega la “papa caliente” de lidiar con el problema del Silala y la cuestión marítima con la nación transandina a sabiendas de que las pretensiones bolivianas no tienen atisbos de solución ni a mediano ni a largo plazo (bien haría el Canciller si empezara a decirles a los bolivianos la verdad). La atribución de orientar, planificar y ejecutar la política exterior (incluyendo la designación del personal de embajadas y consulados) pasa, sin anestesia, de manos del Canciller a las del Vicepresidente. La parte del ceremonial, y otras de menor cuantía, queda a cargo del ahora deslucido Canciller.

Lo dicho hasta aquí sólo tendría el sabor de lo anecdótico de no mediar un hecho que no ha pasado inadvertido para aquellos que siguen con interés el desarrollo de la “política del cambio”. Nos referimos a los entredichos suscitados entre un aspirante indígena al gobierno de La Paz y el propio Presidente y sus acólitos, magnificados por estos últimos, para perjudicar la ambición legítima del originario en representación de sus hermanos de raza. Si el sociólogo prematuramente defenestrado está en lo cierto, él habría sido la primera víctima (sin contar con el “santito” alojado en San Pedro) de una guerra no declarada para aislar a los indígenas en provecho de una casta blancoide que parece haberse hecho con las riendas del poder. Y esto es grave si se suma a las fracturas aún no soldadas entre oriente y occidente que postergarán los ideales de unidad en la diversidad que se ha alentado desde la fundación del país. Como podrá ver nuestro amigo Félix, lo vivido hasta aquí no ha sido más que un sueño. Y, ya lo dijo el dramaturgo, “ la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.

*Hernando Velasco

La Razón