Somalia, piratas, Bolivia

- Opinión

Humberto Vacaflor Ganam

El periodista Frank Gardner, de la BBC, acaba de tener una experiencia que podría parecer extraña en este siglo XXI: a bordo de un barco carguero ha atravesado las aguas del golfo de Aden, entre Somalia y Yemen, infestadas de piratas somalíes.

Desde que el Estado de Somalia se esfumó en 1991 y se convirtió en Estado fallido, el territorio que ocupaba es refugio de toda clase de delincuentes, fabricantes de una droga de efectos similares a la coca, traficantes de mujeres secuestradas, contrabandistas y, los más famosos de todos: barcos piratas que son la pesadilla de esos mares.

Fragatas de la OTAN patrullan el golfo con la intención de proteger a las 20.000 embarcaciones que circulan por allí todos los años, con cargas muy valiosas.

Gardner se embarcó en el buque británico Sea Legend que llevaba 90.000 toneladas de gasóleo desde Omán hasta Suez. Para un barco inglés los piratas no hubieran sido sino amigos hace dos siglos, pero ahora esa actividad es de otros y en otras aguas.

Antes de llegar a las aguas dominadas por los piratas, los barcos mercantes se organizan y forman flotillas de solidaridad. De todos modos, se ha hecho necesario que las superficies de babor y estribor se refuercen con alambres de púa, además de agentes armados con ametralladoras.

Hay una empresa especializada en servicios de seguridad contra los piratas y es, casualmente, inglesa: Neptune Maritime Security. Pero hay problemas con el porte de armas, porque cuando el barco está pasando por aguas territoriales de algún país, los Estados no las autorizan.

Entonces es que, cuando salen de las aguas territoriales de Estados existentes, los barcos entran en las aguas de un Estado inexistente y allí tienen problemas. Es un trayecto de 4.229 kilómetros que los marineros llaman ahora “la ruta del miedo”.

El terror aumenta cuando se avista un “grupo de acción pirata” conformado por varias embarcaciones aparentemente frágiles pero con tripulantes avezados que han sido capaces de abordar grandes barcos y someterlos.

A fines del año pasado se mencionó que algunos de estos grupos de piratas estaban “vendiendo” seguridad a empresas navieras, de tal modo que puedan atravesar esa ruta sin miedo. El viejo estilo de la mafia: vender seguridad a quienes aspiren a no ser atacados por ella.

El reportaje de Gardner es riquísimo en detalles. Y está en el sitio de la BBC.

Lo leí el mismo día en que se difundió la noticia de que las autoridades de San Ignacio de Velasco, de Santa Cruz, decidieron pedir colaboración al Estado brasileño para dar seguridad a los autobuses que, en territorio boliviano, son ahora atracados por piratas del camino.

Es la región donde predominan los narcotraficantes que llevan a Brasil la droga del Chapare. Se ha comenzado a convertir en una tierra de nadie, como lo demuestra el pedido de las autoridades de la zona.
Allí se dan dos elementos similares a los somalíes: droga, contrabandistas, un Estado débil, casi inexistente.

Mientras San Ignacio de Velasco pide ayuda a las FFAA brasileñas, las FFAA bolivianas están cumpliendo órdenes de las seis federaciones del Chapare en el TIPNIS.

¿Y si le pidiéramos ayuda a la OTAN?




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