Los reos relatan su drama en el penal, Palmasola es una ‘pesadilla’ para ancianos

- Vida

Informe. Santa Cruz. Los 116 reclusos de la tercera edad están sometidos a condiciones de precariedad. La pobreza no les permite purgar en casa.

Romel, recluido en la primera planta,  pasa 22 horas del día acostado en una cama por problemas en uno de sus pies. Hay 10 que sufren alguna enfermedad terminal y un 80% no tiene sentencia. Los mayores de 60 años ya pueden cumplir su detención en su domicilio, pero la mayoría no tiene casa.

Palmasola es una ‘pesadilla’ para ancianos

image LOS REOS RELATAN SU DRAMA EN EL PENAL.

Drama. La pierna derecha de don Romel cuelga para que no le duela. A este hombre de 61 años lo sentenciaron por una estafa que él dice no ha cometido.

Roberto Navia, El Deber, Santa Cruz

Romel está obligado a permanecer acostado 22 horas al día en la primera planta de una cama angosta. Las dos horas que le quedan las utiliza para orinar 16 veces y tomar el sol que entra por minutos en ese dormitorio hacinado por gente caída en desgracia. Romel es la suma de varias cosas: es uno de los 116 presos de la tercera edad en la cárcel de Palmasola de Santa Cruz y es una de las víctimas de un sistema de salud precario, y, sobre todo, es uno de los diez hombres viejos que tiene un pie en la tumba, porque Romel, debe tomar 35 tabletas en una jornada y colgar el pie derecho para que no reviente.

Lo de Romel es solo un ejemplo de que ser viejo y pobre es un problema mayor cuando se está dentro de una cárcel, y peor aún, cuando no se sabe si la libertad le ganará a la muerte porque el 80% de  80 hombres y 36 mujeres presos de la tercera edad en Palmasola no tiene sentencia porque la justicia camina a paso de tortuga. 

José Luis Prieto, abogado sin remuneración de los presos ancianos, es el que revela esos datos y el que también sabe que así como hay algunos que están por homicidio, hay varios que fueron acusados injustamente por sus mismos familiares con el fin de despojarlos de sus casas o negocios.  

Atraído por esos números rojos es que ahora estoy en la cárcel sentado al lado de un hombre viejo que me dice que la retardación de justicia es tan amarga como la soledad.

Julio C. tiene puesto el mismo saco de lana que alguien le regaló el primer día que pisó la cárcel, hace 10 años, cuando lo acusaron de matar a un hombre. Los ojos de Julio siguen a 22 hombres con pantalones cortos que corren tras una pelota. En la cancha de polvo espeso se enfrentan a muerte Los abuelos contra Los superabuelos. Un clásico futbolero que les ayuda a olvidar las rejas. Julio se olvida también que no tiene carné de identidad, y mientras no cuente con uno cree que está más verde su libertad. Este hombre, de 65 años, en realidad tiene pocas cosas.  Tiene ese saco roto que ahora lleva puesto, un par de zapatillas blancas y rotas número 40 que bailan en sus pies número 38 y una cueva que compró en 350 dólares, donde guarda cartones para descansar su cuerpo de pajarito. 

El colono Ponciano Cruz está preso por pirómano. Hace diez meses, antes de cumplir los 64 años de edad, con varias copas de alcohol en la cabeza y con un encendedor en la mano prendió fuego a la choza de motacú de un enemigo que tiene en un pueblo lejano, y eso le cambió la vida.

Ponciano solo cuenta con seis hijos que viven en San Julián, que no saben cómo enfrentarse a la justicia. Ponciano también tiene una bolsita de coca y los dientes verdes y un olor a hombre de monte, un banco en el templo de una iglesia evangélica donde se acuesta cuando termina el culto y tiene una frazada oculta detrás de una puerta como compañera de sueños. Ponciano no tiene abogado privado y tampoco sentencia. 

William Wálter da Silva Banzer, hasta antes del 12 de mayo se sentía un hombre joven, a pesar de sus 61 años. Pero con las rejas le llegó la vejez y ya no es el hombre ágil que trabajaba como guardia de seguridad. Está preso porque lo acusaron de robar cuatro bidones que contenían veneno. La vejez le llegó acompañada de la soledad porque su segunda esposa casi no va a verlo por problemas económicos, y pese a ello su esperanza está puesta en ella:

“Si me espera hasta que salga libre, la llevaré al altar”, promete.  En la cárcel de mujeres sobrevive Tomasa Aguilar. Pide que sus familiares y amigos vayan a verla. 

El abogado Prieto recuerda que sacar a un anciano enfermo demora más de una semana para conseguir permiso, y otra más para que asignen un policía custodio.

Son las 13:00 y en la cárcel de varones Romel está en su cama. Él es uno de los que aguarda el momento para salir a la ciudad en busca de un médico especialista en geriatría que pueda hacerle pasar la amargura que le causa estar acostado durante 22 horas del día.

LAS FRASES

«Me acusaron de suplantar firma. Llevo 13 meses y no tengo sentencia. El juicio iba bien hasta que me faltaron los quintos»

Genaro Vargas| 70 años

«Cuidaba el coliseo de la Villa. Me defendí de unos jóvenes que se entraron por la fuerza y ahora sufro en la cárcel »

Julio Chávez | 75 años

«Llevo cuatro años y seis meses en este tormento. No tengo sentencia. Duermo en el templo. Me abandonó mi familia »

Gustavo Ramos | 68 años


La pobreza no les permite purgar en casa

Investigación. La Ley 2298 da la posibilidad de que los mayores de 60 años puedan cumplir condena domiciliaria y exige una dirección comprobada. Pero un 60% ya no tiene casa.

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Unidos. No se sienten solos. El Consejo Departamental de la Tercera Edad los asiste con abogados, les organiza campeonatos de fútbol y vela por el estado de salud

Es un perverso círculo vicioso el que los tiene presos.  La Ley de Ejecución Penal y Supervisión 2298, en su artículo 196, señala que los condenados que hubieran cumplido la edad de 60 años, durante la ejecución de la condena, podrán cumplir el resto de la misma en detención domiciliaria, salvo aquellos que hubiesen sido condenados por delitos que no admitan indulto, como asesinato y violación agravada.

Pero para beneficiarse de esta ley hay que garantizar dirección domiciliaria, y el 60% de los 116 presos de la tercera edad (entre hombres y mujeres) lo han perdido todo: la esposa y los hijos y también la casa en la que vivían hasta antes de ser guardados en el penal.

Otro de los requisitos es tener un trabajo seguro, dice con una voz ronca Juan Suárez, el presidente de los presos de la tercera edad de Palmasola. Reniega porque con la cárcel también han perdido el trabajo los pocos ancianos que lo tenían.

“Por donde miremos las esperanzas parecen estar muertas”, dice José Luis Prieto, el abogado del Consejo Departamental de la Tercera Edad que atiende a los presos de Palmasola.

La primera solución visible que maneja el Consejo Departamental de la Tercera Edad, que dirige Elsa Carraza, es hablar con un centro para ancianos y utilizar su dirección como referencia domiciliaria. 

Pero el objetivo es ir más allá. Prieto asegura que propondrán a la Asamblea Legislativa Plurinacional un proyecto de indulto sin ataduras ni entuertos jurídicos. De aprobarse aquello se podrían beneficiar las personas de la tercera edad que purgan condenas en todas las cárceles del país, señala Prieto. Según el Régimen Penitenciario, en todo el país hay 363 adultos mayores y Santa Cruz es el que está primero en la lista, por encima de La Paz.

Dolor en el penal

Godo Reinicke / Médico geriatra

La incoherente retardación de justicia indudablemente aumentó los sufrimientos de la población carcelaria de adultos mayores.

Nuestros vetustos recintos penitenciarios agudizan la tortura y el dolor de aquellos viejitos que, por una u otra circunstancia, guardan detención.

Las enfermedades crónico degenerativas, propias de esta edad, conllevan un aumento y escalada de enfermedades infectocontagiosas muy frecuentes en estos ambientes, por tanto, por cuádruple partida, el adulto mayor recluido vive con alguna de estas situaciones: posiblemente no cuenta con sentencia ejecutoriada, el padecimiento del cautiverio es menos tolerable por la edad, sufre abusos de los mismos internos, o, por último fallece, elevando drásticamente las causas de defunción.

Se debe traducir en un inmediato y sustancial cambio de actitud. Nos llama la atención que este proceso de pobreza y desigualdad social de los adultos mayores recluidos se exacerba con la profunda inaccesibilidad a los servicios básicos de salud y de justicia, atribuida a la elevada concentración de población en los recintos y de expedientes en los juzgados.

Desde el estómago de la jaula

La cárcel de Palmasola intimida con su muralla alta. Estoy afuera, en una fila larga que se achica de a poco. Los abogados entran en sus vehículos y piden abrir el portón a punta de bocinazos.

Ya adentro, con el brazo derecho marcado con sellos policiales, un preso con sentencia de 30 años por asesinato me guía, me cuida, me lleva en busca de ancianos. “Allá hay uno”, me dice y apunta a un hombre con varias arrugas en la cara y con las mismas sandalias con que (me dirá después) cultivaba la tierra en San Julián.

Después conoceré a cinco, a 10, a 15. Entre ellos a un hombre que creo reconocer. Lo he mirado antes, en la plaza 24 de Septiembre, pero lo he visto con la cara pintada. “Yo soy el mimo que hacía pasar buenos ratos en el centro de la ciudad”, me dice Víctor Calisaya, con sus 74 años de edad y con sus ojos de actor.

Hay un anciano que saca cuentas con los dedos de sus manos. Está enfermo y ha conseguido que le den permiso para ser atendido en un hospital de la ciudad. Pero por experiencias ajenas sabe que debe pagar Bs 300 por dos policías que lo escoltarán para que no se fugue y Bs 100 para subirse al micro policial que lo sacará de su jaula por unas horas.

Es muy duro vivir el final de la vida en la cárcel y peor abandonado por los familiares. Urge que las autoridades responsables atiendan a los adultos mayores en el penal.

Testimonios    

Julio Chávez

70 años de edad

En el coliseo de la Villa Primero de Mayo trabajaba como cuidante. Una noche les dije a unos jóvenes que no podían usar la cancha. Me patearon y yo le di con un palo a uno, le hice un tajo y me acusaron de intento de homicidio. Van ocho meses de aquello.

Manuel Gonzáles J.

75 años

Soy beniano y me encuentro enfermo del corazón. Me duele la pierna cuando camino, ya sea en una superficie plana o cuando subo las gradas. La situación es tan difícil que ya he optado por no hacer ese esfuerzo. Eso me impide visitar a algunos amigos que están en cama.

José D.

78 años

Esta habitación tiene una capacidad para 37 personas, pero vivimos 90, de los cuales 30 somos ancianos. Solo se paga un monto pequeño cuando uno llega. Si no fuera por esa ayuda dormiríamos en la calle. Los que no tiene colchones duermen encima de cartones.

Teresa H.

61 años

Aquí he aprendido a pedir monedas. Míreme, soy una persona mayor y estoy aquí por una supuesta estafa. A un comienzo intenté tejer a croché, pero descubrí que no es eso lo que me gusta. Vendo tarjetas telefónicas y gracias a eso me ‘gotean’ algunas monedas.




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