El drama de Fausto y la hoja sagrada

- Opinión

Álvaro Riveros Tejada

Alvaro-Riveros-Tejada3Muy pocas obras en la literatura universal obtuvieron la acogida y alcanzaron la popularidad de Fausto, por lo que a poco de su primera aparición en Alemania, en 1587, bajo el título de Volksbuch o libro del pueblo, fue traducido a varios idiomas, hasta llegar a inmortalizarse en la pluma del ilustre Wolfgang Goethe. En él se narra la historia del Dr. Johann Fausten, teólogo y practicante de magia negra, que invoca al Diablo para tratar de someterlo a sus órdenes.

Por medio de un pacto, Mefistófeles, demonio súbdito del Diablo, accede a obedecer y brindar todo aquello que intrigue a Fausto durante veinticuatro años, al término de los cuales el alma de éste pasaría a propiedad del Diablo. Durante el plazo predeterminado, Fausto titubea entre los excesos mundanos y el remordimiento; sin embargo, el Diablo nunca le permite llegar a un completo arrepentimiento, por lo que pasados los veinticuatro años, Fausto muere de una manera violenta y es llevado al infierno. Debido a esa peculiar característica enraizada en lo más profundo del alma humana, que consiste en obtener con el menor costo o esfuerzo posible bienes materiales, poder, gloria, honores y la felicidad de una juventud eterna.

Empero, ese sueño lindante con la quimera, tampoco dejó de atraer la tentación de déspotas y tiranos que pretendieron perennizar y conservar su dominio sine díe. Es el caso del recientemente finado micomandante Chávez que, en su efímero paso por el mando de su nación, despilfarró sus riquezas, dejando una estela de desolación, carestía y pobreza. De nada le sirvió el arrepentimiento público demostrado, besando crucifijos y profesando su fe en Cristo; el pacto satánico se había cumplido irremisiblemente.

Hace ocho años que los bolivianos hemos celebrado un pacto con el Chapare y son varios los lujos y larguezas que dicho convenio nos ha concedido, a cambio de un ciego culto a la “hoja sagrada” que nos motivó a gritar: “Causachun coca”. Aviones de lujo; miles de automóviles que ingresan al país diariamente, obviando trámites aduaneros; centenares de viajes a latitudes impensadas, para codearnos con reyes, príncipes y personajes que dominan el mundo; doctorados y condecores, aun conociendo nuestra reticencia a las universidades; edificación de palacios, fábricas y plantas industriales, cuyos productos terminados no verán ni nuestros nietos; aeropuertos, donde jamás necesitarán llegar aviones; puentes sin ríos y caminos que no van a ninguna parte. En fin, una serie de prebendas que concluirán en el tiempo determinado por el pacto.

Entonces llegará el tiempo del arrepentimiento y gritaremos a mandíbula plena “wañuchun coca” (muera la coca), cuando ésta haya sido condenada por un informe de la Unión Europea que lo financió y que declare que sólo son 6000 las hectáreas útiles para el acullico y no cuarenta mil. Proponer la sustitución de los cultivos o el desarrollo alternativo, al mejor estilo de los anteriores gobiernos, será extemporáneo y ocasionará más ira que agrado. Por tanto, en este proceso de descolonización al cual hemos ingresado con tanto entusiasmo, marchemos estoicos hacia el “Halloween” que se avecina, preparándonos con valentía a repetir el drama de Fausto y la hoja sagrada.




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