Las miserias del presidente

ROLANDOK

Rolando Tellería A.*

Como sostenía el célebre sociólogo alemán Robert Michels, el ejercicio prolongado del poder produce siempre efectos perniciosos en el estado psicológico de quien o quienes lo ejercen de manera ininterrumpida. Aunque, claro, esta afirmación, salvando las distancias, va a contrapelo con la expresión de “Pepe” Mujica, expresidente del Uruguay, de que “el poder no cambia a las personas, sólo revela quienes verdaderamente son”.  Sin embargo, mas allá de estas dos perspectivas aparentemente contrapuestas, lo cierto es que los últimos acontecimientos y episodios en la política nacional, han colocado a la luz de la opinión pública terribles miserias morales y humanas del Primer Mandatario.

Estos últimos episodios han desnudado que la supuesta grandeza del Presidente no está presente, ni se refleja, en las situaciones adversas de la política, donde más bien salen a relucir las debilidades y pasiones de un hombre común; develando, quizá, su propia naturaleza.

A instancias de los últimos acontecimientos: de un líder con características magnánimas y condiciones morales admirables, paso, en el imaginario popular, a un hombre común y simple mortal. Su postura y accionar frente al problema con su expareja sentimental, el hijo de ambos, la derrota del 21F y el conflicto con el colectivo de los discapacitados, han develado que no sólo es vulnerable a los placeres de la carne, la mentira y el engaño, sino que además es poseedor de terribles miserias.

El odio contra su expareja, que claramente se manifiesta cuando la arrinconan a espantosos y tortuosos escenarios, a los mejor, de acuerdo a las lecciones del psicoanálisis, proviene del miedo. Del miedo, como sostiene Fernando Mires, “a eso que supuestamente no nos deja ser lo que deseamos ser”. Por ello, el intento de destruirla, si es posible, a través de la “lapidación”. Este odio y la idea de “eliminarla”, que como hemos dicho proviene del miedo a algo, es alimentada por su feligresía. Una de sus más connotadas componentes, sugirió que “esa mujer debe ser castigada, juzgada, encarcelada por lo menos para 30 o 40 años…”. Ese odio, evidentemente, surge del miedo.

En cuanto al papel de padre y progenitor, las enormes miserias del Primer Mandatario están expuestas en primer plano. Se contradicen además con aquel discurso que efectuó el 2012 en Santa Cruz, cuando señalo que “no es necesaria una prueba de ADN para que un padre reconozca al hijo de la mujer que embarazó, y que sólo basta con que la madre revele el nombre del progenitor”. Aquí también subyace un pavoroso  miedo a “algo”. En ambos casos es descomunal el grado de indignidad y crueldad.

Rechazar los resultados democráticos de la consulta del 21F, no aceptar la derrota, devela que no sabe perder. Quiere (ojo, no son sus bases ni los movimientos sociales) repostularse de cualquier forma. Es terrible el miedo al abandono de la situación política lograda, ignorando que no hay nada más circunstancial y efímero que el poder político.

La movilización de los discapacitados y el drama de su marcha de 42 días, revela también una enorme falta de sensibilidad que no inquieta su afectividad y su conciencia. El sufrimiento de esas personas resulta pálido e insignificante para su embotada sensibilidad. Prefiere destinar más de un millón de bolivianos por día a sus prestidigitadores de la información que vanamente pretenden destruir la capacidad de análisis de la población.

La luz de la supuesta grandeza de espíritu del Presidente quedó eclipsada con las despiadadas miserias ¿Lo transformó el tiempo en el ejercicio del poder o se reveló su verdadera naturaleza?

*Profesor de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón

Los Tiempos – Cochabamba

 

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