Las gotas golpean suaves el cristal de la ventana y un lejano trueno se escucha en la distancia. El sonido de la lluvia es maravilloso, tranquilo, evocador y relajante. Al menos el de la lluvia de aquí en nuestro pequeño planeta. Porque sí, en otras partes de la galaxia también llueve, por supuesto. Pero la lluvia extraterrestre puede que no se parezca en nada a la que conocemos. De hecho, la lluvia constituida por agua es bastante extraordinaria en el universo. Si pudiéramos transportarnos a otro paisaje, en otro mundo, ¿qué nos encontraríamos? Viajemos un poco y a sentémonos frente a la ventana de nuestra nave a contemplar.

Venus

Comencemos por nuestro propio sistema solar. Venus es un vecino relativamente cercano. También es un planeta rocoso, lo que quiere decir que podríamos “aterrizar” en su superficie, como ya lo han hecho algunas sondas. Pero Venus tiene la merecida fama de ser el planeta del Sistema Solar más caliente. Y es que a ras de tierra se alcanzan los 463ºC. Si parásemos allí nuestra nave nos encontraríamos en un yermo de roca de color pardo rojizo y amarillento donde metales como el plomo serían capaces de evaporarse y “llover” en Venus. Pero viajemos un poco más arriba. Sobre la superficie del planeta se extienden miles de kilómetros de nubes amarillentas.

La temperatura, más arriba, desciende rápidamente hasta varios grados bajo cero. Situémonos entre la superficie y las grandes nubes. De pronto, una fina y torrencial lluvia atraviesa el aire. Pero nunca llega a tocar el suelo pues se evapora de nuevo al subir la temperatura. Pero no es agua lo que golpea la ventana, sino ácido sulfúrico. Este vapor junto a numerosos gases de efecto invernadero son los causantes de que Venus sea el planeta más caliente del sistema. Lo que no impide que también pueda llover aunque sea a muchos kilómetros sobre su superficie.

Neptuno

Vayamos a la parte más alejada del Sistema Solar. Neptuno es enorme. Pero también es en su mayoría gaseoso. En las profundidades “azules” de este planeta se esconde, creemos, un núcleo sólido de roca recubierto por un manto helado. Pero más arriba, un gas espeso y denso compuesto por helio, metano e hidrógeno. Una vez dentro notaremos que la presión es muchísimo más grande de lo que hayamos visto jamás. Con unas 100.000 veces más presión que la que conocemos en nuestro planeta, tendremos que apretar bien las tuercas de nuestro vehículo para poder resistirlo. De hecho, a 7.000 kilómetros bajo la capa superior es tan sumamente grande que los átomos de metano no lo soportan demasiado bien y se descomponen. Pero se recomponen y cristalizan en diamantes que caen sobre el núcleo de Neptuno. Sí, en el corazón de Neptuno llueven diamantes. Algo que sería maravilloso de ver si algo, lo que fuese, pudiese acercarse lo suficiente sin descomponerse a nivel molecular.

Titan

En las inmediaciones de Saturno se encuentra uno de los satélites más interesantes del sistema. Si aterrizamos en una de sus laderas rocosas podremos disfrutar de una tarde tranquila. La luz es crepuscular, muy muy débil, pero más que suficiente para ver el tranquilo mar de un tono pardo. La atmósfera crea un cielo suave en el que se ven perfectamente las estrellas a través de un color beige y grisáceo. Y de pronto se pone a llover. Es una lluvia fría, muy fina y que se evapora rápidamente. Además, su olor es muy familiar. Porque en realidad es metano. Al igual que los mares de Titan, las nubes que se condensan y descargan en sus polos contienen gran cantidad de hidrocarburos. Aunque la atmósfera de Titan está formada en su 95% por nitrógeno, la luz ultravioleta juega con los átomos y moléculas formando diversos hidrocarburos que se condensan en las zonas más frías.

HD 189733B

Salgamos del vecindario. Viajemos hasta la “cercana” HD 189733. Esta enana naranja situada a sesenta y tres años luz de la Tierra ofrece luz y calor al planeta HD 189733B. En su atmósfera probablemente exista vapor de agua. Pero no es esta la que provocaría la lluvia. Porque este gigante gaseoso está a 700ºC. Además, como otros planetas no rocosos, no tiene una superficie como tal. ¿A qué hemos venido, entonces? Lo que llueve en HD 189733B es en realidad “cristal” caliente e irregular constituido por silicio fundido que cae y bulle en una superficie fantástica de color azul.

OGLE-TR-56B

En la lejana constelación Fumoya se encuentra otro enorme planeta gaseoso llamado OGLE-TR-56B. Este gigante también tiene una densa atmósfera caliente. De hecho, muy, muy caliente. De miles de grados. Tanto que las nubes que la forman son en realidad hierro evaporado. Si nos parásemos a observar esta lluvia extraterrestre que ocurre en puntos concretos del planeta, cuando desciende la temperatura en la zona nocturna, veríamos caer una densa y pegajosa lluvia ardiente de hierro, brillante rojizo, que se pega y se amalgama antes de resbalar lentamente por el cristal. No obstante, si hemos llegado tan lejos en la expedición, no nos importará limpiar después el hierro fundido de la superficie de nuestra nave.

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