Las historias de Instagram llevan incluidas en la aplicación pocas semanas. De hecho, en el lanzamiento inicial la polémica en torno a su parecido con Snapchat era tal que el CEO de Instagram tuvo que salir a la palestra a confirma que el servicio de Evan Spiegel fue la inspiración para la inclusión de esta característica en Instagram.

A pesar de que Snapchat siempre ha tenido una fuerte atracción entre el público joven, la aplicación no acababa de encantar a un público más mayor por llevar implícita una dificultad de uso mayor que el resto de aplicaciones de este tipo. El inicio automático con la cámara, los mensajes efímeros y las historias públicas resultaron una mezcla que parecía que, a partir de cierta edad, no tenía demasiado encaje.

No obstante, Snapchat siempre supo dar un valor añadido a los usuarios: historias públicas exclusivas de marcas y publicaciones, filtros geolocalizados y temáticos con una duración limitada, stickers para eventos exclusivos y… las lentes para darle una vuelta de tuerca a los selfies, actualizadas constantemente y con un claro foco para ese grupo de la generación selfie.

Valor añadido, atracción de usuarios

A diferencia de la compra de Instagram por parte de Facebook, hay algo que nunca se puso en duda: Snapchat. Estaba llamada a ser la aplicación del futuro de la comunicación, en una sociedad cada vez más pública, menos privada y más ansiosa por compartir de forma efímera, local, rápida. Es especialmente irónico que en ningún momento (de los tiempos recientes) se cuestionó el modelo Evan Spiegel para Snapchat, pero sí que se critico duramente a Instagram por pequeños cambios en su cronología o por la inclusión de vídeo.

Hay una máxima en management que reza que, cuando eres el primero para tener éxito en el mercado tu producto tiene que ser innovador, o al menos difícilmente replicable y que genere las suficientes barreras de entrada como para retrasar al máximo la llegada de la competencia. Pero, ¿qué pasa cuando eres tu la competencia? Hay que hacerlo sencillo para eliminar al máximo las fricciones del consumidor y que este considere tu producto sustituido, crear una estructura de costes lo suficientemente baja para competir en precio o, al menos generar, un valor añadido. El problema es que ni Snapchat ni Instagram compiten en precio, lo hacen en usuarios.

Y el problema para Snapchat es que, para alguien del tamaño de Facebook, replicar su producto con una estructura de costes mucho menor, sin necesidad de mantener una identidad de marca independiente y con la oportunidad de probar suerte con el mínimo riesgo, era algo demasiado sencillo. ¿Y qué sucede entonces? Que genera un valor añadido para los usuarios actuales de Instagram y utilizas esa fuerza para forzar un éxodo desde Snapchat a Instagram.

Lógicamente hay muchos más factores que han afectado al éxito de Historias de Instagram por encima de las de Snapchat, pero lo cierto es que el valor añadido de este último frente a Snapchat no ha demostrado ser suficiente como para retener de forma activa a los usuarios, cansados de las duplicidades de aplicaciones y servicios que, sobre el papel, generan la misma utilidad en términos de recompensa.

La recompensa, además de para los usuarios ha sido para Instagram. Si hacemos caso a los números, desde el lanzamiento de Snapchat, la aplicación ha alcanzado los 150 millones de usuarios activos (estimados). En poco más de un mes, de los 500 millones de usuarios activos de Instagram, más de 100 millones ya utilizan las historias, según su CEO. Y la tendencia, si nos fijamos en las grandes cuentas de famosos que mueven parte de ese público activo, está en el que se han ido desplazando a Instagram.

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Esto no quiere decir que Snapchat haya perdido 100 millones de usuarios, pero sí que la tendencia de futuro es que con ese crecimiento, Instagram se postule como la opción por defecto para el grueso de usuarios, sobre todo para aquellos que salen fuera del segmento clásico de Snapchat.

Al fin y al cabo, rechazar 3000 millones de dólares en el 2013 mientras el mundo te grita que tu compañía vale 20.000 millones no parecía mala idea. El único problema era quién estaba dispuesto a firma el cheque. Con alguien que en tres años puede copiarte el modelo y lanzárselo a la cara a sus 500 millones de usuarios no se juega, porque Facebook (siempre) gana.

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