Maravillas del cine en blanco y negro que no deberías perderteMaravillas del cine en blanco y negro que no deberías perderte

‘A Night at the Opera’ – Metro-Goldwyn-Mayer

Seguro que conocéis a no pocas personas a las que, de entrada, una película en blanco y negro les echa para atrás porque les huele a naftalina y no quieren perder su tiempo valioso con algo viejo; y quizá a vosotros también os ocurra eso mismo. Pero no os engañéis: ni el hecho de que rodaran sus filmes en una época distinta ni la gama cromática que luzca un filme pueden constreñir la genialidad de ciertos realizadores, y esta se les escapa a raudales. Pese a ello, no cabe duda de que el color vino a aportarle realismo y mayores matices al cine clásico que ya encandilaba al público en las antiguas salas de proyección populares.

Pero Charles Chaplin no lo había necesitado para dispensar carcajadas imposibles de controlar con los cortos Easy Street, The Cure, The Immigrant, The Adventurer (1917) y Shoulder Arms (1918) ni con el graciosísimo enredo del mediometraje The Pingrim (1923); ni Dimitri Kirsanoff para el realismo poético adelantado a su época de la dramática Ménilmontant (1926); ni Fritz Lang para tener boquiabiertos a los espectadores con la futurista Metropolis (1927); ni Lewis Milestone para helarles la sangre en All Quiet on the Western Front (1930), película antibélica donde las haya.

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‘Limelight’ – United Artists

Ni Sam Wood y los geniales Hermanos Marx, iconos del cine, para hacerles llorar de la risa con el inconmensurable ingenio humorístico de A Night at the Opera (1935); ni William A. Seiter con ellos mismos en esa otra locura marxista que es Room Service (1938); ni Chaplin también para mofarse de Hitler en The Great Dictator (1940) y luego llenarnos de entusiasmo con su discurso final; ni Orson Welles para demostrar con Citizen Kane (1941) que era uno de los directores de cine más visionarios.

Como tampoco lo precisó Ernst Lubitsch para burlarse a su vez de los nazis en el embrollo de primer nivel de To Be or Not to Be (1942); ni Archie L. Mayo con la entretenidísima comedia crepuscular de los Hermanos Marx que es A Night in Casablanca (1946); ni Joseph L. Mankiewicz para destripar las bambalinas de Broadway en All About Eve (1950), dejándonos de una pieza con el arrojo de sus diálogos; ni, de nuevo, Chaplin para ofrecernos esa sutil, divertida y conmovedora autorrevisión que es Limelight (1952), probablemente su mejor filme; ni Juan Antonio Bardem para su amargo retrato de la sociedad española del franquismo en la enrarecida Muerte de un ciclista (1955).

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‘Twelve Angry Men’ – Metro-Goldwyn-Mayer, Orion-Nova Productions

Ni Sidney Lumet para la batalla indispensable contra la brutalidad y la ceguera de Twelve Angry Men (1957); ni Billy Wilder para rematar la divertida Some Like It Hot (1959) con uno de los finales más recordados del celuloide; ni Stanley Kramer para ese magnífico pulso que le echa a la irracionalidad en Inherit the Wind (1960); ni otra vez Wilder para conseguir el ritmo endiablado de la sátira descacharrante que es One, Two, Three (1961); ni William Wyler para los absorbentes enfrentamientos de un drama social tan imprescindible como The Children’s Hour (1961).

De hecho, por otro lado, negarse a ver una película porque su escala de colores en blanco y negro indica vejez es un error garrafal, ya que un buen número de cineastas modernos han escogido esta opción estética para algunas de sus obras. Entre ellos, Steven Spielberg para Schindler’s List, que te estruja el corazón mostrando los horrores del genocidio nazi y te lo devuelve hecho una piltrafa; o Víctor Erice para su hipnótico cortometraje Alumbramiento (2002); o Nacho Vigalondo para su corto 7.35 de la mañana (2003), tan difícil de clasificar en algún género. Así que no huyáis del cine en blanco y negro porque os parezca anticuado; si no, os perderéis estas y unas cuantas maravillas más.