En la actualidad, el cáncer de mama es uno de los que mejor pronóstico tienen, siempre que se diagnostiquen a tiempo. De hecho, los grandes avances que se han hecho en genómica en los últimos años han permitido conocer cuáles son las mutaciones que conducen a cada subtipo de tumor, pudiendo desarrollar terapias específicas dirigidas a ellas.

Desgraciadamente, existe otro tipo de cáncer de mama, conocido como triple negativo; que, si bien es mucho menos frecuente, también es mucho más agresivo y difícil de tratar que el resto. Además, no lo genera una sola mutación, sino una combinación de varias anomalías genéticas, que también es diferente para cada paciente. Esto hace que, por ahora, el único tratamiento válido para estas enfermas sea la quimioterapia.

Sin embargo, un nuevo estudio, publicado hoy en Nature de la mano de científicos del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) español, ha encendido una luz en la oscuridad que suponía hasta ahora el tratamiento de este tipo de tumores.

Un cambio de objetivo

Hasta el momento, la mayoría de estudios sobre nuevos tratamientos del cáncer se centraban en los genes y las diferentes mutaciones que pueden conducir a la formación de un tumor. Es un método bastante efectivo en general, pero no ha dado resultados en la investigación del cáncer triple negativo.

Por eso, este equipo del CNIO, dirigido por el oncólogo Miguel Ángel Quintela, ha centrado su atención en las proteínas, que son precisamente el producto resultante de descifrar la información contenida en cada gen. Su teoría era que las múltiples mutaciones genéticas imposibles de clasificar podrían dar lugar a patrones más definidos en su proteoma, compuesto por todas las proteínas expresadas en una célula bajo condiciones determinadas.

Para ello, tomaron muestras extraídas de los tumores de 34 pacientes y procedieron a identificar las marcas bioquímicas procedentes de la activación de proteínas. Encontraron más de 2 millones; pero, gracias una herramienta bioinformática de búsqueda de patrones, localizaron algunas combinaciones concretas que sólo se encontraban en mujeres que habían recaído en el cáncer. Además, como esperaban, cada uno de estos patrones podía proceder de varias composiciones genómicas diferentes.

Observaron también que todas estas proteínas son activadas a través de otro tipo de proteínas, conocidas como quinasas, de las que se encontraron seis tipos diferentes.

Algunas de estas quinasas ya habían sido estudiadas; pero, como ha explicado Quintela en una nota de prensa, no había ninguna razón para fijarse en ellas.

Potentes predictores de recaídas

Tras validar los resultados obtenidos con 170 nuevas pacientes, confirmaron que, efectivamente, estas seis quinasas podían ser consideradas como un marcador del pronóstico de la enfermedad.

Si ninguna de las quinasas estaba activa, esa paciente tenía un 95% de probabilidades de curarse o, al menos, no volver a contraer la enfermedad en los doce años siguientes. Sin embargo, sólo con que una de estas proteínas se activara el riesgo de recaída era 10 veces mayor.

Este hallazgo convertía a las seis quinasas en dianas potenciales para el tratamiento del cáncer triple negativo. Para comprobarlo, diseñaron quince combinaciones de fármacos ya existentes en modelos de ratones a los que se habían injertado tumores de pacientes. En un 99’3% de los casos, el resultado fue una eficacia mayor inhibiendo las quinasas que la de los fármacos de cada combinación por separado.

La mirada puesta en el futuro

Los procedimientos empleados por estos científicos para analizar el estado funcional de las proteínas no pueden realizarse de forma rutinaria en los hospitales. Por eso, han traducido los patrones de activación de las seis quinasas a marcadores inmunohistoquímicos, a los que sí se puede acceder fácilmente el ámbito hospitalario.

Así, esperan que en un futuro el análisis se convierta en una prueba sencilla y común, de modo que se pueda clasificar a cada paciente según su pronóstico y actuar de forma dirigida a las quinasas activadas.

El siguiente paso de estos investigadores será validar sus resultados en diferentes estadíos de la enfermedad y realizar ensayos clínicos en pacientes con tumores avanzados. Además, también deben estandarizar las determinaciones obtenidas sobre las quinasas, para realizar un test diagnóstico de cara al futuro.

Queda mucho trabajo por delante, pero todas las conclusiones a las que ya han llegado parecen suficientes para afirmar que hoy la ciencia tiene algo muy bueno que celebrar.

Fuente: https://hipertextual.com