Pronunciar el mero nombre de María Rey es sinónimo de evocar, inmediatamente, una parte importantísima del periodismo político y parlamentario español de estos últimos veinticinco años. Supone además hacer referencia a una de las comunicadoras más importantes  de la televisión del último cuarto de siglo.

María Rey, gallega de pura cepa que además ejerce de ello, ha recorrido, absolutamente, todos los puestos del escalafón profesional: desde redactora política al de Jefa de Información Parlamentaria en Antena 3 TV entre 1996 y 2016, pasando por la dirección y presentación de Telediarios en esta misma cadena, hasta 2017. Antes, desde muy joven, ya despuntaba en Cadena SER, en el centro territorial de RTVE en Madrid y en la Agencia EFE, medios en los que dio sus primeros pasos periodísticos.

Hoy, desde su espléndida madurez y con un bagaje del que pocos en este medio pueden presumir, presenta cada mañana entre las 11:30 y las 14:00 el magazine informativo ‘120 minutos’ en Telemadrid.

Autora de varios libros, Juego de Escaños y Relato del Divorcio entre Política y Ciudadanía, cuenta con el premio ‘Luis Carandell’, de periodismo parlamentario, que le fue otorgado en 2013. No en vano, fue también presidenta de la Asociación de Periodistas Parlamentarios. Casada con otro histórico de la televisión en España, Manuel Campo Vidal, es madre de tres hijos y me confiesa que no puede parar, porque su cabeza es un continuo hervidero de nuevos proyectos y porque sigue adorando su profesión, a pesar del cambio tan brutal que el periodismo ha experimentado en los últimos años tras la eclosión de las nuevas tecnologías.

Pregunta.- Mujer, madre, periodista de éxito… todo esto y más es María Rey. ¿Qué foto harías de ti, echando la vista atrás?

Respuesta.- Ha pasado todo muy rápido. Cuando empezaba, siempre pensaba: ‘Quiero ser, quiero ser…’ Y ahora que ya he cumplido los cincuenta, descubro que todavía estoy en ese proceso de querer ser. Una periodista sólida, con bagaje, pero también con sensibilidad, con capacidad de seguir aprendiendo y estudiando. Tengo la sensación de que el ciclo no ha acabado, ni mucho menos, y sigo en ese proceso.

P.- ¿Cómo ha cambiado esta profesión, María? Porque tu vienes de una manera de hacer periodismo algo diferente de la actual. Lo digo sobre todo a la luz de la entrada reciente, hace aún pocos años, de todo tipo de redes sociales: Facebook, Twitter, Instagram, que han venido a ‘unirse’ a los medios tradicionales y les han obligado a reinventarse.

R.- Se han unido la crisis económica, aún reciente, y la crisis de identidad de los propios medios, que se han visto obligados a preguntarse cuál es su papel en la sociedad. Una sociedad que ya no necesita como antes de nuestro trabajo para informarse o para comunicarse. Ha cambiado radicalmente el panorama. Yo trabajé toda mi vida sobre un formato de profesional que ya había caducado. Aquel tipo de periodista muy analítico, muy riguroso, sereno, con el afán de contrastarlo todo, de seguir cuestionándose cosas… ya no vale.

P.- ¿Y ese periodismo es peor que el del pasado?

R.- En algunas cosas es mucho peor; en otras es más creativo, más innovador, más sorprendente, más imaginativo. Yo me estoy adaptando, no me he quedado por el camino. Debo decir que en la batalla por la inmediatez y ser los primeros hemos perdido rigor… y a veces gana la demagogia. En ese sentido hemos ido hacia atrás.

En la batalla de la inmediatez y ser los primeros hemos perdido rigor y a veces gana la demagogia

P.- ¿Y cómo te suenan cosas como, por ejemplo, que nos levantemos y escuchemos que unos ‘hackers’ rusos han cambiado el destino de unas elecciones en los EEUU? ¿Qué opinas?

R.- Hace poco, esto hubiera parecido ciencia ficción. Ahora es perfectamente creíble. Tenemos tal fe en las redes que, al final, su influencia es brutal sobre nuestro cerebro. Nos hemos pasado la vida diciendo que la televisión atontaba a la gente… ¡y qué va!… la televisión no atonta nada en comparación con otros medios. Lo que se puede llegar a conseguir con las redes es brutal, sobre todo entre gente que está en proceso de formación, entre los jóvenes. Tengamos además en cuenta que hablamos de medios que no son informativos, como Facebook. No es su función principal, pero lo cierto es que hay millones de personas en el mundo que se informan a través de Facebook. Y ahí no hay nadie que contraste, que busque la fuente, que pregunte, que busque una opinión alternativa.

P.- ¿Todo esto acabará sustituyendo al periodismo tradicional? ¿El periodismo ha perdido la batalla?

R.- Tiene que resultar al final una fusión. El periodismo tradicional, tal y como lo hemos entendido, ya no vale. Casi no existe porque la gente busca alternativas diferentes. Pero sin ese periodismo tradicional no se puede combatir ni la post-verdad ni el engaño. Las únicas armas contra esto siguen siendo las de toda la vida: el rigor, el contraste de la información, la búsqueda de la fuente verdadera… preguntarse por qué ocurren las cosas y quién trata de influir en ellas.

P.- Tengo la impresión de que mientras que en otros países la veteranía en el periodismo y en la televisión es un grado, aquí en España se perciben en exceso unas tremendas ganas de borrar enseguida, a nivel generacional, esa experiencia, de suprimir todo lo de antes.

R.- Esto es particularmente palpable en el caso de las mujeres. Cuando hay alguna veterana en un puesto de referencia en la televisión es porque es la excepción que confirma la regla. Y la regla es que las mujeres caduquen entre los 40 y los 50. Que las mujeres que se elijan sean para dar una imagen de perfección, de juventud, de belleza… Basta con echar un vistazo a la media de edad de los presentadores y de las presentadoras en España. Y, permítaseme decirlo así, lo denota la propia diferencia de talla. Hay una concepción muy machista de la sociedad y de la imagen que deben proyectar los medios de comunicación, que tiene que ser ese canon al que me refería antes; el de una mujer joven, triunfadora, delgada, rubia y de pelo largo. Y parece que, si nos salimos de ahí, eso ya no es profesionalidad. Nos hemos equivocado mucho. Pero esto va a cambiar. No puede ser que, si los directivos de televisión son hombres y tienen que tomar una decisión, se sigan oyendo frases como las que yo he oído: ‘No quiero ninguna mujer en pantalla de más de 35 años’.

En televisión, la regla es que las mujeres caduquen entre los 40 y los 50, que las mujeres que se elijan sean para dar una imagen de perfección, de juventud, de belleza

P.- ¿Cómo viviste el 8-M? ¿Qué opinión tienes de todo lo que ha ido surgiendo después, como el movimiento Mee Too?

R.- Yo lo viví con muchísima ilusión porque, como muchas mujeres, pensé que no me tocaría verlo. Cuando ahora hablo con compañeros más jóvenes, les cuesta entender situaciones que vivíamos las mujeres y que no denunciábamos porque eran absolutamente corrientes. Recuerdo que en mis primeras prácticas profesionales mi primer jefe ‘se lanzó’ literalmente en su coche un día sobre mí. Y en mi primer trabajo en televisión, mi primer jefe me pidió que tuviéramos una reunión fuera para charlar sobre el nuevo proyecto que íbamos a acometer y mientras estábamos en una cafetería metió la mano por debajo de mis piernas. Recuerdo también que, en mi primer viaje, en TVE, mi cámara se lanzó sobre mí una noche y me tuvo que salvar el ayudante de cámara que era más joven y más fuerte. No es que te ocurriera todos los días, pero te ocurría en todos los trabajos. Era ‘normal’. Una chica jovencita, mona, con aspecto algo cándido, era motivo para que ellos pensaran: ‘Se va a dejar… si quiere avanzar ya sabe que necesita ayuda’… ¡Qué tendrá que ver! Y si tú le decías a un superior que tu jefe te había tocado, por ejemplo, la pierna mientras hablabas con él te tocaba escuchar que no, que te habrías equivocado, o que estarías muy cerca y que no lo tomaras a la tremenda.

P.- Cambiando de tema, ¿cómo ves la España de hoy desde tu óptica de periodista con mucho recorrido ya a tus espaldas?

R.- Se ha modernizado mucho más el país que la sociedad. Las tecnologías, el transporte, las infraestructuras, la forma de vida en las ciudades… todo eso ha dado un cambio radical. Pero la sociedad no ha ido tan rápido, ha avanzado a trompicones y con muchas dificultades. A veces me preguntan qué jornadas recuerdo de una forma más especial en mi etapa como cronista parlamentaria y siempre respondo que el día en que murió Suárez y se reencontraron la nueva política, la moderna, con la ‘antigua’. Fue muy emotivo. Y el más bonito, el día en el que se aprobó el matrimonio homosexual, porque era un gran avance en la sociedad. Porque la política está para ordenar la vida de la gente, no para desordenarla.

Si tú le decías a un superior que tu jefe te había tocado, te tocaba escuchar que no, que te habrías equivocado

P.- Tú has sido jefa de información parlamentaria durante muchísimos años en una cadena de televisión, has conocido a numerosísimos políticos, del pasado y del presente. ¿Qué idea de liderazgo te transmiten nuestros líderes actuales?

R.- Bueno, eso ha evolucionado tantísimo… a mí me ha tocado vivir muy de cerca la ruptura del bipartidismo y la llegada de los nuevos partidos a la escena. Y también las nuevas formas de entender la política; la importancia del marketing y la consideración de la comunicación como la primera asignatura y no como la última… el cuidado en los discursos que ya no pueden ser huecos ni vacíos, sino que deben ser usados para transmitir emociones, sentimientos…eso nos obliga a todos a recolocarnos. Por el camino se han colado también discursos populistas o demasiado marcados por ese marketing y no tanto por el contenido. Emergen nuevos políticos, más mediáticos, sí, pero también más interesantes porque rompen con ese valle que había habido durante muchos años.

P.- ¿Crees que podría volver el bipartidismo?

R.- El bipartidismo pasará a ser un bipartidismo mayoritario dentro de un multipartidismo. PSOE y PP lucharán porque vuelva, claro, porque les interesa, pero Ciudadanos y Podemos no han venido para un rato sino para quedarse y tendrán el papel de bisagra que tuvieron en otro tiempo los nacionalistas. Y PSOE y PP tendrán que mirarlos de reojo porque saben que siempre les van a necesitar.

P.- ¿Cómo ves la convivencia entre los medios de comunicación públicos y privados?

R.- Creo que cada uno tiene su ámbito. La empresa privada tiene que competir y hacerlo en unas condiciones adecuadas y hay que dejarle espacio. Pero la televisión pública tiene una función en este país, como en otros, importantísima, cual es que por encima de las modas, de los intereses, tiene unos estándares de calidad que tiene que mantener. Y no puede ser la herramienta o el juguete del partido de turno que ocupe el poder.

P.- ¿Y por qué no ha podido existir nunca en España una televisión pública objetiva, independiente, y sí una en las que las denuncias de manipulación, ora de un lado, ora de otro, han sido una constante siempre?

R.- Porque no les convenía a ninguno de los dos partidos que se alternaban en el Gobierno. Yo comparo esto a otro asunto que para nada es menor; el del reglamento del Congreso que lleva casi cuarenta años sin tocarse y ahí sigue, porque a ninguno le interesa, porque favorece al que gobierna en cada momento. Cuando llegaron los nuevos pensamos que eso podía cambiar, pero luego enseguida percibimos que lo que iba a ver era más de lo mismo. Ahí tienes los movimientos de Podemos para controlar la televisión, con lo que por cierto no han hecho más que minar su credibilidad. La suerte es que ahí hay un colectivo de gente muy guerrera que está dispuesta a defender lo que es suyo y lo que es nuestro que es el derecho a una televisión pública de calidad. No va a ser fácil, pero tengo esperanzas de que se consiga.

P.- ¿No crees que cosas como estas son las que lleva en Europa a considerar que nuestra democracia es, todavía inmadura?

R.- En España tenemos modelos en los que poder inspirarnos, como el de la BBC u otros en los que la ciudadanía paga, de forma voluntaria, por tener una televisión de calidad. Aunque en España esto de pagar no lo tenemos demasiado interiorizado. No estamos acostumbrados a esa cultura en la que nos concienciemos de que lo que es público lo tenemos que mantener entre todos.

P.- Y, por seguir hablando de calidad democrática, ¿cómo ves este ‘culebrón’ de la exhumación de los restos de Franco? ¿Llegaremos algún día ya cercano al final de toda esta tragicomedia?

R.- Yo le quitaría a esto toda la dosis posible de gravedad. Que no se haya hecho en cuarenta años no me parece mal, y que se haga ahora, tampoco. No se hizo porque, probablemente, las prioridades eran otras… se hace ahora, pues ya está. Dentro de no mucho tiempo, nadie le dará tanta importancia. Pero me parece fundamental que haya un lugar así donde todo el mundo vaya y pueda contar su historia. Que haya allí un monumento de verdad, como por ejemplo como ocurrió con la casa de Ana Frank, cuya historia todo el mundo conoce gracias a escenarios que en su día fueron lugares de conflicto y que sirven para recontar la historia y no olvidar lo que pasó.

No estamos acostumbrados a esa cultura en la que nos concienciemos de que lo público lo tenemos que mantener entre todos

P.- ¿Cómo concilias tu vida, como estrella de la televisión, con tu vida familiar?

R.- Desde el periodismo es particularmente difícil. Supongo que también desde la medicina, con guardias imposibles, o desde otras profesiones también, pero desde el periodismo lo es. No existe un horario, los festivos también trabajamos porque hay telediarios, en Navidad también… la conciliación siempre ha sido difícil.

P.- En cuanto al liderazgo femenino, María, ¿qué les falta a las mujeres para ocupar del todo el puesto que les corresponde?

R.- Falta que pisemos el acelerador de ese movimiento que empezó el 8-M. Las mujeres tienen que ocupar el puesto que les corresponde en los centros de toma de decisiones y no es aceptable ningún porcentaje menor del 50 o 51 por ciento, que es el que nos corresponde. ¿Cómo lo hacemos? Tejiendo una red de complicidades y contactos, no para perjudicar a nadie a cambio de beneficiarnos a nosotras, pero sí para transmitirnos conocimiento y experiencias. Así conseguiremos crear ese relato. Y algo más; perder el miedo.

P.- Estás en la televisión pública, en la televisión madrileña, realizando un magazine informativo, 120 minutos que está consiguiendo en muy poco tiempo unas cotas de audiencia francamente extraordinarias…

R.- Empezamos en verano, sí, en esa nueva Telemadrid en la que queremos recuperar ese espíritu de televisión pública en la que deben caber todas las opiniones y nadie quede fuera por pensar ‘diferente’ y la respuesta está siendo muy buena. Me lo estoy pasando muy bien porque aprendo cada día ya que, como sabes, la actualidad es muy exigente. Por supuesto que habrá gente a la que no le guste porque siempre existen quienes ponen la tele para que les digan solo lo que quieren oír, pero el que busque diversidad, en 120 minutos de Telemadrid, la va a encontrar.

P.- ¿Qué futuro esperas para España? ¿Cómo ves este otoño – invierno que se anuncia muy caliente?

R.- Es un lienzo abierto. Ese discurso excluyente que no acepta gamas de grises y que establece que todo debe ser blanco o negro, como lo pintan ellos. Las cartas están prácticamente por repartir. Manejábamos hace unos meses unas encuestas que indicaban que Ciudadanos era el primer partido y el PSOE el tercero y ahora resulta que el PSOE es el primero y Ciudadanos el segundo o el tercero, dependiendo del mes. Tenemos un montón de citas políticas muy intensas por delante… ¡pero los periodistas ‘freakies’ nos lo pasaremos muy bien!

P.- ¿Qué sueños tienes para el futuro, María?

R.- Ver crecer a mis hijos sanos y mantener mi núcleo familiar como hasta ahora. Profesionalmente, mis sueños no se traducen en cargos, ni en títulos, ni en sueldos… pero sí en conservar la facultad de elegir. La libertad de elegir profesionalmente es lo que más valoro.

Fuente: https://www.elindependiente.com