Moisés Naim LA NACION
WASHINGTON. Comenzó con una tragedia griega, siguió con una zarzuela española y puede culminar con una explosiva ópera alemana.
La actual crisis económica europea crece, se diversifica y se complica. Si sigue así, puede acabar con el proyecto más imaginativo e innovador de la geopolítica mundial: la integración europea. El ambicioso objetivo de consolidar a Europa como un actor económico bien integrado y un protagonista político cohesionado en el escenario internacional es indispensable para los europeos y bueno para el resto del mundo.
Europa no podrá defender eficazmente sus intereses, mantener los estándares de vida a los que se ha acostumbrado y ser un jugador relevante en el mundo si se vuelve a fragmentar. Lamentablemente, una Europa menos integrada ha dejado de ser tan inimaginable como lo era hasta hace unos meses.
Hay dos escenarios para la poscrisis: uno se llama más Europa; otro, menos Europa. Este último es el que se va a imponer, si no cambian drásticamente tres cosas: las políticas económicas de los gobiernos; la impunidad con la que políticos oportunistas le mienten al público acerca de la gravedad de la situación y, muy importante, la complacencia de un público propenso a repudiar a los políticos que le dicen la verdad.
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Menos Europa es lo que resulta de una solución para Grecia, que dentro de unos meses se mostrará insuficiente e implicará la necesidad de un nuevo socorro financiero. El socorro actual no aparece a tiempo ni en las cantidades suficientes, y así el crash griego se profundiza, contamina y debilita aún más a los otros países débiles de Europa. España, Portugal e Irlanda gritan a los cuatro vientos "¡No somos Grecia!". Es una afirmación relativamente cierta, pero que encubre el hecho de que su estabilidad económica es cada vez más precaria y sus vulnerabilidades, cada vez más peligrosas.
Mientras tanto, una Alemania tan rica como reticente a apostar sus riquezas en el rescate de sus socios mediterráneos interviene con decisiones tardías y parciales, moldeadas por la percepción de que su apoyo al proyecto europeo ha tenido costos intolerables para su población.
Chinos, hindúes, petroleros árabes y otros países ricos en reservas dejarían de tratar al euro como una moneda equivalente al dólar y algunos países europeos lo abandonarían. Un ambiente de "sálvese quien pueda", y cada uno por su cuenta comienza a permear las cumbres europeas.
En este escenario, Alemania y Francia seguirían siendo países de peso en el orden mundial y Gran Bretaña, gracias a su relación especial con los Estados Unidos, gozaría de más relevancia de la que justificaría su menguado poder económico.
La audacia necesaria
Obviamente, Europa seguiría existiendo y emitiendo ruidos que emulan los que haría un continente verdaderamente unido, económicamente sano y políticamente coordinado.
Pero el resto del mundo oiría estos ruidos con una burlona sonrisa, sabiendo que proceden de un continente que salió de esta crisis siendo menos de lo que era antes y mucho menos de lo que hubiese podido ser.
Este escenario es una desventura que hay que impedir. Menos Europa no es inevitable y más Europa no es sólo deseable, sino que es posible.
Estamos en uno de esos momentos en que el temple, la audacia y la visión de los líderes puede alterar las trayectorias de sus sociedades y cambiar la historia. La oportunidad de construir más Europa está allí para quienes sepan aprovecharla.