Cuidado con el gas, puede estallar


Juan Claudio Lechín

claudiolechin Hace pocos días Hugo Chávez afirmó que “estudia prohibir que los empresarios estén vinculados a empresas de comunicación social, tal como lo hiciera por vía constitucional el presidente Rafael Correa en Ecuador” (“El Nacional”, 3 de agosto del 2010). La verdadera inspiración no es Correa sino Cuba, cuya constitución de 1976, art. 52, dice: “[…] La prensa, la radio, la televisión, el cine y otros medios de difusión masiva son de propiedad estatal o social y no pueden ser objeto, en ningún caso, de propiedad privada”.

La tajante realidad cubana es un constante objetivo por alcanzar para Venezuela y para Ecuador.



A una opinión pública peruana legítimamente preocupada por su sostenido crecimiento económico, y con una culinaria que debería convertirse durante este siglo, en la primera cocina del planeta, estos desbarajustes deben sonarle a lejanas exageraciones caribeñas.

El tema es que para sostener un logro a través del tiempo, como el que hay en el Perú, es preciso estar mosca y toca prevenir que los tropiezos de los países hermanos no resulten ser contagiosos; que las monarquías plebeyas de Castro y Chávez no se filtren por entre el descuido. Porque, aceptemos, la tentación de llevar caudillos mesiánicos al poder como si fueran santones y luego destruir los países esgrimiendo razones justas se reitera en las mentalidades de todos nosotros, los latinoamericanos.

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Y es también frecuente que desde allí, desde ese extremo, pendulemos hacia el otro lado, hacia creer que estamos más cerca del G-8 que de los casi doscientos subdesarrollados, como pensó Uruguay cuando era la Suiza de América, antes de que las guerrillas y las dictaduras la devolvieran a un flagrante Tercer Mundo. O como Venezuela antes de las elecciones de 1998.

Chávez, además de sus diatribas, está acusado de proteger y exportar el terrorismo. Recién lo anuncian los gringos.

Y de pronto, como cosa totalmente natural y justificada, en Quillabamba se levanta la consigna: “Gas o muerte, venceremos”, que resulta ser un refrito del “Patria o muerte” cubano, pero también es un eco de la “guerra del gas” boliviana del 2003 que con la noble apariencia de una reivindicación legítima del pueblo terminó echando por tierra a la institucionalidad democrática e insertando en las alturas andinas el modelo de Chávez con pedagogía cubana.

Y al igual que en la Bolivia del 2003, en el Cusco se empiezan a movilizar otros sectores sociales de manera “espontánea”, como es el caso de los machiguengas, los cocaleros e incluso los senderistas. Si se trata de una ofensiva igual que la boliviana del 2003, entonces otros estallidos sociales, y por otras “justas razones”, aparecerán en diversos puntos del Perú. De ser así, significará que todo está coordinado.

Miremos al continente entero para ver qué manos mueven qué fichas. No vaya a ser que, por puro descuido, el modelo del siglo XXI vuelva a utilizar a nuestros pueblos olvidados por el éxito económico y por la modernidad para hostigar la estabilidad actual, como ya lo intentaron en Bagua el año pasado.

El Comercio – Lima