
Cómo han cambiado las circunstancias en Bolivia desde aquellos años de la posguerra del Chaco, cuando mentalidades lúcidas de diplomáticos de estirpe como las de don Luis Fernando Guachalla, Enrique Finot, Alberto Ostria, Fabián Vaca Chávez, Tomás Manuel Elío y otros, lanzaron a su entorno americano aquella máxima tan importante y tan certera para una nación acorralada por las contrariedades: “Bolivia, tierra de contactos”.
Hoy, todas esas ideas han desaparecido. Bolivia es tierra de antagonismos, de disputas internas y de inconvenientes con los países vecinos. Desechamos el contacto con las naciones presuntamente “imperialistas”, es decir con el capitalismo, aun sabiendo que no podemos sobrevivir sin ellas y sin el sistema, y nos aferramos a una suerte de endogenismo primitivo, de mirar hacia adentro, de mirarnos los harapos, de mostrarnos huraños con lo extranjero, al extremo de despreciar a quienes vienen con el propósito de invertir.
Lo de la “tierra de contactos” ya es parte de un pasado lejano, que para los actuales gobernantes no tiene ningún sentido. La mentalidad masista jamás entendería un concepto de esa naturaleza, no está en su esencia. Por el contrario, Bolivia, día que pasa, se va asemejando más a un gueto, a una nación marginal y restringida en su espacio; en algunos casos hasta proscripta. El gobierno está haciendo todos los esfuerzos para que la nación se encierre, para que se refugie en sí misma. Existe una idea errada de buscar amigos lejos de nuestras fronteras, amigos de otras culturas, otras religiones, otros modos de pensar. Cuando lo cierto es que aquéllas naciones lejanas junto a nuestros vecinos americanos nos llevarían a conformar una diplomacia ideal, mucho más moderna y próspera.
Alguna vez dijimos algo que no nos hemos inventado nosotros, que no es nada original: Bolivia no ha sabido hacer amigos. Nuestro aislamiento internacional durante la Guerra del Chaco fue una muestra patética de cuanto afirmamos, por lo que el mal tampoco es una novedad. Pero ahora las cosas, sin guerras de por medio, van mucho más allá. Hay que reconocer que las relaciones con nuestros vecinos han empeorado. Es más, aparecemos como el “Estado forajido”, que alguien ha calificado tan acertadamente, aunque duela reconocerlo.
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El narcotráfico, el contrabando, y la ilegalidad, son los factores más perturbadores que tiene nuestra patria. La muestra es absolutamente penosa. ¿Cómo es posible que en el norte argentino de hable de la “lluvia boliviana”? ¿Y qué es la “lluvia boliviana”? Pues nada menos que cargamentos de cocaína que se lanzan desde aviones al amparo de la noche. Es una nueva modalidad de contrabando de pichicata que, al parecer, también se está aplicando con Brasil. Tanto Argentina como Brasil van a echar mano de sus fuerzas aéreas para detener este diluvio de estupefacientes que ya no requiere ni siquiera de pistas de aterrizaje. Y si queremos hacer llover pichicata en el desierto chileno (única lluvia que tendrá por cierto) no debería extrañarnos que entren en acción los F-16 de la FACH.
Para qué nos vamos a referir al contrabando, si sólo la nacionalización de vehículos “chutos” ha llegado a alarmar tanto entre los vecinos, que hasta la muy profesional y moderada Itamaraty, advirtió, azorada, que la legalización en Bolivia del contrabando y de los vehículos robados era algo insólito, incomprensible. Y ni qué decir de lo que sucede con Chile que está empeñado en construir zanjas en los pasos fronterizos para evitar el negocio ilícito; fosos, como en la Edad Media, para frenar a los indeseables. Otras reacciones de defensa suceden en Paraguay y Argentina. Bolivia es hoy el garaje de todo el desecho automotriz del Cono Sur y el mercado negro más activo de automóviles producto del pillaje internacional.
Si al narcotráfico y al contrabando le sumamos la ilegalidad el círculo se completa. Ya no queda opción posible para mejorar. Una justicia severa, proba, rotunda, podría hacer algo contra tanta mafia existente en el país. Pero resulta que no podremos esperar nada de la justicia boliviana. Absolutamente nada desde el momento en que el llamado Órgano Judicial será elegido por voto popular, pero entre candidatos masistas, muchos de ellos ignorantes o descalificados. El “Estado forajido” estará a sus anchas, entonces y dará un paso más hacia el Estado Terminal. La gente estará obligada a votar por administradores de justicia que respondan al oficialismo. Ya se ha dicho insistentemente: van a votar (los que voten) pero no van a elegir. Los futuros magistrados ya han sido designados de antemano en la Asamblea Legislativa Plurinacional.
¿Qué hacer entonces? ¡Pifiar el voto! ¿Por qué vamos a tener que sufragar por candidatos impuestos? ¿Qué se gana con el voto nulo? Dirán algunos. Tal vez sólo se gana decencia. La decencia de no obedecer a una votación amañada. Pero la decencia, el decoro, el pudor, son necesarios para diferenciarse de los mandones de turno y lavarle la cara al país ante las otras naciones.