Juan León C.
Apunte previo: el camino de Villa Tunari a San Ignacio de Moxos se debe construir; por izquierda, por derecha o por encima, como dijo una ministra. La única condición es no cruzar el Parque Nacional Isiboro Sécure, para preservarlo, porque donde entraron el cemento y los depredadores se acabó la vida, y porque pertenece a nuestros nietos. Nada más.
El tema de hoy, por las circunstancias, es la sentencia a los excomandantes que se dictó en Sucre. Más allá de que se la considere justa o no, o de las fallas que pudo tener el proceso, lo concreto es que sienta un precedente muy importante.
Veamos un poco. Las leyes de ningún país contemplan la obediencia absoluta ciega que obliga al subordinado a cumplir, sin chistar, las órdenes de sus superiores, por ilícitas que sean. Más común es el concepto de obediencia reflexiva, que permite al subordinado parar una orden y representar su ilicitud al superior jerárquico, antes de verse obligado a cumplirla. El criterio prevaleciente en estos tiempos, sin embargo, es el de la obediencia reflexiva o relativa, que obliga a cumplir sólo las órdenes lícitas de un superior jerárquico.
Si ese es el criterio prevaleciente en las normas legales, es muy relativo alegar obediencia debida para justificar el uso indiscriminado de las armas en acciones internas. Es difícil suponer que algún gobernante racional dé orden de disparar a matar contra el pueblo para defender a su gobierno; mucho menos por escrito. Y la figura se repite dentro de las filas castrenses. Ningún oficial puede ordenar a su tropa que lo haga.
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La sentencia a los excomandantes de las FFAA es pues un precedente que tiene que ver con la conducta militar fuera de los cuarteles. El tema parecía resuelto desde octubre del 82, cuando se replegaron tras 18 años de controlar el poder político. Pero en los últimos tiempos se invoca su figura cada vez con más frecuencia como actores fundamentales de un proceso de cambio que nació arropado, paradójicamente, por los mismos movimientos sociales reprimidos con munición de guerra.
El núcleo de los movimientos sociales es el hombre, cuya esencia fundamental es el libre albedrío. Es decir, su capacidad de elegir una línea de acción sin sujetarse a limitaciones por causas antecedentes, por necesidad o por predeterminación divina. La lucha permanente del hombre es por la libertad y nace de su capacidad natural de pensar, decidir y actuar. Esa característica natural del comportamiento del hombre en sociedad determina que, casi siempre, los amigos de hoy pasen a la vereda de enfrente cuando sienten que se acaba su romance con el poder político. En los movimientos sociales no existe eso de la obediencia debida. Y entre los militares, el criterio prevaleciente, en estos tiempos, es el de la obediencia reflexiva. Por eso, simplemente, el poder político no es eterno, en ninguna parte.
La Razón – La Paz