El Estado mitómano


Salvador Romero Pittari

SALVADOR Hoy más que ayer, los medios de comunicación dan cuenta de grandes mitómanos que fabulan con descaro hechos, historias, invocan genealogías familiares, estudios académicos en prestigiosas universidades o vínculos con los grandes financistas. La mitomanía, aseguran los expertos, se distingue de la mentira porque ésta es ocasional y sirve para salvar una situación, como el estudiante que asiste al entierro de la abuela (que está vivita y coleando) a fin de justificar su inasistencia a un examen, el que se vanagloria de sus relaciones inexistentes con los poderosos para aumentar su prestigio, o las exageraciones de los deportistas o del macho conquistador en los cafés de pueblo.

Mientras que la mitomanía constituye un cuento complejo, alambicado, que se repite a menudo con variantes, en el cual se deshacen entuertos, se repone la justicia, se castiga a los malos gracias al actor que se otorga el lugar central de la trama, realzando su figura. En oportunidades, el personaje se presenta con un papel disminuido a fin de despertar la compasión de su entorno o lograr su aceptación. De acuerdo con los psicólogos, esta patología de la conducta se debe al profundo deseo de estimular la autoestima que tienen algunas personas, mostrándose como héroes o víctimas. Muchos de ellos poseen un enorme poder de seducción sobre sus auditorios.



La mitomanía individual de hombres y mujeres es de sobra conocida y estudiada, pero también se manifiesta colectivamente y hasta en el Estado y sus políticas. Sin duda, hay algunos sistemas políticos más proclives a enredarse con a ella, como los totalitarismos; mientras que otros están más protegidos, como las democracias; aunque no hay garantía de que nunca se presente en este tipo de sistema.

En los primeros, la voluntad del régimen de unir al conjunto de la población en torno a sus posiciones los lleva a fabricar complots de enemigos internos o de potencias rivales, y las personas o grupos que encajan en el prototipo del oponente así diseñado son conducidos a teatrales y publicitados procesos. Estas invenciones no carecen de fundamento social, se apoyan a menudo en prejuicios viejos contra segmentos poblacionales con códigos religiosos, estilos de vida o rasgos físicos, intelectuales distintos a los de la mayoría.

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Pero las democracias modernas, que tienen como uno de sus valores la transparencia, tampoco son inmunes a este mal. Los temores reales o imaginados que las acosan son un aliado para dejarse entrampar por aquel burdo mecanismo de manipulación de la opinión.

Resulta abusivo, dicen los especialistas, seguir utilizando el término de mitomanía porque confunde una patología de la conducta personal, de las instituciones políticas, con el mito al cual recurren las sociedades llamadas primitivas para resolver sus conflictos, sus oposiciones fundacionales, para explicar el sentido del mundo, de la vida, de sus nexos con los dioses. Para C. Lévi Strauss, el mito define un sistema de conocimiento de carácter universal.

A diferencia, pues, de los mitos, que se transmiten de generación en generación y hacen parte de las creencias sociales básicas, las personas o los gobiernos que fabrican los complejos de mentiras no creen en ellos, tampoco son víctimas de extravíos o fantasías, aunque pueden dejarse coger por el juego y engañar a los demás. Hecho que corroe cualquier interacción, pero el daño es mayor cuando el Estado cae en esas creaciones patológicas, sobre todo, en sistemas democráticos, que se basan en la confianza recíproca entre gobernantes y gobernados, confianza que una vez pérdida es difícil de recuperar.

La Razón – La Paz