Carlos Tiburcio
Este 11 de septiembre se cumplen 3 años de los sucesos fatídicos vividos en Porvenir, población pandina ubicada a orillas del río Tahuamanu a 30 kilómetros de Cobija. El hecho, más allá de haber dejado víctimas fatales que sirvieron para engrosar las estadísticas, fue el cumplimiento de una profecía lanzada por un ministro pendenciero de la época que sentenció el futuro de una autoridad y de todo un pueblo.
Después de lo sucedido en Porvenir, los ex aliados del MAS, entre ellos el Movimiento Sin Miedo, la CIDOB y un puñado de ex autoridades, se llenaron la boca con acusaciones injuriosas, lanzadas como dardos envenenados contra todo aquel que no repetía como “lorito” la versión del gobierno, que puso en marcha su aparato propagandístico e inundó los medios de comunicación de tal forma, que muchos bolivianos y bolivianas dieron por cierta la versión gubernamental. El haber avalado una mentira que generó el derramamiento de sangre de compatriotas, convierte a cualquier mortal en cómplice de esta historia, razón suficiente para exigirles a los que antes tenían un contubernio con el régimen gobernante una retractación pública. Y es que, antes de pretender lanzarse a conquistar el voto ciudadano, antes de condenar al gobierno, presentándose como víctimas y antes de que pretendan que les creamos, todos, debieran pedir perdón al pueblo pandino.
En esa época, la propaganda generada desde palacio de gobierno decía insistentemente que por estos lares no existía la presencia del Estado, que Pando era tierra de nadie, que éramos una sociedad corrupta, delincuencial, asesina, en síntesis, un pueblo sin ley. Acusaciones que sirvieron para justificar la acción cobarde de las fuerzas armadas, que sin contemplación arremetió contra un pueblo indefenso. Lamentablemente esa acción y muchas otras, contaron con la complicidad y la ayuda de los que ahora se rasgan las vestiduras en protesta contra su antiguo par. Sustentaron e impusieron, en combina, una mentira ignominiosa.
Pero dicen que: “En boca del mentiroso, lo cierto se hace dudoso”, y siendo el tiempo el mejor aliado de la verdad y no así de la mentira, los sucesos sangrientos que involucraron al gobierno, en particular los hechos luctuosos de Porvenir, siempre han despertado una desconfianza razonable respecto de la veracidad de los mismos. Lo que escuchó y vio la población boliviana, desde mi humilde percepción, está en tela de juicio, debe de estarlo, debemos todos los bolivianos y bolivianas otorgar el beneficio de la duda a los actores de los hechos, tanto a los acusados como a los acusadores.
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En septiembre de 2008, el gobierno procedió a la toma militar y violenta de la ciudad de Cobija y posteriormente del departamento Pando, provocando antes un enfrentamiento entre autonomistas y campesinos. Los primeros, presas de la intolerancia cayeron en la trampa tendida por el gobierno, y los segundos embustidos por gente inescrupulosa, sirvieron como carne de cañón, cual cristiano arrojado a las fieras en los tiempos del imperio romano. Enfrentamiento que el gobierno utilizó como excusa perfecta para construir “La Gran Mentira”, que pretendía hacer creer a la opinión pública, que lo sucedido en Porvenir, se trató de una masacre y no de lo que en realidad fue; un enfrentamiento.
“La Gran Mentira”, habla de una actitud que raya en la barbarie de los autonomistas en contra de los campesinos o allegados al gobierno. Repitió cínicamente hasta el cansancio que los muertos sobrepasaban las cincuenta personas, entre ellos hombres, mujeres embarazadas, niños y ancianos. Que los desaparecidos sumaban más de un centenar. Incluso llegó a experimentar la versión de que los autonomistas habían violado sexualmente a mujeres, niñas y cuanto campesino se le cruzó en el camino, durante el enfrentamiento. Eso dice “La Gran Mentira” construida por el gobierno, que lamentablemente tuvo eco en muchos compatriotas, por ignorar o más bien, por ser ignorantes, al extremo de no tener la capacidad de separar la ficción de la realidad, en otras palabras, la verdad de la falsedad.
Lo cierto es que, con la toma militar de Pando, el gobierno procedió luego a auspiciar migraciones virulentas que están perforando el dominio tradicional de la tierra y comienzan a alterar las relaciones sociales, políticas y económicas de esta zona elegida por las mentes febriles del régimen, como polo de penetración étnico territorial.
El balance después de tres años de la toma ilegal del departamento Pando por parte del gobierno del MAS, es sin duda negativo desde todo punto de vista. Se retrocedió más de una década en relación a la presencia del pandino como constructor de su futuro. Volvimos a los tiempos en los que desde La Paz se nos imponían senadores, diputados, gerentes, alcaldes, directores, etcétera. El cambio solo sirvió para que los recién llegados insulten al pandino, desangren sus riquezas, destruyan su identidad y lo peor, hablen a nombre de él.
Da cuenta también de la presencia de un puñado de pandinos encarcelados, acusados a priori de ser los culpables de todos los males habidos y por haber que aquejaban al departamento antes de la llegada de los “vindicadores altiplánicos” y de ser los autores de las muertes el 11 de septiembre de 2008 en la localidad de Porvenir (parte de la estrategia de “La Gran Mentira”). Entre esos acusados, está el ex prefecto Leopoldo Fernández, retenido en una cárcel de máxima seguridad, con un futuro nublado de recibir una sentencia imparcial por parte de los administradores de justicia que ya dieron muestras suficientes de sumisión a los intereses del gobierno. De campesinos y citadinos utilizados en esa acción, que según comentan, hasta la fecha no han recibido lo prometido por los operadores “del proceso de cambio”, les dieron casi nada. Están por ahí, casi anónimos, desaparecidos, escondidos, temerosos, amenazados, perseguidos, no por los autonomistas, sino, por gente del propio gobierno.
Pedirles a los antiguos aparceros que pidan perdón no es exagerado, es una forma barata de que se laven el lodo que les cubre y traten de curar las heridas provocadas, aunque las cicatrices perduren en el tiempo.