Erika Brockmann Quiroga
Herve do Alto, al igual que Moira Zuazo y otros intelectuales bolivianos (Nueva Sociedad, 234) se refieren al MAS como un partido campesino e instrumento político que habría contribuido a la fuerte ruralización de la política y de la propia identidad boliviana.
Lo paradójico es que este ímpetu ruralizador se produce en una Bolivia mayoritariamente urbana, conforme a las tendencias irreversibles de toda modernización en el mundo.
Con esta introducción, basada en consideraciones académicas, me zambullo en un conjunto de datos y hechos que ponen en duda la esencia progresista de un proceso que desnuda sus contradicciones. Lo curioso es que en Bolivia campesinos y campesinas son actores primordiales, “los militantes de primera” del proceso, mientras los sectores urbanos e intelectuales son los de segunda o “invitados”.
A tiempo de manifestar mi adhesión a políticas de incentivo a la producción campesina y agroalimentaria y, analizado el perfil económico, productivo y los intereses de sus actuales dirigentes, éstos no parecieran ser tan congruentes con la idea de construcción de un Estado integral, pos neoliberal, anticapitalista, comunitario, etc., que sale del ingenioso y confuso arsenal teórico conceptual de los intelectuales del proceso.
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Ya no extrañan las frecuentes visitas del Presidente a sus bases campesinas cocaleras, cuya capacidad de cambiar sus decisiones en el caso del fallido y radical gasolinazo quedó fuera de duda. O cuando anuncian bloquear la movilización de los pueblos indígenas de tierras bajas, visibilizando prácticas sindicales –poco ancestrales- y fracturas dentro del bloque social expresado en el acrónimo “IOC” (Indígena Originario Campesino).
En torno al bullado conflicto del TIPNIS, los colonizadores, autonombrados “interculturales”, develan un descarnado “andino centrismo” avasallador de la Madre Tierra y un preocupante racismo contra los “salvajes”, antes hermanos indígenas, a cuyas mujeres debieran conquistar como si se tratara de trofeos coloniales. ¿Despatriarcalización? No. Los lapsus discursivos y comportamientos son regresivos y coloniales, impregnados de lo peor y más “salvaje” del desarrollismo y de las promesas de la modernidad capitalista.
“Campesinos, Cocaleros y Colonizadores” (CCC), sujetos protagónicos del cambio, producen hoy menos alimentos, contradiciendo el machacón discurso de la “soberanía alimentaria”.
Por ello, no sorprende consumir cada vez más fruta y papas “neoliberales” (peruanas o chilenas), ni el incremento de cocales o que sean los más visibles beneficiarios de la legalización de los autos chutos o del programa Evo Cumple con proyectos de dudosa calidad y transparencia.
Montados en el acrónimo IOC, son objeto de transferencias directas del Fondo Indígena. ¿Sabía Ud. que, mediante una simple resolución y, luego de cinco años, pocos días antes del gasolinazo, se autorizó la transferencia de 1.259,12 millones de bolivianos a favor de los IOC?
De ese monto, más del 75% corresponde a campesinos de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), a colonizadores de la Confederación Sindical de Comunidades Interculturales de Bolivia (CSCIB) y campesinas afiliadas a las “Bartolinas”.
Los otros 25% van a la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (CIDOB) y el Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasuyu (Conamaq) y ¿a los guaraníes? Pregunto: ¿qué financian?, ¿desarrollo, potenciamiento político sindical, prebendas, marchas, contramarchas? ¿Es acaso un peculiar de financiamiento político partidario?; esto ¿se transparenta ante las bases y el pueblo? Con esta información, son más las dudas que las certezas sobre el rol transformador, progresista de las “C” del cambio o del “contracambio”.
Página Siete – La Paz