¡Libertad para Rafah Nached!


Juan Claudio Lechín

JuanClaudioLechinWeiseFoto_thumb_thumb1 Hace poco más de una semana la doctora Rafah Nached, primera mujer psicoanalista en Siria, se disponía, en el aeropuerto de Damasco, a tomar el avión en compañía de su hija. Luego de mucho tiempo, viajaba a Paris. Puedo claramente imaginarla. Llevaba una agenda repleta de actividades e ilusiones. Allí había estudiado y recorrería las añoradas calles, volvería a mirar La Coupolle con la misma admiración de cuando le dijeron que allí se reunían Sartre, Malraux y otros grandes intelectuales. Caminaría por Champs Elyseés, que a pesar del tráfico, sigue fluyendo majestuoso hacia el Arco del Triunfo.

Al entregar el pasaporte para ser sellado, piensa que va a pedirle a dos amigas y colegas francesas ir juntas de picnic a los jardines frente a la Torre Eiffel, aunque las crean turistas. Ellas la verán como a una romántica empedernida de sus recuerdos juveniles. Qué importa. Igual insistiría sabiendo que los psicoanalistas se muestran fríos solo para esconder su sensibilidad interior, muchas veces lindante en la cursilería. Lanzando esos bufidos tan franceses que significan resignación, ellas aceptarán y, en verdad, disfrutarán el inusual almuerzo, reirán, conversarán de sus lecturas analíticas, de experiencias clínicas y no dejarán de nombrar a Lacan.



Acudirá a citas médicas que a sus 66 años son una necesidad cuando se visita un ciudad con excelentes profesionales. También se internará en librerías especializadas donde las publicaciones más destacadas son de sus condiscípulos de antaño. Dará conferencias en varias universidades y, al final, se premiaría yendo a comer, en un restaurancito escondido en la Ile d’France, un imbatible cordero a las finas hierbas.

París la marcó. Luego de graduarse en medicina, sus padres esperaban que tomara una especialización de mujeres. Lo natural era pediatría. Pero cuando les avisó, con tono decidido, que elegiría psicoanálisis, los vio consternarse. Ellos sabían del enorme reto que es una sociedad masculina tradicional para una mujer profesional.

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En efecto, la sociedad siria le hizo pagar con esfuerzo, constancia y talento su derecho a ser igual que los hombres. Afortunadamente encontró, para esposo, a un joven que no se sentía disminuido por su inteligencia y coraje. Se casó, fue madre y, con el tiempo, Rafah Rached, ya reconocida como una eminencia en Europa, fue también reconocida en Siria.

El sábado pasado, en lugar de devolverle el pasaporte que entregó para ser sellado fue apresada por agentes de inteligencia de la Fuerza Aérea. No hubo orden judicial, ni acusaciones. Simplemente se la llevaron. Mientras escoltaban a Rafah por un pasillo lateral, madre e hija se agarraron una a otra con la mirada y no se soltaron hasta que una puerta se cerró, separándolas. Se sabe que Rafah se ha mantenido alejada de la política, por tanto su detención no tiene que ver con las recientes protestas en Siria. Pero no es difícil inferir que, en tales circunstancias, los gobiernos nerviosos encuentran enemigos hasta donde solo hay flores, donde solo hay luz. ¡Suelten a Rafah Rached, carajo, que ella es sólo eso: es flores y es luz!

El Comercio – Lima