Así no, García Linera…


Gonzalo Villegas Vacaflor

GATO El principal operador político del MAS, García Linera determina su praxis y discursos; y lo hace desde el poder, desde su más alta instancia; instala en la praxis y destila en un discurso asumido con todas sus consecuencias ideo-pragmáticas; con sus intenciones y utilidades políticas.

Lo cultiva, por tanto, como un ejercicio al que se asoman voluntad y decisión con altos niveles de consciencia y compromiso. También creyéndolo resultado de la aproximación al sistema de preceptos salidos de la vertiente de que: “En política no interesa la verdad; lo que cuenta es lo que la gente percibe como verdad”.



Este método político no se ubica como conducta del poder sin que lo anteceda un concepto sobre el mismo que verifica la mentira en la correlación realidad – expresión.

Finalmente, lo valida un discurso que pretende dibujar esa “verdad”, “construir” las percepciones que el poder desea imponer como ciertas. El objetivo es imbuir a los demás en un neoplatonismo; un ejercicio racional que empuja a los demás a la caverna.

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Un cogobernante de esta naturaleza que supuestamente idolatra al caudillo, haciéndole creer que se encuentra por encima del bien y del mal, asume tal praxis sólo al anteponer su necesidad política, de poder y legitimación, a la ciudadanía e instituciones.

Si no se otorgan valor e importancia a esta conducta política en la proporción que lo estima y usa la administración actual no se podrá lidiar con la realidad político-económico-social, ni con los gobernantes y funcionarios.

Si no se conciencia a la gente sobre la asumida y clara intención oficial de manipular toda información y discurso; sobre su objetivo de vender una realidad inexistente, unos hechos tramposos y falsos como ciertos, jamás se conocerá lo que ocurre, lo que hace el gobierno ni ó mucho menos ó los procedimientos, arreglos y negocios que sobre la cosa pública y su administración lleva a cabo. No habrá razón para distanciarse, menos aún para oponérsele.

Tampoco se puede otorgar el valor que pretenden a cada plan, iniciativa, personalidad o ego que presentan al país. Tampoco jugar su juego.

El coyuntural vicepresidente es el más avezado en tal práctica. A pesar de su pretensión de intelectual, sus falencias oratorias y de sus crasos errores en el uso escrito del lenguaje, logra la articulación de discursos correlativos. Él combina cinismo y cierto deplorable manual político: “El prestigio es todo, defiéndalo a muerte”. Con un contendor así hay que recurrir al pueblo, movilizárselo, esclarecérselo. Enrostrarle la ficción trágica de su proyecto del “proceso de cambio”. Sopesar sus palabras y sus hechos; conceptualizarle la dimensión de su fracaso.

Quien ilusiona al caudillo que obtendrá para siempre el mando presidencial, o el control total y eterno del poder con discursitos y visitas y apretones de mano está enajenado, equivocado, en la caverna adonde lo quieren.

El cinismo político desdibuja la realidad del poder en la consciencia pública. ¿Por qué se necesita eso? Porque los intereses y objetivos de los gobernantes cínicos son contrarios o ajenos a los intereses públicos. De aquí que el contenido del cinismo político sea el rompimiento entre praxis y discurso del poder. Por tanto, también es reversible cuando se conoce que su objeto es constituirse en los ladrillos de la “percepción”, ocultar los rasgos esenciales y la realidad del poder y de la praxis política: el destino que toman los recursos públicos y lo que se hace con ellos.

Un gobierno identificado con los intereses de su pueblo y opinión pública no necesita tal recurso. Lo vería como obstrucción al desarrollo, somnífero y envilecedor de la población y los líderes.

No puede inspirarse en el concepto de: “Acepta todo acerca de ti mismo, de veras todo. Tú eres tú, y ése es el comienzo y el final. Nada de excusas ni remordimientos”.

Termino estas notas trayendo a mi memoria hasta esta página algunas palabras de Camile Desmoulins (1760-1794), el revolucionario que arengó a las masas para tomar las Bastilla en 1789, el jacobino que votó a favor de la ejecución del Rey. Estas palabras pertenecen a una carta que escribió a su esposa, Lucille, desde la prisión, el 4 de abril del 1794, un día antes de morir en la guillotina por órdenes de Robespierre, quien, en otro tiempo, fuera su amigo y compañero de ideales:

“Había soñado con una república venerada por el mundo entero. No podía creer que los hombres fueran tan feroces y tan injustos”.