Gonzalo Villegas Vacaflor
A diferencia del ciudadano común, que puede hacer todo lo que sea lícito y no esté prohibido por las leyes, al político le es exigible algo más, un plus respecto a la observancia estricta del ordenamiento jurídico. La razón es que están dotados de un doble poder, como legisladores y titulares del poder coactivo, primero, y como paradigmas de comportamiento social, después. Un doble poder implica una doble responsabilidad: la responsabilidad de su competencia técnica y política, y la responsabilidad del ejemplo personal.
Si se extrajeran todas las consecuencias de las citas de Hegel y Rousseau, habría que concluir que una sociedad de hombres justos requeriría un número escaso de leyes escritas y que, por el contrario, la actual proliferación de leyes -la conocida “legislación motorizada”- se debe a una preocupante ausencia de ejemplaridad en la esfera pública. La inmoralidad de algunos políticos difunde un ejemplo negativo y produce una desmoralización social que luego los políticos de la generación siguiente deben reprimir o corregir mediante la desdichada aprobación de leyes más severas y restrictivas.
Una doble responsabilidad que nace de un doble poder. Pero ese poder normativo-coactivo de los políticos, o de ser ejemplos persuasivos que orientan nuestra forma de ser y tener de vida, no es, en una sociedad democrática, originario, sino vicario: lo ejercitan porque los ciudadanos se lo confían. Y se lo confían en la medida en que sean dignos de confianza, de que sean fiables. Y para juzgar si un político es fiable, no basta que sea buen orador, parlamentario, gestor o técnico; ni siquiera el juicio debe limitarse al terreno político, sino que se extiende al conjunto de su persona, a qué clase de hombre o mujer es en general, si se aproxima más o menos al idea de ejemplaridad que tenemos intuitivamente en la conciencia cada uno, buen padre o madre, buen vecino, buen profesional, buen ciudadano.
Cuando contratan a una persona en una empresa o le confían un encargo importante, todos los datos sobre su honestidad son importantes. Mucho más en el caso de un político, que va a regir sobre nuestra vida, libertad, hacienda y derechos. Es natural -es obligado- que queramos reunir toda la información disponible, con pleno respeto de su intimidad personal, que sea de interés para evaluar en el político lo que los romanos llamaron decorum, la honestidad no en ese o aquel ámbito, sino en el conjunto de su vida.
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Con bastante facilidad se distingue entre vida privada y vida pública de los políticos. Se dice que una cosa es ser un buen matemático o un buen científico o un buen poeta, y otra, es ser una persona honrada, digna, merecedora de confianza. Lo mismo, dicen, sucede con los políticos.
¿Es el mismo caso? Es decir, los políticos, en su actuación política ¿son como los artistas que cuando se ponen a pintar o a esculpir o a componer música, desarrollan su arte al margen de su vida privada? ¿Son como los matemáticos que, a la hora de resolver un problema lo hacen bien o mal, al margen también de su vida privada?
El político ha recibido el encargo de gestionar el bien público porque el pueblo se fía de él; y se fía de él porque ve su manera de proceder en su vida privada: lo elige porque lo ve honrado, serio, formal, justo, capaz de gestionar sus cosas… Ese mismo hombre, al ser elegido para un cargo público, sigue siendo el mismo hombre de antes, honrado, serio, formal, justo, capaz de gestionar sus cosas. La diferencia está en que en vez de gestionar sólo sus asuntos privados, gestiona también los asuntos públicos. Pero es el mismo hombre. Por la unidad de vida en el aspecto moral que hay en todos, es el mismo hombre quien, al pasar de la vida privada a la pública, seguirá actuando con honradez, con dignidad, con honestidad si antes era honrado, digno y honesto; o con orgullo, con desfachatez o con prepotencia si antes actuaba así ¿No es esto lógico?
Con maderas carcomidas no puede construirse un andamiaje sólido. Con hombres carcomidos por la inmoralidad no se puede construir una política honesta. No puede admitirse una dicotomía en la vida moral de cualquier hombre; tampoco en el político.
Quien no es honrado en la vida familiar, laboral, comercial, ¿ha de serlo en la vida pública? Habría que explicar cuál es el elemento nuevo que ha entrado en juego para que cambie ese hombre, cuál es la varita mágica que lo ha convertido en un hombre honrado. Porque si se ha aprovechado de los demás en sus negocios, aunque siempre haya procurado guardar las apariencias, se seguirá aprovechando de los demás en su vida pública, guardando también las apariencias, desde luego. Y si entre sus vecinos ha destacado por su laboriosidad, por su capacidad de ayudar y de servir, por su sensibilidad ante los problemas humanos, seguirá siendo así en la vida pública. Todos conocemos a políticos de una clase y de otra.
Quien instrumentaliza a los demás en su vida privada no lo hace porque su vida sea privada, sino porque él es como es. Y si sigue siendo como es, seguirá haciéndolo en su vida pública, con la particularidad de que en la vida pública tendrá más posibilidades y mayor campo de actuación. Se trata del mismo hombre con distintas posibilidades. Y ya se ha visto hace poco, con motivo de ciertos escándalos, que las posibilidades son impresionantes, y eso que no sabemos todo lo que pasa.
En definitiva, que nada hay totalmente privado; ni la propia vida. Y el pueblo tiene derecho a exigir fiabilidad en quienes han de dirigir la vida social de todos los ciudadanos. Y lo mismo que tiene derecho a exigirlo, tiene el deber de elegir en conciencia a los mejores. ¿Y quiénes son los mejores? Desde luego no los más inmorales ni los más corruptos.
Por eso, digo en el título, que lo único verdaderamente importante de los políticos es su vida privada.