¿Tiene futuro la Defensoría?

Agustin-Echalar

Agustín Echalar Ascarrunz

El proceso para la elección del nuevo Defensor del Pueblo no puede ser tomado en serio.  En realidad, una actitud honesta de parte de la Asamblea Plurinacional sería despachar una ley que simplemente disuelva  esa institución, que no tiene cabida dentro del modo de gobernar del MAS.

Ha sido divertido e ilustrativo el que  gracias a la convocatoria que exige el conocimiento de un idioma indígena a quien quiera ser Defensor se pusiera en evidencia que varios funcionarios del MAS no hayan logrado aprender una de esas lenguas en estos 10  largos años.  En un caso, un senador ni siquiera pudo balbucear un triste saludo en quechua, algo que hasta los turistas aprenden cuando les toca un guía esmerado con el que visitarán una comunidad de ese habla.

La impostura, el decir una cosa por otra, el ser otra cosa de lo que se pretende, la máscara, la careta son  las características más recurrentes del proceso de cambio y eso, por supuesto,  que no debe sorprender a nadie, precisamente por el origen un tanto taimado del núcleo duro del masismo;  me refiero a los cocaleros del Chapare que hasta el día de hoy  juran que la hoja de coca es sagrada.

La figura del Defensor del Pueblo es una construcción muy sofisticada y sólo puede funcionar verdaderamente en una democracia sólida, algo que no ha habido en Bolivia posiblemente nunca, independientemente de que, precisamente en la llamada larga y abyecta noche neoliberal es posible que se hubiera estado relativamente cerca.

Un defensor del pueblo puede existir solamente cuando una sociedad, desde arriba y hasta abajo, está convencida de que lo más importante es restringir el poder de quien está en función de gobierno, aún en detalles pequeños, aún contra las prepotencias burocráticas que molestan la vida del ciudadano y que van contra sus derechos.

El problema con don Evo Morales y con quienes lo rodean es que ellos simplemente no pueden entender esta dinámica. Y el Primer Mandatario lo ha confesado públicamente en reiteradas ocasiones, tanto con su célebre “le meto nomás” , como hace cinco años, con sus palabras de circunstancia, cuando Rolando Villena fue posesionado como Defensor, diciendo el absurdo de que ahora el Defensor debía defender al Estado. El ministro Romero ha dicho hace poco tiempo, con sorna y a modo de recriminación, que el defensor Villena se hubiera convertido en defensor de delincuentes. No tiene, el Ministro, la menor idea de las funciones del Defensor.

El problema es que Defensor del Pueblo, pese a ser autónomo, sólo  puede cumplir verdaderamente con sus funciones  cuando el Estado, o mejor dicho el Gobierno, está dispuesto a cumplir plenamente la ley. Ese no es el caso del gobierno de Evo Morales y eso, de alguna, manera vuelve absolutamente superflua la existencia de esa institución.

El señor Villena ha tratado de cumplir con su labor contra viento y marea, y ha hecho las denuncias pertinentes, pero las reparticiones del Gobierno, en el mejor de los casos, solo han tomado nota del trabajo del Defensor.

Con la elección del nuevo Defensor las cosas tienden a ser aun peores, puesto que pareciera ser que  la Asamblea va a elegir a alguien absolutamente adicto y fiel al régimen. La única esperanza  que se puede tener es que, como el diablo no sabe para quién trabaja, se podría dar una  sorpresa, que una vez electo y posesionado el nuevo titular, saque a relucir carácter, honestidad y fibra, y siga los pasos del  Defensor saliente.

Lo que sí debe saber el nuevo Defensor  es que en cada paso que dé será comparado con el actual y cada acto de sumisión que cometa le será cobrado por la opinión pública independiente,  de manera puntual y eventualmente altisonante.

Página Siete – La Paz

 

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