Y le siguen metiendo nomás

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Maggy Talavera

No hay abuso que se repita sin que medie para ello el consentimiento de la víctima, sea por miedo, ignorancia o simplemente apatía. Los afectados por los excesos cometidos en su contra por abusivos de todo tipo suelen callar, permitiendo así no apenas la impunidad de estos, sino la reedición de abusos que se perfeccionan con el tiempo. Es una realidad que supera a la ficción y que, pese a su brutalidad, parece no conmover ya a nadie.

Constatar esa realidad provoca gran desaliento y desesperanza en la condición humana. ¿Acaso no era que estábamos evolucionando como individuos y sociedad? ¿Dónde se han estancado los ideales nobles de un ser humano mejor, de otro mundo posible? ¿Es que ya no hay espacio para soñar y realizar los sueños de una experiencia de vida plena, en la que la bondad pueda más que la maldad, y la justicia deje de ser apenas un adorno?

Una vida renovada y auténtica en la que no quepan las imposturas, la hipocresía, el doble discurso, el cinismo y la crueldad tan propia de los abusivos. Una vida consecuente con la propia vida, en la que valga más una buena acción que el acto mecánico de repetir ‘frases célebres’ de no siempre célebres personajes. ¡Ay, qué falta sentida esta ausencia de vida real, de seres humanos de verdad, de auténtica voluntad de construir un mundo mejor! Hay razones para el desánimo, aun sabiendo que la esperanza es lo último que muere. No es una exageración: basta mirar a nuestro alrededor y escuchar con atención cada una de las señales que a diario emanan desde todos los ámbitos, el privado y el público, para ver cómo salen disparados con precisión los ejemplos de abusos y abusivos de todo tipo. Y en cada caso, la inseparable compañera doña aceptación, con su resignada cabeza gacha.

Cabeza gacha y cola entre las piernas, mientras se agitan sobre su espalda doblada todos los azotes posibles propinados por los verdugos que sobreviven a todos los tiempos. Así está la gente buena, yendo a rastras por caminos empedrados, sin poder enderezar la cerviz.

Es algo que escapa a la razón: ¿por qué tanta sumisión, tanta cobardía? ¿Dónde y en qué momento perdió su dignidad, las ganas de llevarse por delante a sus verdugos? Escribo este desahogo pensando no solo en los cientos de miles de mujeres que aguantan hasta la muerte la violencia machista, sino también en los millones de hombres y mujeres traicionados por sus elegidos, en decenas de candidatos a defensor del pueblo burlados en nombre del idioma nativo y en tantos otros abusados en su buena fe, mientras unos menos le siguen metiendo nomás…

El Deber – Santa Cruz

 

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