El régimen de las post verdades


Arturo Yañez Cortes

Aunque según se sabe, el término post verdad se utiliza en el mundo desde aproximadamente una década atrás (se le atribuye haberlo creado a Ralph Keyes allá por el 2004), con alguna demora como suele ocurrir con algunos otros inventos”, la post verdad también arribó al país y, goza de muy pero muy buena salud, está vivita y coleando causando furor en las filas azules, más aun cuando el régimen ya había demostrado un importante know how en prácticas fulleras similares: sus famosas estrategias envolventes.

Según el Diccionario Oxford se trata de un híbrido bastante ambiguo cuyo significado: “Denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal” o también: “Algo que aparenta ser verdad, es más importante que la propia verdad”. Es decir, se trata de una nueva y flamante forma de mentira, en la que los cuentos, las emociones y los discursos, prevalecen por sobre todos los hechos objetivos; por lo menos… para quienes las propagan sistemáticamente, dejando en pañales al mismísimo nazi Goebbels con su: “Miente, miente, que algo queda”.

Por supuesto que esa práctica, se ha extrapolado a la política, para cuyo ámbito se acuñó el término “política de la post verdad” e incluso, hasta se hace referencia a una sub especialización, consistente en el “régimen de pos verdad” (Jayson Harsin) que, como no podía ser de otra manera, está muy cultivada en el pluri. ¿Pruebas? El día de la mentira, la más reciente, cuando el régimen, pese a que puso “toda la carne en el asador” como diría un relator deportivo (carne pagada además, con nuestros recursos públicos), terminó desplumado -hasta con su árbitro de por medio- en su afán de re-re-reelegirse, por los siglos de los siglos.

No le quedó otra entonces ante tamaño papelón, que inventar su post verdad. Dijeron al borde del ataque de nervios, que ese su fracaso fue producto de “La Mentira”, a partir de la telenovela protagonizada como actriz principal por la dama azuleja (que ayer volvió a las pantallas, con un nuevo capítulo del mismo género) y en el papel del macho man, por lo menos dos altos cargos gubernamentales, incluso la producción tuvo extras que escribieron libritos con sus post verdades, actores secundarios que pagaron los platos rotos, etc. Esa dijeron, habría sido la causa de su sonado fracaso electoral, su post verdad.

Aunque, como no hay crimen perfecto, resulta que los datos objetivos han mostrado de manera reiterada y hasta por obra y boca de las propias “víctimas de la mentira” que, por ejemplo el romance del jefazo con la dama azulada si existió; que fue el propio interesado y sus allegados que admitieron en público la existencia del hijo, luego declarado inexistente por obra de la “justicia”; que la flamante bachiller era la caperuza de una transnacional que hacía grandes bussines con el régimen; que realizó parte de sus operaciones desde el mismísimo Ministerio de la Presidencia y así sucesivamente, varios hechos incontrovertibles, que se pretende, sean borrados o por lo menos distraídos, por la post verdad oficialista, recitada a coro por los azulados.

Pese a que precisamente con tales manipulaciones de la información, se intenta que el ciudadano no pueda distinguir la verdad de la mentira, es imprescindible para que las post verdades prosperen, que sus destinatarios (usted…yo) seamos bastante borregos, lo que no es el caso como lo prueba la tozuda realidad; aunque revelan y mucho, la naturaleza de sus realizadores, pues como Hanna Arendt enseñó: “La política es un lugar privilegiado de la mentira y, los regímenes totalitarios, son su supremo y más siniestro reino”.

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