Maduro agrede constantemente a Macri


Emilio J. Cárdenas*

Comparar a Macri con Maduro es relativamente sencillo. Son dos polos claramente opuestos.

La región tiene hoy tres líderes cuyas actuaciones personales externas parecerían, de alguna manera, sobresalir respecto de las de los demás: Mauricio Macri, Nicolás Maduro y Pedro Pablo Kuczynski, los presidentes de Argentina, Venezuela y Perú, respectivamente.

Aunque lo cierto sea que tan sólo el autoritario Nicolás Maduro pretende ejercer alguna suerte de liderazgo político más allá de sus propias fronteras. Por sobre los demás, creyéndose heredero de los sueños e ilusiones marxistas de Hugo Chávez.

Macri y Maduro están hoy enfrentados en una batalla verbal constante. Macri, por convicción, denunciando lo que es meridianamente obvio: que Venezuela ha dejado ya de ser una democracia, postura en la que –en este momento- sólo está activamente acompañado por el Secretario General de la OEA, el uruguayo Luis Almagro.

Casi todos los demás presidentes de la región mantienen, con distintos estilos, sus silencios cobardes sobre la amarga realidad venezolana. Como si sólo se pudiera criticar a los regímenes democráticos y no a los autoritarios, sobre los que asumen una posición de “no mirar e ignorar”, como si no hubiera obligación alguna de defender las libertades civiles y políticas, los derechos humanos y la democracia misma a nivel regional. O como si estuvieran muertos de miedo.

Comparar a Macri con Maduro es relativamente sencillo. Son dos polos claramente opuestos. Macri es un hombre bastante serio, de formación universitaria y de profesión: ingeniero. Y piensa y actúa como tal. Maduro es un ex colectivero, que cree saberlo todo, por una suerte de ciencia infusa y se refugia en la ordinariez. Piensa y actúa con llamativa frecuencia como si aún siguiera siendo un colectivero.

Macri es un hombre educado. Pulido. De buenos modales. Maduro es un ser acostumbrado a agredir. Siempre desde la desfachatez y la grosería.

Macri es un entusiasta deportista. Maduro es un ser adiposo que vive ridículamente vestido de deportista, a toda hora, aunque sólo por comodidad. O por apariencia. Esto es por los colores que elije, que son los de Venezuela.

Macri cuida sus dichos. Maduro insulta sin límites y además se rodea de personas que hacen lo mismo, con las que se siente cómodo, como sucede con el caso patológico de su mal educada canciller, Daisy Rodríguez.

Macri -cuya canciller en cambio parece ser especialista en anestesia, por sus propias razones- está empeñado en construir puentes. Maduro, obviamente, en destruirlos.
Macri escucha. Maduro grita. Macri dice la verdad. Maduro, lo que le conviene.

Agua y aceite, por donde se los mire. Sólo tienen un mismo idioma en común. Apenas eso y con sus modalidades. Maduro usa tan sólo una porción -muy reducida- del diccionario de nuestra lengua y no respeta del mismo modo a todas las letras.

Por todo lo antedicho, los cruces entre ellos son constantes. Macri porque no quiere ignorar al pueblo de Venezuela. Sabe bien que no debe hacerlo. Y tiene, hay que destacarlo, la valentía del caso. Pese a que es una suerte de “voz que clama en el desierto”, su diplomacia ha sido obviamente incapaz de generar acompañantes en ese necesario discurso. Y cabe naturalmente preguntarse por las razones de esto. Maduro, a su vez, porque quiere explicar lo imposible: esto es el enorme desastre económico-social en el que lamentablemente (como era naturalmente de suponer, atento el perimido “modelo” que postula) ha sumido a su país.

Lo de Macri no es nuevo, su posición es exactamente la misma que tuviera en la campaña electoral que lo llevara a la presidencia. Por ello, dando la cara, empujó hacia la suspensión de la siempre incumplidora Venezuela en el Mercosur. Y sostiene constantemente que en Venezuela no hay democracia. Y ahora, ni siquiera elecciones. Por todo esto no se olvida de Leopoldo López, que ha cumplido ya tres crueles años de cárcel por delitos que no cometió, ni son tales.

Los incidentes entre Macri Y Maduro empezaron en el 2014. Cuando Macri, antes de ser presidente y por escrito, le dijera a Maduro: “Es evidente que Ud. y yo somos cosas distintas. Donde Ud. ve enemigos que quiere aniquilar, yo veo venezolanos enojados”. Duro. Pero es verdad. Agregando: “Donde Ud. ve una conspiración, yo veo como se llevan baleada en una moto a Génesis Carmona, agonizando a los 22 años. No lo vi en los funerales de esos inocentes”. Terminando con un pedido premonitorio: el de “sentarse a dialogar con los que piensan distinto”.

La historia enseña que para Maduro dialogar es tan sólo una estrategia para estirar los tiempos, sin que apunte en modo alguno a escuchar y, menos aún, a buscar consensos. Los demás simplemente no existen. Los disidentes son criminales para él. Por ello, todos deben, siempre, someterse a él, que cree que no se equivoca cuando la realidad generada por su triste gestión lo condena de inmediato.

Cuando Macri se impuso en las elecciones de 2015, como es normal, cortés, y habitual, los presidentes del mundo lo saludaron. Maduro, en cambio, lo insultó sin rodeos y auguró que no iba a tener éxito en su gestión. Quizás para esconder el gigantesco fracaso de la suya.

En el 2016, en octubre y diciembre, y en febrero de este mismo año, Maduro volvió a insultar a Macri, llamándolo entre otras cosas: “pelele” y “sicario”. Para completar la catarata de insultos con: “ladrón”, “cobarde”, y “oligarca”. Así como: “bandido”. Los dichos nos eximen de todo comentario.

Maduro es sumamente peligroso, desde que conforma una permanente amenaza injerencista para la paz y seguridad de la región toda, lo que no es una situación usual, ni una circunstancia menor.

Dos palabras, para cerrar, sobre Pedro Pablo Kuczynsiki. El mandatario peruano, en cambio, dice apenas lo indispensable acerca de Venezuela. Lo justo. No se calla. Y ha sido el primer presidente de nuestra región en visitar la Casa Blanca en tiempos de Donald Trump. Lo que no es para ignorar. Es obvio que no dejará de considerar lo que efectivamente sucede en Venezuela.

También sabe que a Maduro, en su casa, las cosas no le están yendo nada bien y que hoy transita situaciones límite. Por lo que busca “cortinas de humo” para tratar (hasta ahora sin éxito) de ocultar con ellas el inmenso desastre doméstico que los bolivarianos -después de 18 eternos años de constantes desaguisados- han provocado en Venezuela. Como la que supone atacar a Mauricio Macri.

*Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

El Diario Exterior – Madrid

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