De vencedores y vencidos

El mundo vive tiempos turbulentos, no solo por lo concerniente a la pandemia del coronavirus, si no también por una fuerte polarización político-ideológica que no distingue naciones, culturas y mucho menos la condición económica de estas.

Vemos a diario como dos bandos, aparentemente irreconciliables, se disputan ferozmente el poder siguiendo todos un libreto similar: izquierda contra derecha, capitalismo contra socialismo, ricos contra pobres y negros contra blancos.



Da la sensación que el objetivo es aplastar al adversario a como de lugar “democráticamente” y con ello obtener un manto de legitimidad que conduzca de paso a ser dueños de la verdad y el poder total en desmedro de “los otros”, “los perdedores”, “los equivocados”.

Esta situación no es nueva en el contexto histórico del mundo, es una práctica tan antigua como la misma humanidad, quizás con la diferencia que hoy somos igual de conflictivos, pero algo mas cautelosos antes de desatar conflictos armados apocalípticos.

Si bien esta pugna se da en forma local, a nivel de partidos políticos en los países, sucede de igual forma a nivel diplomático en la esfera internacional. Por ello es pertinente preguntarse que pasa con nosotros, los ciudadanos de a pie. Hasta donde llega a penetrarnos “la ideología” o la simpatía por este o por aquel color político al punto de “etiquetar” al vecino, al colega o también, por que no, a algún familiar como uno de los “otros” o de los “equivocados”?

El 19 de junio de 1936, en los ya tensos años previos a la Segunda Guerra Mundial, la política internacional y las tendencias ideológicas habrían de medirse en un primer combate “cuerpo a cuerpo” en un ring de boxeo en Nueva York, EEUU.

Los destinados para tal acontecimiento eran, Max Schmeling, campeón de la Alemania nazi, representante del nacional-socialismo y la “supremacía blanca” (pese a no haber sido nunca simpatizante del partido!), contra Joe Louis, afro-estadounidense, sensación deportiva del “mundo libre” (pese a la segregación que aún existía contra los afrodescendientes en muchos estados del sur!).

No hace falta describir la enorme maquinaria propagandística desplegada en torno a la pelea por ambos gobiernos, sobre todo por parte de Josef Göbbels.

Pese a ser nueve años mayor y a tener a todo el público local en contra, Max Schmeling ganó la pelea. El nacional-socialismo de Hitler, con un preciso y contundente gancho de izquierda en el décimo-segundo round, noqueaba al Tío Sam en su propia casa.     

En Alemania, el partido nazi, utilizó esta victoria como propaganda política de forma masiva para manipular a la opinión pública y fortalecer su proyecto ideológico.   

Dos años mas tarde, en 1938, Joe Louis exigió la revancha. El escenario fue el mismo, aunque probablemente con los ánimos en mayor efervescencia a tan solo un año del estallido de la guerra.

Louis ganó cómodamente en el primer round. Todo lo que sigue a partir de ese momento es historia conocida.

Lo que muy pocos conocen es lo que pasó detrás de bambalinas. Max Schmeling fue reclutado y enviado al frente de batalla, donde el régimen continuó utilizando su imagen con fines propagandísticos, hasta que en una fallida operación aérea en la isla de Creta, en el mar Mediterráneo, fue dado por muerto.

Joe Louis tuvo durante y después de la guerra una brillante carrera en el boxeo profesional hasta su retiro. Schmeling no murió, regresó a casa y reconstruyó su vida inicialmente con lo que mejor sabía hacer: el boxeo, aunque solo por corto tiempo, mientras la edad se lo permitió.

Entre medio de todo esto, Schmeling y Louis se hicieron grandes amigos. A pesar de haber sido ambos los símbolos políticos e ideológicos antagónicos del mundo en aquellos años, el deporte y la caballerosidad los unió, al punto que cuando Louis cayó en la drogadicción y la ruina financiera, Schmeling lo apoyó moral y económicamente.

Louis falleció en 1981. Ronald Reagan quiso rendirle homenaje y gestionó el descanso de sus restos en el cementerio de Arlington, lugar de descanso final para los héroes estadounidenses. Este reconocimiento simbólico fue también apoyado financieramente por su amigo Max Schmeling.

Esta historia nos demuestra que los seres humanos podemos ser capaces de dejar a un lado los colores políticos e ideologías y construir una sociedad basada en valores humanos, solidaridad y simpatía. Al final de cuentas, los partidos políticos y las ideologías van y vienen y quienes hoy detentan el poder y están arriba, mañana estarán abajo, dando lugar a un círculo vicioso que no acaba nunca.