El crimen de Año Nuevo

En los primeros años de la República de Bolivia, el Año Nuevo no se festejaba como ahora y peor aún al comenzar 1829, cuando los sucesos del año anterior habían estremecido a Sucre, la capital.

//Texto: Juan José Toro Montoya (*)//

//Gráficos: Antonio Villavicencio (**) y Correo del Sur// 



 

El día anterior, 31 de diciembre de 1828, el presidente Pedro Blanco había sido capturado por hombres encabezados por el coronel Manuel Armaza que lo encontraron en el fondo de una letrina, magullado y cubierto de porquería humana. En aquellos años, cuando las ciudades todavía no tenían redes de alcantarillado, las letrinas se levantaban sobre hoyos profundos, si estaban en la planta baja; pero, si el cuarto se ubicaba en un piso superior, se aprovechaba la altura para que el foso sea todavía más alto. Allí cayó Blanco cuando se enteró que había estallado una revuelta militar. Allí, en el fondo del foso de la letrina, fue encontrado por los hombres de Armaza.

Era la expresión gráfica del grado de degradación al que había caído Bolivia en sus primeros años, pero lo peor todavía estaba por venir. El presidente de Bolivia, el tercero de su historia, después de Bolívar y Sucre, iba a ser cruelmente asesinado en las siguientes horas.

PRESIDENCIA FUGAZ

La mayoría de las versiones apuntan que su gobierno duró seis días, aunque, si se toma por válido el dato de Enrique Finot, su duración sería de solo cinco. De una u otra manera, el mandato de Pedro Blanco Soto fue la presidencia unitaria más corta en la historia de Bolivia.

Su origen está en el descontento que surgió entre los bolivianos por la permanencia del ejército colombiano, que había ingresado en 1825 y permanecía en el país más de tres años. Para entonces, y azuzados por los discursos de los influyentes de la época, la gente ya había dejado de ver a esos soldados como los libertadores del Perú y los consideraban interventores extranjeros. El descontento fue fomentado internamente por el círculo de Casimiro Olañeta y externamente por el general peruano Agustín Gamarra, que pretendía invadir Bolivia.

Fue en esas circunstancias que se produjo el motín del 18 de abril de 1828, en contra del presidente Antonio José de Sucre. “Con la noticia del motín, Gamarra pasó la frontera y avanzó en el interior de Bolivia, que ni supo ni pudo defenderse —refirió Enrique Finot—. Algunos jefes del ejército nacional estaban comprometidos con el invasor. Ante situación semejante, el desenlace fue inevitable. El general Sucre se retiró decepcionado, si bien cayó rodeado del cariño y la gratitud del pueblo boliviano”.

Fue la crisis más grave en la historia de Bolivia porque a la herida sufrida por el fundador de la patria se sumó la invasión peruana, la designación de presidentes sucesivos —José María Pérez de Urdininea y José Miguel de Velasco—, una asamblea convencional notoriamente influenciada por el invasor y la formación de facciones que estaban dispuestas a asesinar incluso al mismísimo presidente, como se confirmaría poco después.

Por decreto de Sucre, Pérez de Urdininea asumió la administración del Estado, pero fue incapaz de echar a los invasores. El 12 de agosto, la asamblea designó como presidente a Andrés de Santa Cruz, pero, como él no se encontraba en el país, quien tomó el mando fue su vicepresidente, Velasco que, así, se convirtió en el cuarto presidente de Bolivia.

Durante todo este ínterin, se suscribió el Tratado de Piquiza, considerado indigno para Bolivia, porque significaba un sometimiento a las exigencias de los invasores peruanos.

Santa Cruz no llegó a asumir su primer mandato porque el congreso constituyente, cuyo propósito era dejar sin efecto la Constitución bolivariana, también decidió nombrar nuevo presidente y vicepresidente. Teresa Gisbert apunta que “el congreso, en ese difícil contexto, nombró presidente al general Pedro Blanco y vicepresidente a Ramón Loayza. Blanco, que por el Tratado de Piquiza había sido ascendido a general, se posesionó del cargo el 26 de diciembre de 1828, tras un interinato de ocho días ejercido por el propio Loayza en espera de su llegada a Chuquisaca”.

Y aunque Finot dice que la posesión fue el 27, la mayoría de los autores señalan que el gobierno de Blanco comenzó el 26 de diciembre de aquel fatídico año.

El gobierno de Pedro Blanco Soto duró menos, incluso, que el interinato de Loayza porque el 31 de diciembre de 1828 se produjo un levantamiento militar liderado por Armaza y los tenientes coroneles José Ballivián y Manuel Vera. Al enterarse de lo sucedido, el presidente intentó escapar y cayó por el pozo de la letrina, donde lo encontraron los hombres de Armaza quien, al dejarlo bajo la custodia de cuatro granaderos, les dio esta orden: “Si el señor intenta fugarse o hace siquiera una señal, le pegan cuatro balazos”.

¡Asesinado!

Pero Blanco todavía tendría que pasar más humillaciones porque, además de destituirle brutalmente de la presidencia, fue asesinado al día siguiente de manera alevosa y cruel.

Debido a que no existen demasiados datos de lo sucedido en aquellos días, resulta valiosa la versión que Moisés Alcazar publicó en 1956:

“Al día siguiente, primero del año 1829, muy de madrugada, el general Blanco fue trasladado al Convento de la Recoleta, mole maciza de anchas paredes y sinuosos pasadizos, donde habían sido encuartelados los dos regimientos del motín. El traslado del prisionero obedecía al propósito de mayor vigilancia para contrarrestar los trabajos de liberación iniciados por sus amigos y partidarios. Tales precauciones no impidieron el pronunciamiento popular, porque, a media noche, grupos de embozados se encaminaron sigilosamente al vetusto edificio con el propósito de rescatar al malherido gobernante. Previendo los acontecimientos, el coronel Armaza había sido categórico en su orden, reiterada esta vez al capitán Basilio Herrera: fusilar al prisionero al primer intento de evasión o ayuda popular. Hasta la pequeña y angosta celda ocupada por Blanco llegó el confuso rumor de sus partidarios y los disparos con que se iniciaba la acción del rescate. Saltó de la cama el prisionero, y sin tiempo para vestirse, intentó ganar la puerta. Sorprendido en el corredor por el capitán Herrera y los soldados de la guardia que estaban sobre las armas, fue restituido a empellones a su calabozo, agregándole a las heridas del día anterior, un tiro de fusil disparado a quemarropa.

Fuente: lostiempos.com