
En efecto, no es prudente. Como nos recuerdan las filosofías existencialistas, somos “seres abocados a la muerte”. Podemos desplegar nuestra voluntad al máximo, convertir nuestra palabra en ley, elevarnos por encima de las instituciones sociales, acometer obras faraónicas, pero antes o después recibiremos, quizá como un telegrama, quizá como una larga serie de cartas, la noticia “infausta”.
“Fausto” quiere decir afortunado, pero también ornato, pompa y lujo. Lo “infausto” niega ambas acepciones. Se acaba la suerte y con ello pierde importancia todo lo que antes considerábamos “fastuoso”.
Epicuro decía que la muerte no puede afectarnos, porque mientras vivimos ella no está y cuando ella llega nosotros ya no estamos. La evidencia es que nos afecta definitivamente. Tanto después como en el corto o prolongado “antes”, que en la mayor parte de los casos es un intento de evasión de ese inevitable final. Nuestras reacciones son siempre evasivas (el lector, molesto por el tema de esta columna, la abandona y pasa a otra ocupación que le permita olvidar lo que ya sabe: que está derrotado de antemano) porque de lo contrario no podríamos hacer nada más que esperar y lamentarnos.
La cuestión, entonces, no es si hay que evadirse, sino cómo hacerlo. Todo el debate moral y las filosofías políticas tratan esta cuestión. “¿Qué debo hacer?”. Según la línea que parte de las antiguas religiones asiáticas, pasa por Platón, sigue con San Agustín, Pascal, Heidegger y se ramifica en los neo-marxistas, lo que debemos hacer es despreciar las cosas del mundo: el dinero, que todo lo corrompe, y las urgencias del cuerpo, que al final se corrompe.
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Alejandro Magno se acerca al barril donde vive Diógenes. “Puedo darte lo que me pidas”, le dice. “¿Qué quieres?”. “Que te apartes y no me quites el sol”, responde Diógenes.
¿Sabio? Claro, si todos pudiéramos vivir en un barril. Los problemas surgen cuando esta filosofía se traduce en una actitud, moral y política, aplicada a la realidad. Entonces ocurre con frecuencia (es el caso de Chávez) que el desprecio de lo mundano se traduce en odio a los que tienen éxito en el mundo y a la suposición de que quienes están despojados de riqueza son más puros y espirituales, mejores. Esto se proyecta en utopías sociales en las que se castiga a los primeros y se premia a los segundos; en las que se coarta el individualismo y se exalta la comunidad; en las que se regula el comportamiento para que sea obligatoriamente virtuoso. ¿Sabio? Difícilmente.
En esto irrumpe Aristóteles y Santo Tomás, y los utilitaristas y John Rawls se preguntan al unísono: ¿Será para tanto? ¿Tenemos derecho a perder esta única oportunidad que representa nuestra existencia para ser felices? Pensemos por ejemplo en las monjas de clausura, sepultadas en vida por culpa, por decirlo así, del platonismo. Los utilitaristas proponen que en lugar de tratar de lograr la felicidad perfecta, busquemos en cada momento la mayor felicidad posible. Por tanto, entre dos decisiones factibles, digamos hostilizar a los ricos o llegar a un acuerdo con ellos, se debe escoger la que: a) cause más felicidad, b) provoque menos dolor.
Pero, ¿podemos anticipar qué traerá felicidad y qué no? A veces logramos un buen fin con obras malas, a veces actuamos bien y el resultado no es el esperado. Por eso Kant quiso liberar la ética y la política de la tiranía de los resultados. “¿Qué debo hacer?”. Sólo lo que mande la razón, aunque sea una razón, eso sí, de índole social, pues lo que es bueno para mí debe ser bueno para los demás; los hombres deben ser siempre “fines” y nunca “medios”.
El defecto de las éticas y las filosofías políticas altruistas (y la de Kant también lo es) está en que no aceptan al hombre como en realidad es, un amasijo de impulsos y aspiraciones, mitad ángel y mitad bestia, un Quijote-Sancho, y por eso lo sustituyen por un fantasma: el “hombre nuevo”. Ahí tenemos a Guevara sacrificando a decenas de jóvenes en la guerra imposible de Ñancahuazú, por motivos’ altruistas.
El altruismo pide que hipotequemos nuestra libertad “egoísta” por amor a los demás, con lo que entramos al servicio de una causa, es decir, en la órbita del “egoísmo del grupo”.
Con Spinoza podemos evadir la muerte de otra forma, esto es, realizando hasta donde sea posible la vocación del ser, que es “permanecer en sí mismo”. No sabemos qué trae la felicidad para nosotros, y mucho menos para los otros, pero lo que sí sabemos es cómo evitar el dolor. Podemos facilitar nuestra supervivencia. Entre una ideología que exige una guerra y una que no la demanda, escoger la segunda. Dotarnos de mecanismos como la democracia, que si bien no pueden hacernos acertar, evitan el error fatal.
Ésta es la ética del amor propio, la política del escepticismo: No estamos obligados a amar a los otros (ya que eso también los obligaría a ellos respecto a nosotros y así se instauraría el “egoísmo de grupo”), pero sí a sentir compasión por ellos, recordando que podríamos estar en su lugar. Por tanto, no tenemos que vencerlos, como pide Chávez al final de sus discursos. Tampoco tenemos que vencernos a nosotros mismos. La muerte acecha y nos obliga: hay que gozar y dejar gozar a los demás.
Fuente: www.paginasiete.bo