Sobre el poder y la frivolidad


Daniel A. Pasquier Rivero

daniel-pasquier Por lo que vemos, no hay posibilidad de diálogo sin sumisión. Se desdibujan las diferencias entre el criticado orgullo y despotismo centralista cuando se repite casi sin matices en las más modestas instituciones locales del poder. Entre los políticos hay quienes vienen del campo cívico. Los cívicos “de por vida” se ganaron en el sentimiento de los cruceños un respeto casi reverencial, que brota además natural al rememorar hazañas y sacrificios. En otros, parece que eso, es historia. No se pueden ver; no se hablan. ¡Ni por Santa Cruz! La política, con todo lo noble que tiene como expresión de servicio hacia la comunidad transcurre por senderos tan sinuosos que es imposible exigirles claridad de intenciones y de conducta. Los cruceños tendremos que irnos acostumbrando a esta nueva categoría de “ex cívicos”, aquellos que en el tiempo han pasado a la actividad política partidaria, donde los objetivos de lucha son a veces tan incomprensibles que no se pueden exponer en público y, menos, de cara al pueblo.

El poder, ¿para qué? Bolivia convertida en el conejillo de Indias, el laboratorio político de unos cuantos alucinados. Todo el poder a manos de unos pocos, como pocas veces se ha dado en la historia nacional: sin reparar en los costos humanos, sin compasión por los que sufren no solo exclusión y marginalidad sino pobreza, hambre, desesperanza ante una vida sin horizonte. Ahí están los indígenas de verdad, los que no viajan en avión, sin corbata y modelos exclusivos, los que conocen al cielo como único hotel lleno de estrellas; los que no reciben doctorados sin pasar por aulas universitarias; los que piden respeto a su medio ambiente, donde tienen refugio y comida, dispuestos a morir por defender lo que es seguro de vida para ellos y riqueza para todas las naciones. Las pomposas “naciones” constitucionales tirados en el monte o en una acera, sin vestido, sin abrigo, sin recursos y sin dignidad, pidiendo limosna para sobrevivir porque los poderosos de turno no les dan oportunidad de tener algún trabajo. Enfermos de tristeza, y es tanta, que eso les pone en peligro cierto de extinción. Ellos, no saben de aviones Hércules, “no son diablos”, ni quién es Messi, tampoco saben si eso sirvió para algo o sólo fue un capricho del “ego”.



Chile, sin pedir permiso a nadie, salvó a 35 bolivianos atascados en la cordillera andina por la intensa nevada que mantiene otras 1.200 familias de campesinos potosinos, 10 guarda parques (lo que va quedando), unos turistas y alrededor de 50.000 camélidos que esperan la ayuda del Estado Plurinacional. Debe haber algo más que dos tractores y diez camionetas, ¿tendrán combustible suficiente, choferes protegidos del frio y bien alimentados para la dura jornada? Para eso se pagan los impuestos. Porque ahora, los niños/as de la zona, cerca de 50.000, reciben alimentación complementaria con productos locales gracias a la cooperación alemana (GIZ) e italiana (RC-CAD), con el sacrificio de profesionales que comparten la rudeza del medio.

En Santa Cruz el desconcierto es mayúsculo. Cuasi silencio en la lucha contra el narcotráfico, el más grave flagelo que desafía a la región y al país. No es para utilizarlo sólo para moverle el piso a un gobierno con lazos fuertes en la actividad cocalera, sino porque detrás de esta actividad se mueven infinidad de otros problemas: violencia, secuestros, asesinatos por ajuste de cuentas, corrupción a todos los niveles e inseguridad ciudadana que refleja la pérdida de valores en una o varias generaciones dependientes del negocio o de la adicción a las drogas. El Cardenal Terrazas hace su parte denunciando al crimen organizado con vehemencia y con la valentía que le da su fe en Dios. Pero esta no es tarea sólo para líderes espirituales, sino responsabilidad de las más terrenales autoridades.

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Es ley del cruceño, la hospitalidad. Puede quedar en frase de poeta a este paso. ¿De qué hospitalidad podremos hablar cuando hay que salir con guardaespaldas a comprar pan en la esquina, cuando no estamos tranquilos al mandar nuestros hijos a la escuela ni en un radio móvil? Dejaremos el paseo en las calles polvorientas y también en las enlosetadas. El gobierno local, las instituciones, toda la sociedad tienen que participar de alguna manera en esa campaña de largo aliento orientada a controlar, a limitar, la expansión del consumo y tráfico de drogas. Nada de hoja sagrada, es la materia prima para el narcotráfico y hay miles de datos científicos que certifican el daño en partes del organismo y de la conducta humana. Hay que multiplicar los planes para tratar a los enfermos. Hay que invertir en programas de prevención y educación familiar y escolar. Una lucha que promete ser inteligente, creativa, con o sin ayuda. Dejando para otros organismos los aviones no tripulados, los helicópteros y toda la parafernalia de guerra de tan dudosa efectividad.

Facundo Cabral ha sido sacrificado el 9 de julio 2011 en el altar del narcotráfico, como lo fue el 5 de septiembre de 1986 Noel Kempff Mercado en las serranías de Caparuch. No importan los nombres de quienes los mataron ni cuántos tiros les dieron; a fin de cuentas, uno sólo es el mortal. Lo que importa es el mensaje que nos dejan, a costa de sus vidas. No debemos ceder ante el embate de la delincuencia movida, en este caso, por el narcotráfico. Tenemos testimonios de sobra alrededor nuestro de su capacidad destructora tanto de personas como de instituciones, de sociedades enteras. Este es un desafío que sí debería desvelar a nuestros dirigentes, a nuestras autoridades y, aún más, a nuestros líderes. ¡Qué pequeños los problemas personales ante la magnitud de los desafíos! Santa Cruz, la escogida para cosas grandes, bien podría liderar la lucha contra el imperio del narcotráfico que pretende instaurarse en el país. Bien podría, acabar con la frivolidad en la política.