Álvaro Riveros Tejada
En medio de todas las vicisitudes que nos toca vivir cotidianamente a los bolivianos, la prensa nos trae la noticia desde Lima, sobre una gafe de nuestro embajador en ese país, Jorge Ledezma, quien muy suelto de cintura afirmó este sábado pasado, durante un foro sobre “Terrorismo Mediático”, que se le debía hacer la agenda al presidente Ollanta Humala demandando la pronta realización de una Asamblea Constituyente.
En su impertinente discurso nuestro enviado manifestó: “Tomar el Poder Ejecutivo no es la toma del poder. En estos momentos se tiene el Poder Ejecutivo, pero no como quisiéramos un gran sector de la población peruana, ver a legítimos representantes que puedan garantizar las transformaciones más profundas en el Perú. Yo veo, por ejemplo, que para hacer un cambio real, como ha pasado en Ecuador también, es a través de la Asamblea Constituyente”.
Al margen de identificarse como peruano y olvidando su condición de diplomático boliviano, este truchimán pensó que estaba dictando una clase magistral, lo que motivó que la Cancillería peruana le llame la atención y califique sus declaraciones como “inaceptables”.
Por su parte, el congresista Carlos Bruce, de la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso, sin ahorrar adjetivos descalificativos para Ledezma, solicitó que se lo declare “persona no grata” y se le conmine a abandonar el país, por su desvergonzada injerencia en temas de exclusiva incumbencia del Perú.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Al margen de la crónica que antecede, y que retrata la realidad de nuestro actual servicio exterior, los bolivianos debemos estar conscientes de que al igual que Libia, venimos abriéndonos frentes en todas las latitudes del planeta y quedando más aislados que una espiroqueta pálida, gracias al poco o ningún criterio profesional de nuestros diplomáticos.
Con el objeto de sustituir a los antiguos funcionarios por elementos improvisados como este embajador que sólo nos trae desazón y vergüenza, uno de los primeros actos administrativos de este gobierno fue demoler con vocación de tractorista la institucionalidad de nuestra Cancillería, incluyendo la escuela diplomática.
En dicha academia se aprendía -al menos- que un político destacado en otro país jamás debe interferir en la política interna de éste, so pena de de ser pasible a las sanciones ulteriores que van: desde una nota de protesta, hasta la declaración de persona no grata u otra medida más severa.
Incurrir en semejante abuso en una nación hermana como es el Perú, donde Torre Tagle goza de una enorme tradición diplomática y reconocida maestría en el manejo del Derecho Internacional es exponer a nuestra patria a ser el hazmerreir de la región, donde en lugar de embajadores de carrera, abundan los diplomáticos a la carrera.