Karen Arauz
Existen dos temas de absoluta vigencia y ambos tienen que ver con los pies. La crisis en el fútbol boliviano, tiene a medio país como abejas africanas y se oyen gran cantidad de soluciones a la vista de lo ya acontecido. Va desde la peculiar radicalidad del vice presidente, que opina que hay que echar a todo el mundo porque quiere jugadores de quince, pasando al entusiasmo infantil de SE por practicar el deporte para el que no está especialmente dotado. Expresa su afición condecorando figuras internacionales, ordenando una infinidad de canchas de césped sintético y tratando de hacer olvidar su tristemente célebre rodillazo al empleado municipal. No puede disimular las ganas que tiene de "estatizar" el fútbol profesional, aunque tampoco ignora, que una de las reglas de la FIFA está referida tácitamente a que los gobiernos deben mantener sus cucharas fuera. Pero conociéndolo como lo conocemos, es probable que abandere una gestión para denunciar a la Federación Internacional de ser agente del imperialismo y declararle la guerra por los reglamentos que lo tienen atado de manos.
No hay que ser más que un hincha, para deducir que resultados positivos -a mediano y largo plazo- pasa por la necesidad de apoyo estatal con el mismo ímpetu y entusiasmo dedicado a las celebraciones plurinacionales. La profusión de festivales que nos llevarán al Guinness, acompañan a nuestro trofeo de campeones de consumo de alcohol que ostentamos orgullosamente pero que deberíamos, de todos modos, desterrar de las canchas deportivas.
Hablar de fútbol está siempre asociado al Brasil y una cosa lleva a la otra.
Las relaciones diplomáticas -al igual que el balón de fútbol- se están llevando con los pies. Y si las cosas circunstancialmente no llegan a extremos, es en virtud a la paciente diplomacia de los países convertidos en nuestras víctimas propicias, que tienen un alto grado de profesionalización e institucionalización. Porque si del Estado Plurinacional dependiera, ya hubiéramos roto lanzas con varios sin medir las soberanas consecuencias.
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Las relaciones diplomáticas con Brasil están tomando un cariz inquietante. Sin duda, el tema de los hinchas detenidos en Oruro por el lamentable accidente que le quitó la vida a un joven compatriota -que todos sentimos profundamente- no hace más que ponerle más leña al fuego. Nosotros sí estamos habituados a la lentitud y la parsimonia de jueces y fiscales, en las que la detención preventiva es, en algunos casos, más extensa que una sentencia condenatoria en sí, pero puede ser absolutamente insólita en otras sociedades donde la justicia es algo más diligente que la nuestra.
Pero lo que causa el enrarecido clima de las relaciones bilaterales, es sin ninguna duda el asilo en sujeción a Tratados Internacionales antes respetados, que fue concedido por la República Federativa del Brasil al senador opositor Roger Pinto Molina.
Con esa visión tan particular de cómo deberían ser hechas las cosas, es obvio que sea el Embajador Marcel Biato como cabeza de misión, quien haya sido puesto en el congelador. Incómodo para cualquier Embajador que se le cuele en su territorio un disidente. Complicada situación en cualquier país pero peor aún en Bolivia, donde la sutileza y las maneras delicadas de afrontar los incidentes diplomáticos no forman parte de la práctica en la actualidad, con el agravante de que los asuntos que incomodan son frecuentemente tildados de injerencia política o agresión personal.
En las últimas horas, la opinión pública ha conocido una supuesta decisión de Itamaraty de transferir al Sr. Biato como Jefe de Misión a Suecia. La vocera gubernamental, ha desmentido versiones de que este cambio se estuviera realizando por presiones del Estado boliviano. Gracias a Dios aún no se han manifestados los oficiosos tipo Rojas o Bonifaz, con el puño en alto en gesto de victoria. Porque en este caso, es muy probable que la Ministra Dávila diga la verdad.
La cancillería del Brasil, es reputada como una de las más serias y profesionales del mundo. De ser cierto que la culpa del asilo y la falta de salvoconducto a Roger Pinto, más la dilatada detención de los hinchas brasileros fueran atribuibles a una mala gestión del Embajador, no lo estarían sancionando destinándolo a Estocolmo. Estaría de ida a Brasilia, confinado a alguna oficina grismente burocrática.
Una mezcla entre corazonada y sentido común, hace sospechar que la salida intempestiva del Sr. Biato, es producto de una maniobra de alta diplomacia brasilera porque el relacionamiento con Bolivia, ha entrado a una zona poco confortable. Si Relaciones Exteriores del Brasil dilata el nombramiento de un nuevo Embajador dentro de los tiempos protocolarmente permitidos y se mantiene esa legación a nivel de Encargado de Negocios, sabremos exactamente la verdad de esta remoción. El mensaje claro y fuerte será que hasta la paciencia y las agraciadas concesiones tienen un límite.