Entre paréntesis….Cayetano Llobet T.
Si es apropiada la definición de “ridículo” (Del lat. ridiculus, adj. Que por su rareza o extravagancia mueve o puede mover a risa), el que acaba de protagonizar Hugo Chávez es de dimensiones mayúsculas. Su llamado a la guerra resultó un globo pinchado. Y es que Chávez no es un hombre de guerra: es hombre de cuartel. Es el clásico sargento que disfruta el ejercicio del mando sobre los que considera inferiores y más se deleita en ese mando mientras más le obedecen. Pero cuando alguien le hace frente, le pone una dificultad, le discute el mando o, sencillamente, se muestra dispuesto a la pelea, rectifica de inmediato, retrocede, matiza y se contenta con el disfrute de haber sido noticia, a pesar del ridículo.
Cierto, Chávez encarna el perfil ideal de la caricatura, pero sus ridículos tienen la ventaja de provocar definiciones y pronunciamientos inmediatos. Brasil siempre está listo: Lula y su escudero Marco Aurelio, están pendientes de cualquier situación para ir a ocupar su puesto de grande de la región. Son los momentos imperiales de Lula, cuando llama al orden, reflexiona, se enoja, hace abrazar a los malcriados y, con un aire de superioridad insoportable, notifica que nadie se pelea sin su permiso. Lo que no le impide hacer el ridículo cuando se mete en gallinero ajeno.
Lula, en sus aires de grandeza, ignoró que Centroamérica y Caribe pertenecen a otro gallo. Se metió de cabeza al intríngulis de Honduras, convirtió a su embajada en escenario de circo pobre y con payasos malos y, de repente, se enteró que el golpe contra Chávez había triunfado. El grandote, el de verdad, notificó que daría por buenas las elecciones de noviembre –fórmula de consolidación del golpe- y que el resto era problema de los hondureños. Irónicamente, el mensajero de Estados Unidos, Thomas Shannon, será el próximo embajador ante el gobierno de Brasil. Lula, no sabe cómo sacar la pata que metió en Tegucigalpa.
Bolivia no falla: en su calidad de mostrenco del proyecto bolivariano acusa recibo inmediato de los disparates chavistas y comienza a preparar reuniones, por si acaso las ordena su mussoliniano patrón. Y los portavoces gubernamentales se las ven en figurillas para demostrar a la gente que, ahora, el enemigo de Bolivia, ¡es Colombia! Lo que no está mal para disimular uno de los más grandes ridículos de la política boliviana de los últimos tiempos: el que se protagoniza con Chile.
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A qué punto habrá llegado, que el propio Sebastián Piñera -probable próximo Presidente de Chile- le ha pedido, por favor, al gobierno de su país que ya no genere expectativas inútiles en los bolivianos. Que tengan un poco de compasión, que no le sigan mintiendo a Evo y a sus muchachos haciéndoles creer que algún día los bolivianos van a tener mar. Que todo ha sido una tomadura de pelo para que los grandes líderes de la “guerra del gas” y los de “ni una molécula de gas para Chile”, dejen de fregar en los foros internacionales. Y lo dijo uno de los candidatos: “los bolivianos sólo necesitan cédula de identidad para venir a bañarse a nuestras playas”. La política de este gobierno con Chile puede aspirar a figurar en una antología universal del ridículo.
El mayor riesgo que corren los actores que aspiran al estrellato es el riesgo del ridículo. Porque no están pendientes del contenido -con frecuencia no saben lo que dicen- sino de la reacción del público. El problema es que, si no se tienen muchas tablas y algo de sabiduría, las risas se interpretan como aprobación y los actores terminan en payasos…