Catástrofe ecológica en Hungría

Catástrofe química en Hungría

La rotura de una balsa de residuos de una empresa minera causa cuatro muertos y más de 120 heridos – El vertido anega tres condados y amenaza al Danubio

Vista de la localidad de Kolontar (Hungría) con las calles y campos inundados por los lodos rojos del vertido de la fábrica de aluminio.- AP

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AGENCIAS / E. DE B. – Budapest / Madrid – 06/10/2010 – elpais.com



Una marea de barro rojo, tóxico y corrosivo, anega el oeste de Hungría en lo que el secretario de Estado de Medio Ambiente, Zoltan Illés, ha considerado "la catástrofe química más grave de la historia del país". La rotura de una balsa con residuos obtenidos del proceso de obtención de aluminio ha afectado a un área de 40 kilómetros cuadrados entre tres condados (Veszprém, Györ-Moson-Sopron y Vas) y se ha cobrado, por lo menos, cuatro víctimas mortales, seis desaparecidos y 120 heridos, según datos oficiales.

El torrente de lodo ha arrastrado coches y destruido carreteras y puentes y amenaza tres ríos, entre ellos el Danubio. Todas las víctimas son vecinos de los pueblos afectados por el siniestro, y, en el caso de los fallecidos, fueron arrastrados por el vertido de un millón de metros cúbicos. Unas 400 personas han tenido que ser evacuadas, y no se descarta que haya que hacerlo con más según avance el vertido.

La fuga se ha originado en una fábrica de Ajka, una población de unos 30.000 habitantes a 165 kilómetros al oeste de Budapest, cerca del lago Balatón. No se descarta que se haya debido a un error humano, aunque en la región ha llovido mucho en los últimos días, lo que podía haber aumentado la cantidad de líquido embalsado (estos depósitos están al aire libre).

En la relación de damnificados hay que distinguir dos causas. Las víctimas mortales parece que lo han sido por ahogamiento. Las otras pudieron resultar afectadas por el contacto con el contenido del depósito. El profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) José Luis García Fierro explica que estas balsas contienen las impurezas que se han eliminado de la bauxita en su proceso para extraer el aluminio. "Son unos lodos rojos que contienen hierro, manganeso, sílice y otros minerales en pequeñas concentraciones", indica el experto. Pero, al contrario de lo que pasó en 1998 en Aznalcóllar, cerca de Doñana, el peligro esta vez no viene de la concentración de metales pesados, sino por la alcalinidad del medio.

Como explica García Fierro, la obtención del aluminio se realiza usando sosa cáustica (NaOH) para obtener un compuesto soluble que se pueda separar del resto de los componentes. Esta solución tiene un pH (el índice del grado de acidez o causticidad de una disolución) de 14, es decir, que está en el máximo posible en la naturaleza. Para comparar con un producto básico, es unas 100 veces más corrosivo que la lejía, cuyo pH ronda los 12. Como la vida se desarrolla en condiciones naturales (con excepciones como en las cercanías de volcanes submarinos) a un pH que ronda el 7, un grado de 12 puede arrasar todo lo que encuentre. También en esto el vertido se diferencia del de Aznalcóllar, que era ácido, pero con un pH 5, unas 100 veces menos que el zumo de limón, por ejemplo. En cambio, el volumen de lodos que se han escapado de la balsa es inferior al de Aznalcóllar, que fue de seis millones metros cúbicos.

El daño de estos barros rojos para las personas es grave y muchas veces irreversible, indica García Fierro. Si solo se produce una salpicadura, se puede evitar lavando la zona afectada. Pero, si no, las consecuencias pueden ser muy graves. El Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo indica que la sosa es corrosiva tanto por inhalación como por contacto con ojos y piel o por ingestión. Puede producir sensación de quemazón, tos, dificultad respiratoria, enrojecimiento, graves quemaduras cutáneas, dolor en la piel y abdominal, diarrea, vómitos y colapso. El caso más frecuente, el contacto con la piel, tiene la característica de que produce graves quemaduras que en un momento pueden parecer controladas para empeorar después. Por eso las autoridades húngaras temen que algunos de los afectados fallezcan y elevan la previsión de víctimas mortales.

Y si estos son los efectos ya estudiados en seres humanos, con las plantas o los animales ocurre algo similar. Además, este tipo de vertidos tiene el inconveniente de que son muy fluidos, por lo que el líquido empapa los suelos, afecta a las raíces y es más difícil de combatir y de retirar con medios mecánicos.

La solución en estos casos es neutralizar la fuga echando compuestos que reaccionen con la sosa y reduzcan el pH hasta límites tolerables. Por eso las autoridades húngaras han empezado a esparcir yeso (sulfato cálcico) desde helicópteros sobre la zona afectada, de unos 40 kilómetros cuadrados.

Pero el caudal de lodos ya ha llegado al río Marcal, con lo que puede fluir hasta el Raba y el Danubio. Sandor Toth, director de la compañía que gestiona el agua en el oeste de Hungría, calcula que podría llegar al Danubio en cuatro o cinco días. Aunque lo haría más diluido, "sería una catástrofe", ha dicho.

La compañía propietaria de la fábrica de aluminio, Hungarian Aluminium Production and Trade Company (MAL por sus siglas en húngaro) estudia si la causa de la rotura de la balsa fue debida a un error humano, aparte de a un aumento de la cantidad de líquidos retenida por las lluvias recientes. Ayer mismo, dijo que ya había empezado a reparar el almacenamiento en superficie para evitar futuras fugas. Porque hay riesgo de una catástrofe mucho mayor, ya que se calcula que el millón de metros cúbicos que se ha extravasado es tan solo el 2% del contenido de la balsa. Quedan, por tanto, otros 49 millones que, en caso de un desastre total, podrían escapar.

El debate acerca de las causas de la catástrofe y del reparto de responsabilidades ya ha empezado. Las autoridades han ordenado a la empresa que detenga la producción de aluminio. El secretario de Estado para el Medio Ambiente, Zoltan Illés, aseguró que tenía sospechas de que la empresa no lo había hecho en un primer momento, y que incluso había seguido arrojando lodos a las balsas después del escape, aunque otra posibilidad que estudia es que los compartimentos del almacén de residuos no estuvieran bien sellados. El ministro del Interior, Sandor Pinter, que ha visitado la zona, ha declarado que no parece que haya riesgo de nuevos escapes.

Por su parte, el presidente de la compañía, Zoltan Bakonyi, ha dicho que la inspección efectuada a la balsa ayer no mostraba signos de que fuera a haber una fuga, y que, "de acuerdo con los controles anuales y diarios, todo estaba funcionando bien". "Por eso esperaremos a los resultados de la investigación", añadió.


"¡No quiero volver a vivir aquí!"

image La zona afectada por el vertido de Hungría ha quedado arrasada.- Los vecinos cuentan cómo una gran ola de lodo les engulló.- Las tareas de limpieza durarán años y costarán millones de euros

RAFAEL MÉNDEZ | ENVIADO ESPECIAL | Kolontar 06/10/2010

Da igual a dónde se dirija la mirada. No hay otro color que el rojo. Viajar al oeste de Budapest, es adentrarse en el camino de la desolación. La ola tóxica de lodo rojo se tragó por unos momentos las poblaciones de Kolontar y de Devecser. La balsa de residuos de una empresa minera pilló por sorpresa el lunes a mediodía a los vecinos de la zona afectada, a 165 kilómetros de la capital húngara. Un millón de metros cúbicos, un volumen equivalente al del estadio del Real Madrid. El panorama es desolador. En Kolontar la mayoría de las viviendas están derruidas por la fuerza del lodo alcalino, con un ph13 en una escala de 14. El balance es, hasta el momento, de 300 evacuados, al menos 120 heridos, seis desaparecidos y cuatro muertos.

El barro ha dejado la marca de su paso en árboles, viviendas, vehículos; todo está enfangado y teñido de rojo. Caminando con dificultad, Ottila y Norbert van ataviados con trajes de agua y botas impermeables. Se cubren la boca con mascarillas. Han vuelto al pueblo con la esperanza de recuperar alguno de sus bienes, pero no queda nada. Solo han hallado el bolso de su madre. La ola de fango sorprendió a la mujer y a su hermana en la vivienda. Hoy están ingresadas en el hospital, con quemaduras provocadas por el agua corrosiva: "No queda nada", se lamentan. "Acabamos de rehabilitar la casa, pero no podemos salvar nada", dice Norbert, en el interior del dormitorio anegado por un palmo de agua sucia. El mobiliario está desordenado, la cama volcada.

En el garaje de Barta Laszlo, de 48 años, uno de sus coches se ha incrustado en el otro. Se exclama con el dolor marcado en el rostro: "¡No quiero volver a vivir aquí!". En la misma población, Yula Togolich camina con las únicas pertenencias que ha logrado recuperar: un par de bombonas de gas. La gran ola de barro tiró una de las paredes de su casa. Afirma que su suegra y el marido de ésta está desaparecido.

La subdirectora del organismo húngaro responsable de la gestión de desastres (NDGDM), Reka Becze, ha explicado que sigue en marcha la investigación de qué puedo provocar el desastre y que los esfuerzos se centran ahora mismo en evitar que el vertido llegue al Danubio. En la zona trabajan 520 personas. Y añade que "se tardará años en reparar los daños, es imposible calcular el tiempo" y que costará miles de millones de euros". El Gobierno ha declarado el estado de emergencia en las tres provincias afectadas.

El millón de metros cúbicos de barro, más corrosivo que la lejía, ha arrastrado coches, ha deteriorado puentes y casas y ha obligado a evacuar a cientos de vecinos de siete localidades. Muchas personas han sufrido quemaduras e irritaciones en los ojos causadas por el plomo y otros elementos corrosivos transportados por el fango. En algunos sitios, como Devecser, el torrente rojo alcanzaba los dos metros de profundidad.

Las tareas de limpieza se han marcado tres objetivos principales, según ha indicado esta mañana el jefe del NDGDM a la cadena TV2. "Una de las tareas principales es que deberíamos cerrar la brecha en el dique esta tarde; es muy importante". La segunda tarea la llevan a cabo los grupos de limpieza que están retirando el fango rojo de las paredes de las casas y de las calles. "La tercera cuestión clave es proteger las aguas, lo que requiere una intervención intensiva", ha añadido.

Ayudas de la UE

El fango rojo es una mezcla de agua e impurezas que se han eliminado de la bauxita en el proceso para extraer aluminio y que se considera nociva, según el NDGDM. El ministro de Medio Ambiente reconoció a la BBC que probablemente necesitarán ayuda técnica y financiera de la Unión Europea para limpiar el vertido, producido a unos 160 kilómetros al oeste de Budapest. Soldados, policías, ambulancias y voluntarios iniciaron ayer las obras de reconstrucción y anoche el Ejército levantó un pontón en Kolontár.

El Gobierno húngaro ha prometido pagar indemnizaciones a los afectados, según ha declarado el primer ministro, el conservador Viktor Orbán, al diario Népszabadság. El jefe de Gobierno prometió investigaciones exhaustivas para aclarar los detalles del vertido. Todo indica, según Orbán, que la catástrofe no tuvo causas meteorológicas, sino que se debió seguramente a un error humano.

El impacto del vertido de fango podría ser mucho peor que el de la fuga de agua contaminada con cianido en Baia Mare (Rumania) hace diez años, cuando un se derramó agua de un depósito de una mina de oro, según ha señalado un experto de Greenpeace a Reuters.