La cultura del “le meto nomás”

- Opinión

Juan Carlos Urenda

URENDA El problema principal de este país en agonía permanente es de naturaleza cultural. No es el neoliberalismo, la falta de mar, la producción de cocaína, el centralismo, la inseguridad ciudadana, ni el sistema, lo que nos hace más daño, es la cultura prevaleciente entendida esta como el grupo de actitudes compartidas, valores, metas y prácticas que caracterizan a una sociedad en un determinado momento, que tiene fundamentalmente su epicentro fundamental en la élite política y sindicalista que va derramando hacia el resto de la población una especie de cultura negativa causante del atraso de Bolivia en casi todos los órdenes. La expresión emblemática de ésta época, sin duda histórica, es la expresada por el jefe de Estado: “Cuando algún abogado me dice: Evo, te estás equivocando jurídicamente, eso es ilegal, bueno yo le meto nomas por más que sea ilegal. Después les digo, legalicen ustedes, ¿Para qué han estudiado?”.

Los bolivianos no hemos sido una sociedad dada al cumplimento de la ley y ha habido creo desde siempre un déficit generalizado de conciencia ética, en el que las excepciones –que por supuesto ha habido y las hay- no hacen más que confirmar la regla. Las prácticas perniciosas de la clase política boliviana del pasado fueron retratadas magistralmente por Gabriel René Moreno, Manuel Rigoberto Paredes, Alcides Arguedas, Carlos Romero, Enrique Finot, Daniel Pérez Velasco y otros (es una pena que Sergio Almaraz, Marcelo Quiroga Santa Cruz y René Zavaleta no se hubieran detenido como hubiéramos querido en el tema de la mentalidad boliviana), y las de las últimas décadas de manera brillante por H.C.F. Mansilla especialmente en su libro “El carácter conservador de la nación boliviana”.

Pero ahora, el régimen del MAS está dejando en los bolivianos una herencia terrible: la cultura del irrespeto a la ley y a las instituciones, esto es, el convencimiento de que todo se puede conseguir con el bloqueo, la marcha, el asalto, el matonaje y varios otros métodos cobardes de chantaje y venganza, todo ello, naturalmente, violando la ley (“le meto nomás”). Es el gobierno de los “movimientos sociales” que nadie sabe bien que son, porque está claro que no son todos los sindicatos, no es la COB, ni los indígenas del oriente aglutinados en la CIDOB, ni los del Occidente en CONAMAQ, que en el fondo busca un descrédito al sistema político democrático liberal asentado en partidos políticos y en instituciones estatales sólidas. Es pues un gobierno sin partido político que se ha beneficiado del voto descontento y que está llevando a ese electorado a creer que las instituciones republicanas, como los poderes legislativo y judicial, son meros instrumentos gubernamentales; que se es más eficiente amenazando, chantajeando, o asaltando propiedades privadas, y el gobierno da el ejemplo encarcelando a sus opositores, vengándose por cualquier motivo o violando sus propias normas. En suma, se están sentando las bases para la destrucción de un sistema de instituciones basado en el estado de derecho y la estocada central constituyó la payasada de la elección judicial de los más altos tribunales de justicia del país, inédita en la historia de la humanidad, que marca el comienzo del fin del sistema democrático boliviano. Lo que habíamos anunciado en “El Estado Catoblepas” (el Estado autodestructivo).

Y lo peor de todo es que estas prácticas tienen una consecuencia directa en la economía, como nos lo recordó Douglass C. North, premio Nobel de economía 1993, que afirmó existe una relación directa entre el desarrollo económico de un país y el desempeño de sus “reglas de juego” en el que tienen fundamental importancia los códigos informales de conducta. Es que la cualidad cultural de la clase política predominante de una sociedad es sin lugar a dudas la principal condición no económica del desarrollo económico como analizó Mariano Grondona en un libro que lleva ese título.

No cabe ninguna duda que el subdesarrollo está fundamentalmente en la mente, en la mentalidad de la gente y fundamentalmente de sus élites políticas, sociales y empresariales, que es la expresión de la cultura, y la cultura, como alguna vez tituló un artículo mi amigo Martín Rapp, es la materia más dura.

El tema es desesperanzador. La cultura tiene que ver con conductas arraigadas y repetidas de manera subconsciente y, como dijo Einstein “es más fácil destruir un átomo que un prejuicio”. Si la mentalidad prevaleciente en Bolivia no cambia, no habrá diseño institucional o reforma del Estado que funcione bien. Necesitamos pues, una verdadera revolución cultural tendiente al cumplimiento del Estado de Derecho y el fortalecimiento e independencia de las instituciones por parte de gobernantes y gobernados. Para tomar conciencia de ello, quizá debiéramos suscribir un contrato social al que nos aferremos todos los bolivianos, pero, ¿cómo haríamos para hacerlo cumplir?