Jorge Lazarte R.Desde el poder se afirma que el llamado “proceso de cambio” es una profundización de la “democracia”. En vísperas de las elecciones subnacionales el Presidente a su vez calificó a Bolivia como “el país más democrático del mundo”. De los “movimientos sociales” también se dijo que son portadores de un proyecto político “democrático”. ¿Qué idea de democracia está implicada en estos juicios? La idea de que existen varias maneras de entender la democracia hace imposible saber de qué estamos hablando. Saber qué es y qué no es democracia es una cuestión crucial para diferenciar un régimen no democrático (“democracia orgánica”, “inédita”, “popular”) de otro democrático, según ciertos criterios internacionalmente aceptados.Para ejemplificar lo que queremos decir por “democracia” tomaremos como referencia negativa lo que ha ocurrido con los procesos electorales recientes, a los que se refirió el Presidente, pensando quizá que porque en Bolivia se vota cada vez más, y cada vez hay más votantes, hay más democracia. ¿Es sostenible esta apreciación, que mucha gente comparte? ¿La democracia es el voto?Estamos en el siglo XXI y no en el XIX. La democracia no es sólo el hecho de votar sino que el voto, ahora, es un “derecho”, y este “derecho” nos remite a “derechos políticos”, que a su vez son parte de otros “derechos”, muchos de los cuales son derechos de libertad, y “fundamentales”. La democracia como derechos es el primer sentido tan universalizado que no hay ninguna constitución del mundo que no incluya un régimen de derechos. Pero aquí emerge otro criterio diferenciador entre regímenes democráticos y no democráticos. No basta con que los derechos sean proclamados, sino que deben estar “garantizados”. Un derecho sin garantía, se ha dicho, es vacío, es puro papel. Pero las garantías deben ser efectivas y no sólo declarativas. Es decir, que deben ser protegidas en su ejercicio por instituciones estatales, especializadas e independientes como el sistema judicial (pues ninguna ley por sí misma en garantía de su propio cumplimiento). El Estado como garantía efectiva de esos derechos, es el Estado de derecho, que no es simplemente Estado de legalidad (lo que ya sería toda una revolución en el caso boliviano).El Estado de derecho en su sentido actual es una forma de organizar y hacer funcionar el Estado, y, por tanto, no es cualquier Estado. Entonces la democracia es “derechos” más Estado de derecho. Esta trilogía en uno de los principios rectores que se encuentran de las cartas, convenios o convencionales internacionales, como se puede constatar por ej. en la declaración de la Asamblea General de las NNUU del 2012, que se afirma sin ambigüedad los tres componentes mencionados se “refuerzan mutuamente”. Es decir, una “democracia” que viola los derechos fundamentales difícilmente puede ser considerada democracia. En este sentido los procesos electorales recientes en Bolivia por las violaciones repetidas de las garantías electorales, no han cumplido los estándares mínimos internacionales para ser considerados propiamente como democráticos.Una consecuencia decisiva de este razonamiento es la diferenciación entre Estado y sociedad, sin la cual los “derechos fundamentales” pierden sentido. Los derechos humanos son inherentes a la dignidad de las personas, que los hacen valer desde fuera del poder, y generalmente contra el poder. Estos derechos son los límites o frenos contra la tendencia arbitraria y despótica del poder. Y lo que está fuera del poder-Estado es lo que se llama “sociedad”, que es la sede de los derechos.Siguiendo este razonamiento, los llamados movimientos sociales nunca deberían pretender estar en o ser poder, porque son “sociales”, es decir constituidos en y desde la sociedad. Su función es movilizarse para hacer valer sus derechos frente al Estado, y para ello deben ser distintos y autónomos con respecto del poder. Saltar de la sociedad al poder es convertirse de órganos de la sociedad en instrumentos del poder, que es el deceso de los movimientos sociales. Por ello, afirmar que puede haber un gobierno de los “movimientos sociales” no sólo es un imposible práctico, sino una coartada para cooptar, “cuotear”, patrimonializar y clientelizar a las cúpulas dirigenciales a cambio de legitimar al poder que los ha fagocitado. Un Estado que los hace “parte” de su estructura, y cree que la “sociedad civil es parte del Estado”, sólo puede ser un “Estado corporativo”, del tipo del italiano de los años treinta, del que nadie razonablemente podría afirmar que fue democrático.Lo que hay en Bolivia es la democracia mínima cuyas fronteras flotantes dependen del poder. El Estado de derecho es una visión distinta del poder y de sociedad; de la relación entre ambos, y entre los miembros de la sociedad, que riñe con la idea anacrónica de democracia y con desprecio tradicional por el Derecho, tan arraigado entre nosotros y muy difundido en América Latina. El respeto recíproco por los derechos, es cultura, lo mismo que el Estado de derecho, que implica frenos internos y frenos externos, institucionales y comportamentales. Por ello, si se quiere vivir en serio en democracia, y no simplemente proclamarla en los días de feria, democracia, derechos y Estado de derecho deben ser el núcleo compartido y profundo de convivencia entre bolivianos.