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En un estudio publicado en la revista Current Biology, Maus y sus colaboradores señalan que, mientras dura el parpadeo, nuestros globos oculares se mueven y no siempre vuelven a la misma posición que ocupaban cuando abrimos los ojos de nuevo. Si esto ocurre, nuestro cerebro se encarga de activar los músculos del ojo y, así, reordenar nuestra visión.

Para determinarlo, una docena de personas participó en lo que Maus ha denominado “el experimento más aburrido de la historia”. Los voluntarios tenían que sentarse en una sala a oscuras durante largos periodos de tiempo. Lo único que podían ver era un punto en una pantalla mientras eran grabados por cámaras infrarrojas que seguían los movimientos de sus ojos. Cada vez que parpadeaban, el punto se movía un centímetro a la derecha. Los participantes en el estudio no se daban cuenta de ello, pero su sistema oculomotor percibía el sutil desplazamiento y ajustaba su visión. Después de unos treinta parpadeos, ya ocurría de forma automática.

Los científicos destacan que nuestro cerebro no deja de hacer predicciones para poder compensar nuestros movimientos. “Estamos equipados con unos músculos oculares bastante lentos e imprecisos, así que el cerebro debe adaptar constantemente sus señales motoras para garantizar que nuestros ojos siempre apuntan a donde deberían”, indica Maus. “En esencia, compensa la diferencia de lo que vemos antes y después del parpadeo; para ello ordena a los músculos del ojo que hagan las correcciones necesarias”.







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