La fábula de aquel 1 de mayo de 2006


Todos recuerdan esa fecha, cuando el actual presidente, en medio de un gran despliegue militar, innecesario dicho sea de paso, anunciaba la “nacionalización” de los hidrocarburos. La medida contó con un innegable respaldo popular pero lamentablemente las cosas fueron mal planteadas y peor concebidas desde el inicio.

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A parte del contenido simbólico que se logró dar a la medida no se adoptaron las previsiones para desarrollar la potencialidad de Bolivia como eje energético en la región y las consecuencias ya se hacen evidentes. No solo las posibilidades del país como abastecedor de hidrocarburos se muestran muy precarias y las perspectivas de industrialización de este recurso son remotas sino que de exportadores nos estamos convirtiendo en importadores.



Para esto han influido varios factores. Entre ellos la falta de un plan adecuado en materia de hidrocarburos que trascienda a las consideraciones políticas y que priorice el aspecto técnico y una eficiente administración, dirigidas a la prospección, explotación y desarrollo de nuevos campos.

Como resultado tenemos que el año 2010, se deberán gastar 103 millones de dólares para importar gas licuado de petróleo. No se trata naturalmente de una información positiva para el país, más aún cuando sabemos que el Brasil nos compra gas casi a regañadientes y que el mercado argentino es igualmente inestable por el incumplimiento del gobierno  boliviano a los contratos suscritos con ambos países.

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Si a esto se suma que los ingresos por la exportación han disminuido ostensiblemente debido a la baja de los precios internacionales del petróleo y ha obligado a efectuar recortes por concepto del IDH se puede concluir concluir que las perspectivas no son precisamente halagueñas.

Mientras tanto YPFB, la empresa que debía ser la “locomotora del desarrollo” según la propaganda oficial sigue sin dar pie con bola y los eventuales administradores continúan con anuncios dirigidos fundamentalmente a salvar el momento como el de la creación de una nueva empresa subsidiaria para industrializar el gas.

La dramática situación de YPFB “nacionalizada” es ocultada por el momento por consideraciones electorales pero el MAS sabe que el tiempo se le acaba y que las consecuencias de una política hidrocarburífera desastrosa se comenzarán a percibir a corto plazo.

La nacionalización de los hidrocarburos no es intrínsecamente mala. Lo malo es que no hubo nacionalización y si hubo mucho show, además, por supuesto, de una escandalosa corrupción. YPFB nunca fue la “locomotora” del desarrollo y si fue el arca a la que echaron mano los sucesivos presidentes de la entidad nombrados por Evo Morales partiendo de Jorge Alvarado, pasando por el “junior” Morales Dávila hasta llegar a Santos Ramírez, sin que existan elementos que nos hagan suponer que Carlos Villegas está libre de pecados. De hecho estuvo muy involucrado en la gestión de sus antecesores y sus trapisondas se conocerán algún día cuando el poder le abandone.

La que era considerada la medida estelar del gobierno del MAS es la que muestra en su real dimensión la consecuencias de cuatro años de desgobierno. Bolivia ya no tiene posibilidad alguna del ser el “eje energético” de la región y de país productor y exportador está pasando a ser importador de carburantes hasta de Chile, lo que no deja de ser una cruel ironía.

Datos de la Cámara Boliviana de Hidrocarburos (CBH) revelan que la producción de petróleo bajó de 50.756 barriles por día a 47.017 barriles entre 2005 y 2008 y tampoco se ha avanzado en la exploración debido a que las áreas reservadas fueron entregadas a Petróleos de Venezuela (PDVSA) que solo ha hecho rimbombantes promesas de millonaria inversión pero la plata no se ve en proyectos concretos sino en propaganda política de apoyo a Morales.

Durante el año 2008 en el país apenas se perforaron cuatro pozos, en cambio en Argentina el número fue de 1.105 pozos, en Colombia 82 y en Perú 153.

La “nacionalización” de los hidrocarburos no es el único chasco que sufren los bolivianos y si las cosas siguen como van, lamentablemente, no será el peor ni el último.