Entre paréntesis….Cayetano Llobet T.
El odio a los medios es una obligación del poder. Churchill les echó la culpa de su derrota electoral. De Gaulle los despreciaba y a Nixon lo obligaron a salir de la Casa Blanca. A Obama le duelen algunos comentarios. En las democracias, el odio a los medios tiene frenos, diques y contenciones: los poderosos tienen que resignarse a aguantar las críticas. Saben que tienen que convivir con el periodismo bueno, el regular, el malo y, con frecuencia, el malísimo. Porque los medios son, por definición, uno de los ámbitos normales de la vida política, son el espacio en el que se desarrolla la crítica. Tony Blair repetía con frecuencia: “ver a un político quejarse del periodismo es como ver a un marinero quejarse del mar: lo puede tratar mal, pero es parte de su sustento”.
Pero, naturalmente, todo eso sucede cuando los protagonistas son dueños de cabezas democráticas. Cuando eso no sucede -cosa a las que nos vamos acostumbrando-, el panorama es diferente. Y es que en las cabezas totalitarias –cualquiera sea su discurso y su definición ideológica- el ideal es que no existan espacios para la crítica. No es raro, entonces, escuchar linduras como ésta: “hay que educar a los periodistas”, “los periodistas tienen que aprender a incorporarse al proceso de cambio”. Es decir: el periodista tiene que entender que sólo hay un proceso, que la dirección de ese proceso se define desde el poder y que el que no entiende eso o no quiere seguir esa dirección, resulta un traidor a la causa definida por el poder. Es la sociedad de una sola verdad. Es el principio que justifica la Inquisición. Para una sociedad así, ¿para qué tantos medios, si hay sólo una verdad?
Ciertamente, en un mundo donde todos nos vemos a todos, no es tan sencillo consagrar e institucionalizar un sólo pensamiento y una sola expresión: en Cuba se llama Granma, y hay leyes que definen ciertas disidencias como traiciones a la revolución y a la patria. Pero donde no se puede actuar de modo tan francamente dictatorial, se recurre a otros medios. Berlusconi, en Italia, hace su propio imperio mediático: tiene un dominio total de los medios, controla seis grandes cadenas de televisión, periódicos importantes como Il Giornale y más de una editorial. En casos de totalitarismo más subdesarrollado como en el caso de Venezuela o en el nuestro, se recurre al mecanismo de la utilización de los medios estatales, y de presión y asfixia de los otros. Se elimina progresivamente la opinión de la televisión -el medio más poderoso de formación de opinión-, y se proyecta desde las esferas del poder la imagen de que quienes estorban la marcha de la sociedad hacia los grandes horizontes del socialismo comunitario son los medios. Obviamente, los críticos, porque todos los demás que “se incorporen al proceso de cambio”, son bienvenidos.
Lo de las nuevas leyes y nuevos reglamentos son, sencillamente, cuentos. No son la expresión de una voluntad real de modernización, de búsqueda de veracidad y de responsabilidad, ¿quién determina lo que es veraz y responsable? Porque si los criterios son los que se aplican en la televisión del gobierno, jodidos andamos. Son formas burdas para establecer cercos a la crítica. No deja de ser irónico que en los regímenes devotos del poder total, no basta el sustento de las grandes mayorías. Sienten que, mientras hay opinión y se expresa crítica, les falta algo. Esa cosa que no terminan de poseer y que se les escapa como agua de canasta. Y es que muy jodida la libertad que se escapa…
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