La familia Larsen invirtió y desarrolló el turismo rural en pleno Chaco cruceño. Por orden del gobierno de Evo Morales, en 2008, alrededor de 30 policías allanaron la hacienda Caraparicito, la cual fue expropiada porque supuestamente el fundo no cumplía la Función Económica Social (FES).
Abandonan a guaraníes que ocupan Caraparicito
La expropiedad de la familia Larsen está casi en ruinas y en ella viven 130 indígenas desde 2010. Inicialmente el predio debía recibir a 700.
Sin techo. Un grupo de niños juega donde fue la escuelita y la posta sanitaria, están destechadas, sin marcos de ventanas ni puertas. Solo queda un viejo pizarrón.
Roberto Navia. Caraparicito, El Deber
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La guaraní Sara Rojas soñó que la casa señorial iba a ser suya en algún momento remoto. Le pareció un sueño raro porque siempre supo que solo era dueña de sus 12 hijos y que todo lo que le rodeaba era ajeno y prohibido. Pero esa última madrugada había sido feliz con aquel sueño que hoy lo recuerda como un dulce presagio, pero que no le alertó que ello también le traería días oscuros.
Es mediodía y Sara dice que aún no ha cocinado, y que ya no existe ningún patrón que pueda reclamarle por eso. También dice que una de las suites donde se hospedaban parejas de recién casados para disfrutar su luna de miel, en el antiguo hotel de la familia Larsen para la que trabajó durante 17 años, le pertenece a ella desde diciembre de 2010.
Esta vez no está soñando y revela que en los dos últimos años su familia y las otras 23 que viven en Caraparicito, la exhacienda de 15.000 hectáreas que el Gobierno quitó a Ronald Larsen y sus hijos, y entregó a guaraníes, han sido muy felices, pero también que vivieron días muy duros, porque han aprendido que no solo de tierras vive el hombre.
Cuando el Gobierno llegó hasta este lugar, que queda a 70 km de Camiri y a 300 de la capital cruceña, aquel diciembre de 2010 para entregar estas tierras que estuvieron en manos de los Larsen desde 1969, bajo acusación de que fueron adquiridas ilegalmente por esa familia, Sara ató cabos y dedujo que el sueño que alguna vez tuvo se estaba haciendo realidad y creyó que a partir de ese momento solo iba a existir sobre ella y los suyos un cielito azul y un sol espléndido en el horizonte de un puñado de guaraníes que por años gastaron sus vidas como peones.
Pero cuando las autoridades de La Paz se fueron, después del acto público ante la prensa, la promesa de mejores días les golpeó de frente antes de que terminen de festejar la noticia que eran hombres y mujeres ‘libres’ de un patrón, que eran dueños de la tierra, y se enteraron de que el suelo no da frutos sin semillas y que las plantaciones de maíz necesitan abono e insecticidas, y que después, cuando el fruto está en su punto, hacen falta tractores y luego camiones para llevar la producción hasta las puertas de los compradores.
Ellos, que siempre habían trabajado de sol a sol para un hombre blanco y en muchos casos habían sido reducidos a servidumbre, estaban ante las puertas de un mundo nuevo al que se enfrentaron en silencio cuando las luces de las cámaras y los políticos se fueron. “Desde aquel momento nos convertimos en unos pobres millonarios”, dice Simón Olmos, que es secretario de producción de Caraparicito y que hoy está a mi lado, sentado en un banquito viejo de madera.
Al inicio, de las 40 familias que trabajaban para los Larsen solo quedaron 13, el hambre obligó a muchos a buscar trabajo en comunidades como Ipati, Muyupampa, Camiri o Monteagudo. Los que se quedaron, empezaron a habitar la casa que en tiempo de los ‘señores’ funcionaba como un hotel de lujo para turistas extranjeros de Europa y EEUU.
Pero buena parte de la hacienda quedó convertida en un cascarón vacío, y eso les generó más problemas. Los Larsen, antes de ser botados, desmantelaron los depósitos de maquinaria y granos y sacaron las puertas y ventanas de las habitaciones del centro turístico, y solo quedaron las paredes con sus techos de teja y los corredores donde en otras épocas los turistas se tendían en hamacas para hacer la siesta.
Los espacios vacíos fueron tapados con hule, y como las familias guaraníes no tienen muebles, empezaron a utilizar tablas improvisadas como catres o roperos.
En la sala lujosa donde funcionaba el yacusi y las cabinas de sauna ahora vive María Cruz y su esposo, Julio Molina. El yacusi con conexiones para hidromasaje, donde cabían seis personas cómodamente sentadas, es utilizado por doña María como un lugar para colocar la ropa sucia, guardar sus pocos utensilios de cocina, la pelota con la que juegan sus nietos o apoyar los cueros de las reses. Ella desconoce el uso que se le daba a esa especie de batea gigante forrada con cerámica de colores porque cuando estaban los Larsen nunca había ingresado a ese espacio. Las cabinas de sauna se convirtieron en roperos improvisados y el bar donde preparaban jugos tropicales para hidratar el cuerpo de los huéspedes ahora solo es un pedazo de tabla que sirve para apoyar cualquier objeto.
En la entrada de Caraparicito está la antigua y la actual escuela donde pasan clases un grupo de los 40 niños de la zona. La primera es un salón destechado con pizarrones. Ricardo Velásquez, responsable de educación, dice que los antiguos dueños sacaron las calaminas y dejaron a los niños a la intemperie. Esta versión es opuesta a lo que dijo Ronald Larsen a EL DEBER en una publicación del 16 de diciembre de 2010, cuando aseguró que la escuela que hizo construir la iba a dejar para los pobladores.
Pero los guaraníes cuentan que no fue así y que con los ahorros de las cosechas de maíz compraron calaminas para techar un cuarto donde pasan clases los niños de primero y segundo grado, pero que aún falta comprar pupitres, puertas y ventanas. Los niños que están en tercero, cuarto y quinto de primaria pasan clases en la habitación donde en épocas de los Larsen funcionaba la sala de juegos. Velásquez se queja de que de los dos profesores solo uno tiene ítem y que el segundo gana un sueldito que los padres consiguen ahorrar después de cada cosecha. Rolando Andrés, uno de los docentes, lamenta que en Caraparicito la educación esté golpeada porque falta desde textos hasta tizas. Según Simón Olmos, lo que sobra en una de las aulas son ratas y murciélagos que se adueñan del lugar por las noches.
Como en Caraparicito no existe bachillerato, con la segunda cosecha de maíz y de maní que se produce en las 220 hectáreas de terreno habilitadas para el agro, la directiva de la comunidad ha decidido comprar un micro en el que ahora llevan a los estudiantes hasta Ipati, que está a 30 km de distancia y donde sí existe el nivel secundario.
La salud también está herida de muerte en la zona. No hay ni médicos ni remedios, y en los peores casos han tenido que acudir a la empresa petrolera que opera a pocos kilómetros donde ellos saben que existe un médico permanente.
Sara Rojas está contenta y triste a la vez. Ya no tiene un patrón que le ordene qué es lo que debe hacer, pero a la vez sabe que la tierra y la fuerza de las manos no son suficientes para sentirse verdaderos dueños de ese suelo y de esa casa señorial que hasta 2010 eran un sueño imposible.
PARA SABER
– Hacienda. La familia Larsen invirtió y desarrolló el turismo rural en pleno Chaco cruceño. En 2008, alrededor de 30 policías allanaron la hacienda Caraparicito a la cabeza del entonces viceministro de Tierras, Alejandro Almaraz, porque supuestamente el fundo no cumplía la Función Económica Social (FES).
– Riesgo. La pequeña laguna que sirve para que beban agua las 15 cabezas de ganado, ha sido enmallada para evitar que los niños jueguen ahí, pues en 2011 una menor de 14 años se ahogó. En Caraparicito hay 30 familias, seis de las cuales acaban de llegar.
– Apoyo. Simón Olmos dijo que les ha servido muchísimo el apoyo económico que les dio una empresa petrolera y la labor de la Gobernación que últimamente está patrocinando la producción de caña para producir azúcar morena.
– Gobierno. Para la diputada por el MAS, Betty Tejada, la reversión de tierras a favor de los guaraníes fue un gran avance, porque así se protege la identidad, usos y costumbres, situación que debe ser valorada por estos pueblos. Sin embargo, reconoce que hubo un descuido por parte del Estado al no dotarles los ítems necesarios para salud y educación.
Zapallos y maíz para sobrevivir
Las 13 familias que se quedaron a vivir en la exhacienda de los Larsen, hoy Tierra Comunitaria Indígena, pasaron hambruna. Ante la falta de ayuda estatal ocurrió algo inesperado. “La tierra dio zapallos gigantes que llegaron a pesar hasta 30 kilos. Con eso y el maíz nos hemos alimentado durante meses”, dice Simón Olmos, encargado de producción de Caraparicito.
Pero con el paso del tiempo aparecieron días mejores. Los vivientes se reunieron, se organizaron y empezaron a trabajar parte de las 270 hectáreas aptas para el cultivo. Sembraron maíz y maní con semillas conseguidas a crédito.
Con el dinero pagaron parte de sus deudas, compraron un tractorcito en $us 38.000 y un micro en $us 31.000 para llevar a los estudiantes de secundaria a la escuela de Ipati. Después adquirieron calaminas para la escuela y así, día a día, van construyendo la comunidad. Deben más de Bs 200.000 por semillas, servicio de maquinaria y desmonte, y aunque no les quita el sueño, son conscientes que deben pagarlas para seguir siendo sujetos de créditos.