Para nadie es novedad que el nombramiento de Jorge Mario Bergoglio como nuevo Pontífice cayó como un balde de agua fría en la administración de Cristina Fernández de Kirchner, y no faltaron otros coletazos en la ALBA.
Claro que, después del estupor inicial, los integrantes del bloque populista encajaron la mejor sonrisa posible y fingieron aplaudir al Papa Francisco, al extremo de que el delfín venezolano, Nicolás Maduro, llegó a afirmar que San Chávez había intercedido ante Cristo para el nombramiento.
Pero lo cierto es que la designación de Bergoglio es incómoda para la alianza pro-chavista, toda vez que el líder religioso ha sido crítico con los intentos de “uniformizar el pensamiento” que caracterizan a ese proyecto político continental.
Ahora, se suma una nueva inquietud para los neo-autoritarios: la carta de felicitación que Barack Obama envió al Sumo Pontífice por medio de su vicepresidente Joe Biden, primer católico en ocupar la segunda magistratura norteamericana.
Aunque se desconocen los detalles de la carta privada, no es difícil deducir que la simpatía con que el gobierno estadounidense acoge la llegada de Francisco está relacionada con la posibilidad de contrapesar la expansión del populismo demagógico en la región.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
El rol que Karol Wojtyla (Juan Pablo II) cumplió para la liberación de Europa del Este de la dominación soviética podría repetirse en alguna medida en el caso latinoamericano con el Papa Francisco, respecto a las ínfulas hegemónicas del socialismo del siglo XXI.
Por lo pronto, el Papa ha desarmado a sus críticos mediante fulminantes ejemplos de humildad, que contrastan rotundamente con el lujo que rodea a quienes pretenden presentarse como los campeones de los pobres…