En la muerte de líder


Su legado: un régimen de terror moderado y una dictadura de la mediocridad

imageLuis Ventoso

Durante tres lustros, retratos suyos a tamaño enorme ocuparon cada esquina: fotografías idealizadas y heroicas del líder que tutela a la nación. Su cara ancha emergía continuamente en todos los televisores. Así que el país se levanta conmocionado. La sensación de orfandad casi se puede masticar. La prensa oficialista honra al zar rojo, que «goza de la infinita confianza y amor de todo el pueblo y el partido». Se enumeran sus condecoraciones, que son todas las que pueden conceder las fuerzas armadas y las universidades del país. Se destaca su versatilidad irrepetible: un glorioso pasado militar, una visión política clarividente, incluso se ensalza su capacidad literaria. No se puede olvidar tampoco el talante humano del personaje, su calidez, su buen corazón, hasta sus veleidades galantes. Pese a la altísima tarea que el destino le había encomendado, era una persona proclive al sentimentalismo. No le dolían prendas por dejar caer una lágrima ante una situación conmovedora, o al glosar las glorias de la patria.

Las honras fúnebres son multitudinarias. Las masas atestiguan el fervor del pueblo y de sus delfines por el líder, fallecido tras una larga lucha contra la enfermedad, ocultada piadosamente por el régimen. El ataúd, envuelto en la bandera nacional, marcha rodeado de dirigentes del partido y militares, entre una riada inacabable de ciudadanos que han salido a las avenidas para ver pasar el cortejo. Ahora descansa ya en una inmensa sala de mármol, flanqueado por la guardia roja. No hay sitio para tantas coronas de flores como llegan. El pueblo y los abatidos dirigentes de los países satélites van rindiendo su homenaje ante el féretro.



El mandatario murió a la hora del desayuno. Pero para ir preparando a la nación, el anuncio del óbito se pospuso varias horas. Una alocución llorosa en la radio y la televisión dio cuenta del final. Los observadores occidentales, tal vez con una visión más desapegada, señalan que el suyo fue un régimen de terror moderado y una dictadura de la mediocridad. Para evitar sombras que tapasen su luz, instauró un sistema que apostaba por los segundones. Tejió una red clientelar alrededor de su familia, con parientes copando cargos aquí y allá. Su balance económico es paupérrimo. La suya ha sido la etapa del estancamiento de un gigante lleno de posibilidades. Disparó el gasto militar un 15%. Siguió gozando de unas inmensas reservas petroleras, pero no supo obtener el rendimiento debido, porque dilapidó parte del crudo para granjearse la lealtad de sus satélites. La productividad es mínima. La disciplina laboral, nula. La inversión tecnológica ha caído. Los planes de planificación económica no han dado fruto. El entorno del líder es corrupto y ahora mismo solo están interesados en su supervivencia.

Les estoy contando, por supuesto, el fallecimiento de Leonidas Brezhnev, allá en noviembre de 1982. Solo nueve años más tarde, la Unión Soviética se fue al garete y desapareció. La historia dejaba una lección irrefutable, perenne: los sistemas comunistas son ineficientes económicamente y mutilan las libertades, el culto a la personalidad es profundamente estúpido y resulta sencillo atontar a la población cuando el Estado controla todas las palancas de la propaganda. Huelga decir que desde el siglo pasado ya no queda nadie con una mínima honestidad intelectual que defienda un régimen comunista como vía para redimir un país.

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