Manfredo Kempff SuárezEl mundo cristiano se llena de fervor en estos días de la Semana Santa, y el pueblo fiel se agolpa en las iglesias con enorme fe, para pedir bienes y ofrecer sacrificios, a ese Dios único – como lo tienen todas las religiones – que para los católicos representa la bondad, la sabiduría y el camino por el que se debe transitar en la vida terrenal, antes de llegar hasta Él cuando nos llame. En la televisión y los medios escritos se ven actos de humildad de la alta jerarquía eclesiástica, y en la Basílica de San Pedro el Papa lava y besa los pies de personas de toda condición, como ha sido este año con doce presos romanos.La vocación de servir al prójimo y de acercarse al pueblo para atender sus necesidades, de ser “pescadores de hombres”, ha sido parte importante en la palabra del Papa Francisco dirigida a la feligresía y a los sacerdotes, en estos días sacros en que le ha correspondido ser el centro de esta fecha grande de la Iglesia a escasas semanas de asumir el liderazgo del catolicismo. Desde su ascensión, empero, no han faltado mezquinos ataques personales contra el Pontífice que él ha sabido recibirlos con tolerancia; el acoso de algunos individuos díscolos y resentidos curiosamente proviene de la Argentina, su país de origen, que, por cierto, está orgulloso de tener a Francisco como el Vicario de Cristo.Soy católico por tradición aunque poco afecto a la liturgia religiosa, pero admiro la grandeza de la Iglesia por haber preservado detrás de los muros de sus templos, en las bibliotecas repletas de pergaminos e incunables, durante todo el oscurantismo que vivió el mundo, la cultura y los valores del pensamiento occidental. Admiro a sus grandes teólogos y a los pensadores que basaron su obra en el humanismo cristiano. Y soy un humilde crítico también, de algunas cosas, en especial del celibato. Tal vez mi escaso conocimiento del hombre, mi estrechez de mente, no me permite entender aquello que me parece un tormento innecesario.Las fiestas grandes de la Iglesia me traen recuerdos de mi niñez, cuando participaba entusiasmado de la liturgia religiosa. El olor de los pabilos apagados, del incienso, y de la multitud, me hacen recordar mis días de monaguillo en San Andrés. Hoy, sesenta años después, convertido en una oveja descarriada – todavía no huelo a oveja como el Papa les ha pedido a los curas –, sigo pensando que para el hombre sería suficiente solamente creer en Dios para ser un buen cristiano, pero que la guía y el cobijo de la Iglesia es indispensable como apoyo terrenal a los que sufren y desesperan por alcanzar la gracia del Señor.Recuerdo que, cuando niño, además de la parroquia, asistía a las procesiones con mi madre, mis abuelas y tías, todas muy piadosas. Luego, mayor, en La Paz, hacía con María Teresa mi esposa, el recorrido a los templos la noche del Jueves Santo. Y no olvidaré que en la procesión de Viernes Santo, por circunstancias pasajeras de la vida, me correspondió llevar en un par de oportunidades el pendón saliendo de La Merced en una larga marcha pasando por San Francisco y la Catedral al regreso. Esa impresionante procesión destacaba por el silencio de los fieles y el paso con redoble de tambor de los cadetes del Colegio Militar, escoltas del Santo Sepulcro.El año pasado, pasamos la Semana Santa en familia, invitados a Concepción. Fueron unos días maravillosos, donde era claro el recogimiento de la población en el marco imborrable de lo que fueron aquellas misiones jesuitas que siguen impresionándonos con sus restauradas iglesias, sus coros, y el prodigioso talento musical de sus jóvenes. Allí a nadie se le habría permitido hacer, como en Santa Cruz, una proclamación política plagada de insultos en plenas fechas de guardar, porque quienes lo hicieran aparecerían como vulgares provocadores a las creencias seculares de nuestra tierra, que no es precisamente pachamamista.La fecha en España es sobrecogedora. Es una fiesta de la devoción y de la gastronomía. La última Semana Santa que recuerdo con los míos allí, fue en el 2002; el Jueves en la señorial Salamanca, sin demasiada liturgia, y el Viernes nada menos que en Valladolid, donde la Semana Santa es en serio. Vimos transitar las hermosas tallas sagradas, llevadas con solemnes pasos por cofradías centenarias, ante un silencio que contrasta con la bellísima pero festiva y bulliciosa procesión de Sevilla. En estas fechas en que se recomienda el ayuno y dejar de lado las carnes es cuando el pueblo come más. En España ni que se diga, donde abundan los mariscos, el pescado, las buenas verduras y el mejor vino. El sacrificio del hambre es cosa del pasado, si es que lo hubo. ¿Y en Bolivia? Por supuesto que también. En un país donde el consumo del pescado es muy bajo y donde los mariscos son muy caros, la gente se da modos para darle gusto al paladar. Las madres hacen que la familia se reúna en torno a una mesa donde el deleite sea un regalo por el ingenio de quienes pueden cocinar delicias sin gastar mucho. Pero, si el pescado está caro o peligroso por el clima cálido, lo que sucede en el oriente, las personas no se hacen problema: se persignan y devoran un churrasco con todas sus menudencias.