Katia Romero Fernández*
La violencia intrafamiliar es uno de los males más corrosivos y nefastos que afecta a todas las sociedades, y la nuestra no es la excepción. Una mujer que sufre violencia de parte de uno de los miembros de su familia, en el espacio que debe recibir afecto, respeto y seguridad, no desarrolla sus potencialidades a plenitud y esto tiene un impacto directo y tremendamente negativo sobre los hijos y sobre la misma comunidad.
De acuerdo a la Dirección de Servicio Legal Integral Municipal de la ciudad de Trinidad, nada menos que el 70% de los casos denunciados de violencia contra la mujer es ejercida por miembros de la Policía y de las Fuerzas Armadas.
Terrible dato, doblemente preocupante cuando sabemos que el porcentaje no varía demasiado a nivel nacional.
Sin embargo, se trata también de una información reveladora, que nos sugiere hacia dónde debería enfocarse una política de prevención en materia de violencia intrafamiliar.
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Tenemos ante nosotros la paradoja de unos agentes policiales que, en lugar de ofrecer la protección necesaria, se convierten en victimarios de la violencia de género, en este caso en sus propios hogares.
Parece difícil, entonces, poder contar con la Policía para la reducción de este tipo de crímenes, mientras no se logre cambiar la mentalidad de los efectivos en cuanto a las relaciones intrafamiliares.
Se hace imprescindible promover iniciativas de formación en valores y derechos humanos dirigidas a policías y militares, tarea en la que pueden cooperar desde la misma jerarquía policial hasta organizaciones no gubernamentales, pasando por los diferentes niveles de gobierno.
Impulsar este cambio cultural parece altamente prioritario. Por supuesto, no es en el único ámbito en el que se debe trabajar; sin embargo, mientras no se consigan avances significativos en este campo, las medidas legislativas o penales que se dictan en la actualidad no pasarán de ser un mediático saludo a la bandera.
*Asambleísta departamental de Santa Cruz