La noche de las 13 puñaladas


Para el Ministerio Público, el caso Clavijo aún no está cerrado. El lunes 11 de febrero, el teniente Jorge Clavijo Ovando mató a la periodista Hanalí Huaycho. La reconstrucción de lo ocurrido ese día trágico en Ciudad Satélite en un Informe especial de La Razón.

imageLa única foto del Facebook de Hanalí Huaycho en la que aparece junto a Jorge Clavijo y al hijo de ambos.

Para el Ministerio Público, el caso Clavijo aún no está cerrado

El fiscal Harold Jarandilla aclara que el proceso sigue su curso y que en seis meses se sabrá qué pasará con las dos personas acusadas de encubrir a Clavijo: el cabo-yatiri Víctor Foronda y Arturo Clavijo, tío del prófugo.



La Razón, La Paz, Bolivia

La tarde del martes 12 de febrero, Jorge Clavijo llamó dos veces desde la zona alteña de Villa Adela al celular de Víctor Foronda, cabo y yatiri de la Policía. Hablaron durante un minuto y 23 segundos, las dos ocasiones. El prófugo le contó que la noche anterior él estaba borracho y que fue “golpeado con un palo” hasta que perdió el conocimiento. Al despertar vio a su esposa, Hanalí Huaycho, ensangrentada junto a él. La abrazó y escapó. Más aún, le pidió a Foronda que encienda velas a su nombre, para que solucione su problema.

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Foronda fue una pieza clave para la investigación policial. Después de explicar las charlas que mantuvo con Clavijo, él ayudó a los agentes de Inteligencia a planificar la búsqueda. Se hizo guiar con una “ñatita” que tiene en su consultorio espiritista. Según él, el cráneo le dijo que Clavijo se ocultaba por Pampahasi. Y, por ello, se desplegó un contingente verde olivo por esa zona paceña. “Lastimosamente somos muy paganos”, explica el fiscal asignado al caso, Harold Jarandilla.

En Pampahasi no se halló a Clavijo. Foronda también informó que el entonces teniente le dijo que llamaba desde la localidad de Patacamaya, pero aseguró que no le creía. Y al final, el cabo también se atribuyó haber dado las pistas para hallar en los Yungas el auto en que escapó el policía.

No obstante, la Fiscalía tiene motivos para creer que Foronda se vio personalmente con Clavijo. Esto se deduce por los movimientos que hizo el cabo aquel martes 12 cuando estaba trabajando en el Distrito Policial 5 de El Alto. Ese día alegó que debía llevar comida a sus hijos, empero, se desplazó por sectores lejanos a su hogar, de acuerdo con el rastreo y la ubicación de sus llamadas telefónicas.

Él es el primer sindicado de encubrimiento. Pero no es el único. Tras el asesinato, la Policía ubicó a Arturo Clavijo, tío de Jorge. Pero éste se presentó como padre del acusado. ¿Por qué? Jarandilla plantea que, tal vez, porque la ley impide que un progenitor declare contra su hijo. El fiscal relata que cuando Arturo recibió la noticia de lo que hizo su sobrino, estaba bastante tranquilo. “No se inmutó, no preguntó por nada”. Otra fiscal fue hasta su casa, en el barrio de Següencoma, y halló cajones abiertos y señales de que alguien había estado por allí.

imageEl comandante Alberto Aracena observa la cruz colocada en el sitio donde se halló el supuesto cuerpo de Jorge Clavijo.

La duda creció cuando el tío y el primo de Clavijo negaron haber visto a su familiar en los últimos tres meses. Aunque una foto tomada junto al policía el viernes 8 de febrero, en la comunidad paceña de Italaque, los puso contra la pared y, entonces, las autoridades se enteraron de que Arturo no era el padre biológico. Los sospechosos de encubrimiento arguyeron que la fiesta fue en un lugar amplio, con mucha gente. La Fiscalía no les creyó.

Tras el descubrimiento del supuesto cadáver de Clavijo, el 4 de marzo, Foronda está con detención domiciliaria, pero puede ir a su trabajo en el Distrito Policial, mientras que el tío está libre. No obstante, Jarandilla asegura que el caso continúa abierto, que el “proceso sigue su curso” y que Arturo Clavijo sigue siendo investigado. El fiscal remarca que hay seis meses para definir la suerte de estas personas.

Paralelamente, se espera los resultados del nuevo análisis de ADN al cuerpo encontrado en los Yungas, enviado por la familia de Huaycho a España. ¿Y qué pasa si éstos dan negativo? “Rodarán muchas cabezas, empezando de las nuestras”, subraya una fuente que investiga el caso.

El corte de un poliducto abre otra pregunta

E l supuesto cuerpo de Jorge Clavijo fue encontrado por un comunario de La Calzada, en los Yungas, después de que su cocal quedó sin agua porque alguien había cortado el poliducto que alimenta con el líquido a sus cultivos. La hipótesis señala que el exteniente hizo esto para saciar su sed. La pregunta es: si los exámenes forenses al cadáver señalan que Clavijo se suicidó entre el 12 y el 19 de febrero, cómo es posible que recién el 4 de marzo se haya descubierto lo del poliducto. Es otro misterio más en el caso Clavijo.

El Ministerio de Gobierno ha dado por cerrado el caso, por los análisis que ratifican que los restos hallados el 4 de marzo son del expolicía. Pero el fiscal Harold Jarandilla aclara que las pesquisas siguen. “Todas las pruebas indican que el cuerpo es de Clavijo; pero, bajo el principio de igualdad procesal, así como el Instituto de Investigaciones Forenses y la Academia de Policías tuvieron tiempo para sus peritajes, lo mismo pasará con la familia Huaycho para que presente pericias. En función a estos elementos veremos qué se hace”.

La noche de las 13 puñaladas

El lunes 11 de febrero, el teniente Jorge Clavijo Ovando mató a la periodista Hanalí Huaycho. Ésta es la reconstrucción de lo ocurrido ese día trágico en Ciudad Satélite.

imageLa sala de los Clavijo Huaycho.

La Razón / La Paz

Voy a estar bien… voy a estar bien”, murmuró Hanalí a su madre. Después esbozó algo parecido a una sonrisa, dio unos pasos y cayó a los pies de su hijo de cinco años. La sangre resbalaba por su rostro, hilos rojos bajaban por su cuello, tenía un pulmón perforado y, literalmente, el corazón mortalmente herido.

Aquella noche del lunes 11 de febrero, su esposo le asestó 13 puñaladas y huyó en el vehículo Toyota Vitz de la mujer que decía amar. Más aún, antes de escapar Jorge hundió su daga en el cuello y el abdomen de la mamá de Hanalí, Martha. El único testigo del crimen fue el retoño del policía y de la periodista. Sus gritos fueron incapaces de conmover a su padre. Ahora, el niño se encuentra con atención psicológica y recién días atrás se enteró que su mamá murió.

La fuga de Jorge y el hallazgo de un cadáver a inicios de este mes en la región de Yungas —que la Policía y exámenes forenses aseguran es del asesino— son parte de la trama de uno de los crímenes más resonantes de los últimos años. Informe La Razón recoge fragmentos de documentos inéditos de la investigación y arma el rompecabezas de esa noche fatídica y la persecución e incógnitas que todavía rodean al caso del que, hasta hace poco, fue el hombre más buscado en Bolivia.

CALMA. Despacio, casi imperceptiblemente, la periodista Hanalí Leonor Huaycho Hannover (36) tocó con los nudillos la puerta del departamento de su madre. Ambas vivían a pasos de distancia, en el mismo inmueble pero en diferentes espacios, y estaban, prácticamente, divididas por una pared. “Me dijo ‘voy a salir y estoy dejando a Jorge y a mi hijo’. Se fue y volvió al mediodía”, cuenta Martha, una mujer canosa, vestida de negro y quien desde entonces arrastra un dolor de cabeza que no puede extirpar con ninguna pastilla.

Aquélla era una mañana fría pero con sol y, en el horizonte, había nubes amenazantes. Era una típica jornada carnavalera: en calles de las ciudades de La Paz y El Alto la gente jugaba con agua. Y como algunas veces hacía la pareja en días festivos, dejó el encierro de su hogar y salió a almorzar junto a su pequeño. Todo pintaba como un día perfecto.

Fuentes que piden reserva en su identidad relatan que tras el almuerzo, el niño quería un chisguete. Su papá, el teniente Jorge Raúl Clavijo Ovando (32), le dio el gusto y compró el juguete. Los tres retornaron a su casa en la zona alteña de Ciudad Satélite, en el Plan 328. Allí, la alegría continuó: la familia disfrutó de una batalla con agua, ignorando los ladridos de Valentín, el fornido perro oscuro de Hanalí.

El trío pasó la tarde en su pequeño departamento, que tenía una habitación para los esposos donde la mayor parte estaba ocupada por la cama de dos plazas, el dormitorio del menor que lucía relleno de juguetes, un ambiente para el living, otro destinado para la cocina y un baño.

Al empezar la noche, el buen humor no se había ido de la residencia de los Clavijo-Huaycho. Pero el panorama iba a cambiar. Martha vio que el patio común estaba húmedo, había botellas pet desperdigadas. Cuando le preguntó por el desorden a su hija, ésta le respondió bromista: “Tu perro ha debido hacer eso”.

Posteriormente, la periodista le dio comida a su mascota y se despidió hasta el día siguiente.

Cuando faltaban 15 minutos para las nueve, Martha sintió una punzada en el estómago y recordó que Hanalí siempre tenía al alcance de la mano bolsitas de mate de coca. Se asomó a su departamento y apenas ella la vio, se puso el dedo índice en los labios haciéndole una seña de silencio. Su mamá preguntó: “¿Está despierto?” Ella dijo que sí moviendo la cabeza. Es que cuando Jorge empezaba a cambiar de humor detestaba el ruido y ninguna de las dos quería arruinar aquel lunes de Carnaval. Por eso, Hanalí, presurosa, le dio una bolsa de mate a Martha.

Cuando Hanalí calentó la cena en el microondas, Martha sintió el olor de la comida y se lamentó de que el hogar de su hija no tenga un extractor de aire —“No me gusta que haya olores en la casa”, señaló días después—. Enterada de la molestia causada a su madre, Hanalí se comprometió a apagar el microondas y, nuevamente, se dieron las buenas noches.

Después, cuando Hanalí se pintaba las uñas en su dormitorio, le ordenó al niño que se cepille los dientes para dormir. Él obedeció. Y, como solía suceder, dormiría en la misma habitación que sus padres. Además, al día siguiente no tenía que asistir al kínder. Jorge los acompañaba.

Precisamente en el lecho de los esposos, cuando el pequeño buscaba conciliar el sueño y la mamá soplaba sus uñas, sonó el celular de Jorge con un tono de recepción de mensaje. Hanalí le pidió que le muestre su teléfono. Él se negó rotundamente. Ella le propuso intercambiar sus celulares.

—“No tienes nada que esconder”, acotó Hanalí.

—“¡Me emputa que revises mi celular!”, contestó, molesto, Jorge.

El volumen de la discusión empezó a trepar. Jorge acompañó sus palabras con amenazas. Y ella intentó poner un límite al altercado. Le pidió a su hijo que vaya a llamar a la abuela y también a Radiopatrullas 110. El hombre advirtió al niño de que no siga las instrucciones y ella reaccionó con un grito: “¡No toques a mi hijo!” Salieron de la habitación y se fueron a la cocina, luego a la sala. Hanalí insistió: “Tienes algo guardado en tu celular”.

De pronto Jorge, un policía bien entrenado y con antecedentes de violencia, abandonó las palabras. Dobló los brazos de ella y la puso boca abajo. La alzó y la llevó al dormitorio como si fuera un muñeco. Las clases de defensa personal no le sirvieron de nada a Hanalí ante el exintegrante del desaparecido grupo de élite policial de la Unidad Táctica de Articulación, Reacción y Control de Crisis (UTARC).

La colocó sobre el catre de dos plazas. Fue al velador, a unos tres pasos de distancia, abrió un cajón y sacó un cuchillo pequeño que apenas sobresalía entre sus grandes manos. Lo empuñó con la diestra y volvió a la cama donde empezó a golpear a la periodista. Y la atacó a cuchilladas. Fue entonces que el pequeño gritó con fuerza: “¡No le hagas a mi mamá!”

Martha rememora que apenas habían pasado unos 45 minutos desde que le pidió a Hanalí que le regale una bolsita de mate de coca para su dolor estomacal. La bulla, al otro lado de la pared, la alarmó. “Yo decía ‘qué está pasando’, golpeé la ventana del dormitorio y escuché que mi hija me decía ‘¡mami, llamá al 110, llamá al 110 y no te asomes, no vengas!’”.

Su mamá no hizo caso. Ella preguntaba a gritos “por qué, por qué” y golpeaba la puerta de entrada al departamento. Hasta que se abrió, y salió Jorge. Estaba furioso y apenas vio a la mujer de 65 años en el umbral le dio una puñalada en el cuello. Ella pensó que era un puñetazo, porque en ese momento no sintió el filo de la daga. Mientras se cubrió la herida, él le asestó otro navajazo en el estómago. Martha cayó y sintió que estaba a punto de morir. “Pero mi hija salió y le agarró de la mano (a Jorge) y dijo: ‘¡No a mi mamá!’”.

Gracias a la intervención, Jorge no pudo asestar más cuchilladas a Martha y, en el forcejeo, hizo caer su celular. Hanalí le pidió a su mamá que agarre el teléfono.

Sin embargo, la mujer no pudo hacerlo porque Jorge le conminó a que abra la puerta del garaje. Ella le alertó: “¡Jorge, creo que Hanalí está delicada, la llevaremos al hospital!” No la escuchó y volvió al departamento. Ella fue tras él y vio que tenía en las manos las llaves del vehículo Toyota de su hija. Encendió el motor y arrancó destrozando la puerta del garaje.

Herida, Martha retornó, despacio, al departamento y cuando Hanalí la vio le preguntó: “¿Dónde está (Jorge)?” Su mamá, sorprendida por todo lo que vivió en menos de cinco minutos, le comentó con voz débil: “Se fue, se fue con el auto”.

La madre clavó sus ojos oscuros en su hija y le dijo: “Estás delicada, estás sangrando”. Hanalí también la observó con cuidado y le respondió: “Mamita, estás sangrando. Andá cambiate, vuelves y llamas al 110”. Luego lanzó su última frase: “Voy a estar bien… voy a estar bien”.

Cuando Martha se dio la vuelta y se dirigía a su casa para abrigarse, escuchó que su nieto lanzó un grito desesperado. Hanalí no pudo sostenerse de pie y cayó.

ESTOCADAS. Sobre el lecho matrimonial quedó la placa de dientes partida de Hanalí. Un investigador del caso, quien pide salvaguardar su identidad, cuenta que ello evidencia que Jorge le dio un golpe en la boca tan fuerte como una patada.

Luego de que tomó el cuchillo, los puños de ira que envolvían la daga del teniente cayeron con fuerza en el cuerpo de la periodista. El protocolo de autopsia indica que dos puñaladas se incrustaron cerca a sus labios. El mismo investigador maneja que Jorge hizo esto para hacer callar a su esposa, ya sea por sus gritos o por los nervios ante la pregunta repetida sobre el mensaje recibido en su celular.

Sus ojos y nariz tenían moretones. Su pómulo izquierdo recibió otra puñalada. Otra penetró su cuello. Sus dedos de la mano izquierda estaban “impregnados de sangre” por otras cuatro puñaladas en su hombro y brazo. Otra entró y salió de su muslo izquierdo. Y las restantes cuatro se incrustaron en su región torácica: una de ellas le perforó el pulmón izquierdo y otro par, su pecho izquierdo. Precisamente una de estas últimas puñaladas alcanzó el ventrículo izquierdo de su corazón. A pesar de los golpes y las cuchilladas, Hanalí tuvo fuerzas para defender a su madre y para intentar llevarla al hospital. Eso sí, no tuvo tiempo de bendecir a su hijo antes de morir. Fue llevada a tres clínicas en El Alto antes de que la atiendan en el Hospital Obrero de la zona de Miraflores de la ciudad de La Paz, a las 23.50.

Sin embargo, los médicos nada podían hacer. Veinticuatro minutos después, el organismo de Hanalí ya no pudo más.

El miércoles 13 de febrero, los restos de Hanalí fueron enterrados en el Cementerio General, con una masiva concurrencia de familiares y amigos que reclamaron justicia. El crimen volvió a poner sobre la mesa del debate la violencia contra la mujer y allanó el camino de una ley severa contra este delito. Y Jorge Raúl Clavijo Ovando se convirtió en prófugo de la justicia.

Más todavía. Cundió una ola de rumores sobre lo acontecido ese lunes 11 de febrero y sobre los protagonistas. Sin embargo, el cuaderno de investigaciones tiene bajo el rótulo de “oficial” la historia relatada párrafos arriba; esa noche en la que 13 puñaladas se llevaron la vida de la periodista Hanalí Huaycho Hannover.

Las denuncias de Hanalí no fueron atendidas por la Policía

El 22 de agosto de 2007, Hanalí Huaycho Hannover y Jorge Clavijo Ovando se casaron por lo civil. Seis meses después la mujer presentó la primera denuncia formal en contra de su marido. El 24 de febrero de 2008 fue atendida en la Brigada de Protección a la Familia de la zona Sur de La Paz por haber sufrido maltratos.

Pero no hubo respuesta a su solicitud de garantías y de que Clavijo sea dado de baja en la institución policial.

Ante la falta de atención a su pedido, Huaycho se quejó al entonces comandante general de la Policía, Víctor Hugo Escóbar. Le remitió una carta el 27 de abril de 2009 en la que denunció: “Se limitaron a escuchar mi denuncia, lo notificaron (a Clavijo) y nos dejaron solos en la oficina indicando que arreglemos nuestra situación conversando. No le llamaron siquiera la atención. En resumen, no efectuaron acción protectora alguna a mi favor y de mi pequeño hijo. Presumo que esta omisión e incumplimiento de funciones y complicidad por parte de las autoridades de la Brigada se debió a que el agresor es un miembro de la Policía”. Y el 15 de junio de 2011 recurrió al comandante Jorge Santiesteban, porque se dilataba el caso.

La tensa relación entre Clavijo y Huaycho fue aumentando con el correr del tiempo. Según el abogado de la familia de la periodista, Eduardo León, ella entabló, al menos, 14 denuncias contra su esposo. De éstas sólo cuatro “avanzaron”: dos fueron presentadas en la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC) de El Alto, una en dependencias policiales de la zona Sur y la otra en la FELCC de La Paz. El teniente perdió dos años de antigüedad por la última de ellas. No obstante, León critica que nunca hubo un castigo ejemplar para el involucrado que terminó con la vida de Huaycho el 11 de febrero de este año.

Más todavía, en junio de 2011 Huaycho envió una nota al Director General de Investigación Policial Interna. Acusó a su marido y a su “pareja” de maltrato, insulto, hostigamiento y otros daños, según la red Erbol. Parte del texto señala: “Estos insultos se vertían en mi contra, dada mi calidad de mujer y madre, además por el origen de mi apellido: ‘perra de mierda, puta de mierda, hija de puta, india de mierda alteña… etc. etc.’, pretendiendo atacarme en mi calidad de fémina, vulnerando mis derechos protegidos por la Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia, como son los de igualdad de género y otros”.

Al mismo tiempo, Clavijo y su “pareja” presentaron denuncias contra la periodista. La supuesta amante indicó que fue atropellada por el automóvil de Huaycho y que sufrió lesiones. No obstante, un informe policial indica que tras el incidente no hubo personas heridas.

El sonido del celular que acabó con un matrimonio

El celular negro marca LG de Jorge Raúl Clavijo Ovando causó estragos en la relación de pareja del policía y la periodista Hanalí Leonor Huaycho Hannover. Fue la chispa de sus últimas peleas y del desenlace fatal del lunes 11 de febrero. “Ella estaba obsesionada por saber quién le escribía a su esposo y qué era lo que le decía”, cuenta un investigador asignado al caso que pidió reserva en su identidad.

Las pesquisas realizadas por el agente señalan que el teniente comulgaba con la infidelidad, que “lo más lógico” era que tenía amantes que, en vez de llamarlo por teléfono, le mandaban mensajes a su celular cuando él se encontraba acostado con su esposa, muy de noche. “Era mejor leer mensajes de texto y no responder llamadas”. Según documentos del cuaderno de investigaciones, los mensajes eran constantes. Y, además, había una mujer anónima que era objeto de la rabia de la víctima.

Hubo un tiempo que el “secreto” de los mensajes se convirtió en una realidad molesta. Por ello, la pregunta de los allegados de Hanalí era cómo ella seguía al lado de Jorge con las evidentes muestras de su engaño. Un nombre es manejado como principal culpable de estas dificultades familiares: Helen, la supuesta amante del uniformado. Así lo afirman las declaraciones transcritas en el proceso investigativo.

Recurrentemente, Hanalí proponía a su marido una relación sincera. Una salida era que ambos se muestren los números de las llamadas y los mensajes que escribían y recibían en sus teléfonos móviles. Sin embargo, Jorge nunca aceptó tal pacto y prefirió mantener esto en el misterio. Así ocurrió también ese 11 de febrero, cuando antes de ser herida de muerte, Hanalí le pidió intercambiar celulares para saber la identidad de quién le había enviado a Jorge el mensaje que desencadenó la riña.

Las peleas por este motivo se hicieron comunes en los últimos meses que permanecieron juntos. Inclusive un par de semanas antes del asesinato hubo una trifulca en el hogar de los Clavijo-Huaycho. Aquella vez, Martha, la mamá de Hanalí, logró evitar que la sangre llegue al río cuando los encontró discutiendo en el patio. Su hija le comentó esa madrugada: “Mami, es que cada noche pasa lo mismo, siempre una mujer le llama a la una o a las dos de la mañana”. Jorge replicó que no era así y que quien se comunicaba con él era “compañera de trabajo”.

Confundida, la mamá no sabía qué decirles y sugirió que si seguían con esos problemas lo mejor era que se separen. Martha recuerda que Jorge tomó la decisión de abandonar a su familia, pero no dio señales de irse de la casa para cumplir con su advertencia. Y Hanalí le manifestó que deseaba el bienestar de su hijo. Al final, ambos hablaron y se reconciliaron. “Creo que era la una y media de la mañana. Yo los dejé en el patio”, dice la mujer, y añade: “Al día siguiente salieron juntos. Estaban normal esa semana”. Pero después de aquel altercado, el celular de Jorge no dejó de sonar pasada la medianoche.

Igual tenían riñas por el Facebook. Él usaba un ojo como foto de perfil; en tanto que ella cambiaba permanentemente de imágenes en las que se la veía sola, con su pequeño o junto a sus compañeros de trabajo. En su cuenta sólo existía una fotografía de la familia Clavijo-Huaycho, tomada en algún sitio rural de La Paz. Más aún, la pareja no compartía fotos ni se enviaba mensajes públicos de afecto. Y la noche del crimen, Hanalí también le planteó de que ambos conozcan las relaciones y los mensajes que enviaban y recibían a través de la red social. Pero él se opuso.

“Celos… todo fue por un ataque de celos y todo acabó así”, resume el fiscal Harold Jarandilla, quien aún duda en dar por cerrado el caso, y explica que entre los dos había una relación difícil. La hermana de Jorge, Karelia, ratifica esta tesis y arguye que eran dos personas parecidas y fuertes.

Al final, él se impuso a ella. Todo por el mensaje que llegó ese 11 de febrero a su celular que fue hallado a comienzos de marzo junto al cadáver de un hombre cerca de la población de La Calzada, en los Yungas; cuerpo que, según la Policía y exámenes forenses, es de Jorge Clavijo; aunque la familia de Hanalí tiene dudas.

Un hombre entrenado para matar y sobrevivir

Experto antiterrorista y para lidiar con los escenarios más adversos. Cariñoso hermano y bombero temerario. Un hombre violento, un ‘animal con instintos e impulsos’. Jorge Clavijo era todo esto… y más

imageEl anuncio de búsqueda de Jorge Clavijo.

La Razón

Quién fue Jorge Clavijo Ovando. Es la pregunta que ha tenido infinidad de hipótesis y respuestas desde el 11 de febrero. Verdades y rumores se mezclaron después del asesinato de la periodista Hanalí Huaycho Hannover y varios adjetivos han acompañado a su nombre: callado, explosivo, voluntarioso, violento, cariñoso. El teniente que asestó 13 puñaladas a su esposa era todo esto… y más. Informe La Razón habló con personas que elaboraron un perfil de quien fuera el hombre más buscado de Bolivia.

EL HERMANO. “Siempre, pero siempre, Coquito pensó ser policía”, comenta Karelia Clavijo Ovando (31) mientras toma una taza de café en un local bohemio de la zona de Sopocachi. Ella es alta, pecosa y en el rostro tiene un guiño de parecido a su hermano. Según la mujer, él falleció en el bosque del pueblo yungueño de La Calzada y su cadáver fue rescatado a inicios de mes.

Él nació el 22 de enero de 1981 en La Paz. Era del signo de Acuario, mayor de Karelia por un año y, desde la niñez, se ganó la fama de ser su ángel protector. Una vez, por ejemplo, cuando vivían en Argentina, ella volvió del kínder y le dijo a su mamá que la golpearon. “Coquito se paró, estaba enojado y dijo: ‘¿Quién ha pegado a mi hermana?’. Me miró y dijo: ‘Yo te voy a defender’. Cada vez que me miraban feo, yo decía: ‘No molesten, que mi hermano me va a defender’”.

Jorge tenía dos hermanas menores. Karelia y Coquito (como le decía su parentela) vivían en la ciudad de La Paz. Su mamá y su otra hermana están en Europa. La infancia de Jorge estuvo marcada por las disputas familiares. Cuando cumplió cinco años se fue a vivir con su papá, mientras que sus dos hermanas se quedaron en el hogar materno. Unos cuatro años después, su papá murió y él quedó bajo la tutela de su tío, Arturo. Esta parte de su vida lo marcó a fuego lento, según sus allegados.

En el colegio no era un buen alumno y cuando tenía edad para ingresar a la Academia Nacional de Policías (Anapol), tuvo que sudar la gota gorda para ser parte de la institución. Se aplazó dos veces y la tercera fue la vencida.

En los años noventa, apenas pasada la adolescencia, él se enamoró de una muchacha y se casaron en secreto. Mucho después Hanalí Huaycho —con quien contrajo nupcias el 27 de agosto de 2007— se enteró de aquel matrimonio juvenil.

Eso sí, Jorge nunca dejó de cuidar a Karelia. Ella recuerda que cuando él iba a hacer un operativo y estaba caminando cerca de su casa, iba y tocaba su timbre sólo para preguntarle: “¿Cómo estás?”.

El más grato recuerdo que atesora su hermana sucedió en agosto de 2010. Aquel ventoso mes llegó su mamá de Europa y cuando Jorge la vio, él corrió hacia ella, la levantó del piso y la llenó de abrazos y besos. Ella sólo le decía: “Coquito, Coquito, mi Coquito”. En Facebook hay fotos del encuentro. “Me encanta, fue un día espectacular y vendrán días mejores, claro que sí, así será siempre”, escribió Jorge cuando su hermana puso las fotos en la red social.

Una noche, hace un par de años, Karelia y él se reunieron. Ella cuenta: “Lloramos amargamente hasta el amanecer. Hemos recordado las cosas lindas y tristes de nuestra niñez. Fue la primera vez que hablamos de lo triste y de lo solo que él se sentía tras la separación de nuestros padres. Ha sido la primera vez que lo he visto llorar por su dolor de que no hemos podido crecer juntos”. Y cuando acaba de hablar, la mujer se seca las lágrimas.

EL POLICÍA. “Clavijo era un hombre fuerte, muy  fuerte —explica uno de sus exinstructores, que pide guardar su nombre en reserva—, comprenderá que es un tema tan delicado y nadie quiere decir nada porque Clavijo era importante”.

El oficial comenta que todos sus alumnos de la Anapol tenían un rasgo especial. Algunos eran inteligentes, otros altos, y Clavijo era fuerte. Y propenso a la ira. Según datos de la entidad, la más grave falta que cometió fue cuando encerró a un subteniente de grado inferior en el coliseo de la institución y comenzó a pegarle. “Lo llevó al coliseo y cerró la puerta, después empezó a golpearlo hasta cansarse. Tardó en cansarse”, señala el exinstructor.

Una agravante de la golpiza fue que Clavijo ya no era alumno de la Anapol. Por aquel hecho, el muchacho se enfrentó a un proceso disciplinario en la Policía. Su currículum señala que en la academia recibió clases de casuística en las que mostró ingenio. En las prácticas, él se ponía en una situación extrema y estudiaba de qué manera responder adecuadamente a todas las pruebas. Hubo dos especialidades que le atrajeron: bombería y seguridad.

De acuerdo con datos de una institución extranjera que recibió sus servicios de seguridad, Clavijo era el mejor entre los mejores. Las palabras exactas para definirlo eran: “Profesional y responsable”.

Más allá de los halagos, el exinstructor contactado cuenta que percibió dentro de Clavijo un animal con instintos e impulsos. “Tenía un carácter fuerte y era de muy pocas palabras”. Otras dos personas que lo conocieron afirman que era un hombre callado aunque violento, además tenía una personalidad cercana a la locura. No dudan en decir que este policía “estaba loco”.

EL ESPECIALISTA. Tras su egreso de la Anapol, Clavijo buscó ser mejor policía y se inscribió a distintos cursos. Fue especialista en Inteligencia y Contrainteligencia. Era capaz de resolver, armar y desarmar conflictos. Y su habilidad fue llevada al extremo cuando pasó clases de sobrevivencia en dos entes que están entre las más avezados del orbe: Sinchis y BOPE.

En Perú se dictan los cursos antiterroristas de los “sinchis”. Los oficiales aprenden a sobrevivir en la selva más espesa. Se les enseña a abastecerse de agua y de elementos vitales escondidos en el monte.

Una fuente que pidió reserva en su identidad cuenta que en estos cursos el alumno debe meterse en la selva junto a un perro; y, además, avanzar hacia una meta. En el camino tiene que ir cercenando partes del cuerpo del animal para comérselas. El cadete tiene que avanzar lo más que pueda llevando al can herido.

La misma persona revela que pocos alumnos podían aprobar este duro entrenamiento. El ahora exteniente fue uno de los sobrevivientes que alcanzó ese logro.

La otra nota alta de su file profesional fue la aprobación del curso del Batallón de Operaciones Policiales Especiales (BOPE), en Brasil. Se trata de uno de los más calificados de la región en el rubro de la sobrevivencia y el manejo de armas, y del enfrentamiento con grupos de combate. Para ingresar, el postulante debe ser policía o militar con una antigüedad mínima de dos años. Antes de ser admitido, tiene que pasar una serie de test físicos, exámenes médicos y psicológicos. Los “egresados” del BOPE en suelo brasileño luchan contra el narcotráfico en las favelas, especialmente de Río de Janeiro.

El exinstructor de Clavijo remarca que en estos cursos se intenta “despersonalizar a los agentes”. Además, se busca controlar la mente de los policías para que vivan en situaciones de extrema adversidad.

En resumen, cuando Clavijo se tituló de Sinchis y BOPE era todo un experto en tácticas de sobrevivencia y para lidiar contra terroristas. Por ello tenía el perfil ideal para formar parte de un comando de élite: la Unidad Táctica de Articulación, Reacción y Control de Crisis (UTARC), que desbarató al supuesto clan terrorista encabezado por Eduardo Rózsa, en abril de 2009.

Pero tras el operativo en el hotel Las Américas de la ciudad de Santa Cruz, la UTARC se desarticuló y sus miembros se desperdigaron. Fue entonces que Clavijo formó parte del equipo de Bomberos en La Paz. Dos de sus excompañeros rememoran que era osado, que no medía las consecuencias de sus actos y, aparte, era amante del peligro.

Sus tareas de rescate fueron su más importante carta de presentación, especialmente cuando atendió accidentes vehiculares en Yungas.

Eliozo Huallpa, periodista de Chulumani, indica que quedó asombrado cuando vio a Clavijo en acción. “Yo lo admiré por su valentía. Él cruzaba ríos y trepaba por la selva como ninguno”. Cuando nadaba y rescataba cadáveres o salvaba a personas con vida, el policía era considerado un héroe y los pobladores yungueños lo aplaudían. Por su labor estaba en la mira de la Anapol y tres días antes del asesinato de Huaycho fue nombrado instructor.

La designación evaluó su experiencia académica y sus cursos de especialización. Las quejas de maltrato contra su esposa no fueron consideradas en la Dirección Nacional de Personal de Policía porque estaban archivadas. Pero su exinstructor tiene otra lectura: la vida personal no tiene relación con el trabajo. “Pueden haber buenos policías con problemas en su casa. Pueden haber buenos profesionales con problemas personales. No existe relación entre ambas cosas”.

Un hombre con varios rostros. Lo claro es que el 11 de febrero, el Clavijo violento no pudo con su ira. Y luego, pese a su entrenamiento para sobrevivir y contrarrestar los escenarios más adversos, se suicidó —según informe oficial— en Yungas, región que conocía al dedillo por sus proezas de bombero. Por lo menos eso es lo que demuestra el cadáver hallado el 4 de marzo.

Cronología del caso que puso en vilo a la Policía y al país

    El lunes 11 de febrero hay un lío conyugal en la casa de Hanalí Huaycho    y Jorge Clavijo. El teniente apuñala a la periodista y huye en el auto de ella. Hiere a su suegra, Martha Hannover, con dos navajadas. Hanalí muere.

    El miércoles 13 de febrero la Policía Nacional cataloga a Clavijo como “asesino y prófugo”. Después, el uniformado es dado de baja con ignominia y sin derecho a reincorporación.

    El martes 12 y el lunes 18 de febrero, Víctor Foronda, cabo y yatiri de la entidad verde olivo, recibió llamadas telefónicas de Clavijo. Según la declaración del subordinado, el exteniente le pidió que le prenda velas.

    El lunes 25 la Unidad de Bomberos halla el Toyota Vitz de Hanalí Huaycho en el que escapó Jorge Clavijo. El coche estaba en el río Bopi, cerca de La Asunta, en los Yungas. El motorizado se hallaba desmantelado, presumiblemente por los lugareños.

    Un comunario yungueño descubre un cuerpo colgado en un árbol, cerca  de la comunidad La Calzada. Se presume que el cadáver es del prófugo Jorge Clavijo. El lunes 4 de marzo la Policía encuentra el cadáver.

    La familia Huaycho y su abogado Eduardo León cuestionan que el cuerpo hallado sea del esposo de la periodista. La institución policial y la Fiscalía anuncian pruebas de ADN para la identificación del cadáver.

    El cuerpo es llevado a la morgue de  la ciudad de La Paz. Allí los peritos forenses realizan estudios científicos para determinar su identidad.

    El lunes 11 de marzo el ministro Carlos Romero anuncia que los análisis del Instituto de Investigaciones Forenses (IDIF) establecen en 99,9% que el cadáver encontrado en los Yungas pertenece a Jorge Clavijo.

    La familia de la periodista Hanalí Huaycho protesta por los resultados de los exámenes y se toma otra muestra del cadáver para enviarla a España. Los resultados finales se conocerán aproximadamente en abril.

      Las contradicciones del yatiri y la familia Clavijo

      La sangre corría por el cuerpo de Hanalí Huaycho y ella no pudo sostenerse. Cayó, a los pies de su hijo de cinco años y empezó una batalla perdida contra la muerte. Su mamá, Martha Hannover, también tenía dos cuchilladas en el cuerpo, pero sacó fuerzas para llamar a sus hermanos y llevar a su hija a un hospital.

      En el Boliviano Holandés de El Alto no atendieron a la periodista porque los médicos informaron que el centro médico no contaba con unidad de terapia intensiva. Hanalí y su mamá visitaron otros dos nosocomios sin resultados. Al final, llegaron al Hospital Obrero. Hanalí falleció allí. Ya era el martes 12 de febrero.

      Uno de los hermanos de Martha atendió a su llamado y arribó a la casa de Ciudad Satélite, donde se encontró con el garaje destrozado por Jorge Clavijo. Vio un carro policial de Radiopatrullas 110 con placa A-8. Lo detuvo. El hombre les dijo a los policías: “Por favor, ayúdennos, hay un caso de intento de homicidio y robo de movilidad”.

      Según la familia Huaycho, los oficiales del auto señalaron que la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC) se encargaría. Molesto, el tío de Hanalí insultó al cabo y al sargento, que se ocupaban de meter en el vehículo a un borracho que ocasionaba problemas en la calle. Antes de irse, prometieron que pedirían ayuda por celular. No lo hicieron.

      En el Distrito Policial 3, a pocas cuadras de la vivienda donde ocurrió el crimen, otros uniformados levantaron las manos porque alegaron que si la víctima fue llevada al hospital, el caso no era de su competencia. Y la responsabilidad, nuevamente, fue derivada a la FELCC.

      La familia de la periodista envió una nota al Ministerio Público pidiendo que se entregue información sobre quiénes estaban en el coche con placa A-8, de Radiopatrullas. Se solicitó conocer la razón por la que no se atendió el pedido de auxilio las primeras horas de aquel martes 12. Pasaron seis semanas y no hay respuesta.

      Tras el asesinato, la Policía no tenía pistas para hallar el paradero de Clavijo. La única certeza era que escapó en el motorizado de Hanalí. Casi dos semanas más tarde, un comunario de los Yungas avisó que un coche Toyota estaba en una orilla del río Bopi, cerca de la población de La Calzada. Fue así que el lunes 25 de febrero, agentes rescataron el vehículo que aún tenía las llaves de contacto puestas; otras piezas fueron sustraídas, presumiblemente por lugareños.

      El comandante de la Policía, Alberto Aracena, aseguraba: “Encontraremos a Clavijo vivo o muerto”. Y fuentes del Ministerio de Gobierno afirmaban que no se tardaría ni diez días en cerrar las pesquisas. Hasta que el 4 de marzo fue detenido el cabo Víctor Foronda, quien fungía como yatiri o “brujo” de la entidad policial. Un día antes, Aracena había anunciado que dos personas fueron acusadas de encubrimiento: un policía de bajo rango y un familiar del prófugo.

      DUDAS. Al fiscal del caso, Harold Jarandilla, nadie le saca de la cabeza que Clavijo fue a su casa de Següencoma, en la ciudad de La Paz. “Él tenía una buena relación con el tío y el primo. Este último, incluso, le prestaba dinero”. Ambos negaron haberlo visto tres meses antes del crimen. Pero aquella mentira tenía las patas cortas, según el fiscal, porque en el celular de Karelia Clavijo —hermana de Jorge— se encontró una foto reciente de la familia en una fiesta, en un pueblo.

      Otro punto polémico. Cuando se detuvo a Foronda, él reveló que habló con Clavijo el martes 12 de febrero. Declaró que éste lo llamó llorando y le pidió que encienda dos velitas para ayudarlo en su problema. Sin embargo, según datos recolectados, el cabo no dio a conocer voluntariamente el hecho. Al contrario, en el Distrito Policial 5 de El Alto, donde él trabaja, los agentes sabían de aquel contacto y el rumor llegó hasta el director, Willy Prudencio.

      Éste preguntó a Foronda, quien admitió el diálogo con Clavijo. Gracias a ello la noticia aterrizó en el despacho del coronel Aracena. Más todavía, una vez que habló, Foronda afirmó que Jorge le comentó que estaba en la localidad de Patacamaya. “Aquello es una simple mentira, no creemos que haya estado por allá y el cabo lo dice para confundirnos”, arguye el fiscal.

      No fue lo único que dijo este uniformado. Tras el hallazgo del vehículo siniestrado en los Yungas, aseveró que con ayuda esotérica supo que Clavijo rondaba por los Yungas. Pero el periodista local Edwin Cruz explica que los lugareños descubrieron el motorizado. O sea, Foronda no tuvo nada que ver en ello.

      RASTREO. Eso sí, la Policía trabajó intensamente por la zona. Dixon, un poblador de Chulumani, relata que agentes vestidos de civil llegaron hasta aquel poblado de Sur Yungas y estuvieron algunos días. “Preguntaron a los pobladores varias cosas”. Además, colocaron afiches con el rostro de Clavijo junto a la palabra “buscado”. También requisaron los hoteles y pidieron el registro de los alojados.

      El periodista chulumaneño Eliozo Huallpa cuenta que él también se topó con “personas diferentes”. Cuando un grupo de comunicadores quiso hablar con ellas, un oficial de alto rango remarcó que estaban en misión especial y no querían causar revuelo. No obstante, el revuelo se armó antes con la presencia de camionetas y vehículos policiales.

      Un movimiento similar hubo en La Asunta. Entre esta comunidad y Chulumani se encuentra La Calzada, el sitio donde fue hallado el motorizado robado por Clavijo. El fiscal Jarandilla informa que estuvieron haciendo rastrillajes por el sitio durante dos jornadas y hablaron con pobladores que juraron ver al prófugo.

      Alguno indicó que él estaba buscando compradores para el vehículo y que tenía la placa del auto en la mano. Otro señaló haberlo visto en motocicleta junto a un supuesto amigo. Un tercero, que lo vio manejando moto con un cubrecaras. Incluso, Informe La Razón supo de una señora que declaró que cuando lo miró, sintió tanto miedo que casi quedó petrificada.

      La noticia de la supuesta presencia de Clavijo en Yungas removió aquella tierra. El 4 de marzo, a unos 120 metros de distancia de un árbol con el afiche de Clavijo, fue hallado un cadáver que la Policía y exámenes forenses aseguraron que era del exteniente. Pero aún existen más incógnitas.

      Un cadáver que todavía siembra polémica

      Una vez que el fallecido fue trasladado a la morgue de la ciudad de La Paz, nació una duda: ¿Era Clavijo? Como pruebas, la Policía remarcó que junto a éste se encontraron el celular LG del policía —aquél que había desencadenado la riña fatal de la noche del 11 de febrero.

      image Un sendero que conduce donde se halló el supuesto cadáver de Jorge Clavijo. Sitio donde se encontraba el esqueleto, putrefacto, supuestamente del exteniente Jorge Clavijo.

        La Razón

        Hay un asesino suelto”. Es una frase común que se escucha en Chulumani, La Asunta, La Calzada y en poblaciones aledañas a la región de los Yungas donde se halló el cadáver de un hombre colgado en un árbol. Informe La Razón recorrió la zona y constató el temor de pobladores que no creen que el cuerpo sea del exteniente Jorge Clavijo. No obstante, la Policía y exámenes forenses afirman que éste pertenece al hombre que mató a Hanalí Huaycho.

        La certeza empezó a tejerse el lunes 4 de marzo, cuando el comandante Alberto Aracena fue al sitio donde se encontraba el esqueleto, putrefacto. Fuentes que pidieron el anonimato informan que lo primero que hizo el coronel fue persignarse. El olor a muerte era insoportable. Al día siguiente, él y sus subalternos volvieron al lugar y descolgaron al difunto. Junto a ellos estaban autoridades de La Calzada y periodistas locales.

        Aracena resbaló dos veces al descender la cuesta, empinada como pocas. Una vez en tierra firme, sembró una cruz y la envolvió con un pequeño afiche que llevaba el rostro del uniformado que puso en ascuas y movilizó durante tres semanas a los sabuesos más selectos de la institución policial. El cartel, recuerda el periodista Edwin Cruz, estaba en un árbol cerca del camino, prácticamente a unos pasos desde donde había sido lanzado el vehículo de Huaycho en que escapó Clavijo y que fue encontrado a orillas del río Bopi.

        AUTOPSIA. Una vez que el fallecido fue trasladado a la morgue de la ciudad de La Paz, nació una duda: ¿Era Clavijo? Como pruebas, la Policía remarcó que junto a éste se encontraron el celular LG del policía —aquél que había desencadenado la riña fatal de la noche del 11 de febrero, tras el tono que anunció la recepción de un mensaje—, su cédula de identidad y otros documentos pertenecientes al prófugo.

        El doctor Jorge Melgarejo elaboró el protocolo de autopsia en que, entre otras cosas, determinó que “la manera de la muerte corresponde a suicidio”, aunque dejó claro que esto debía ser corroborado con otros estudios. Sobre la “data de la muerte”, redactó: “En el presente caso puedo indicar que la misma se encuentra entre las dos o tres semanas (14 a 21 días) antes de ser realizada la autopsia de ley”. O sea, la persona se mató entre el martes 12 y el martes 19 de febrero.

        Aparte, este documento pericial al que accedió Informe La Razón estableció que para precisar la identidad del occiso era necesaria una prueba genética de ADN.

        El 6 de marzo, Arturo —tío de Jorge— fue a ver los restos y habló con el fiscal Harold Jarandilla. En su oficina de El Alto, la autoridad recuerda el diálogo: “Me dijo que a simple vista no lo reconocía (a Jorge)”. La familia Huaycho Hannover también planteó sus dudas. Más aún, apareció una parentela yungueña que postuló que el finado era Cecilio Canchari, hombre que había desaparecido tras un accidente carretero en un bus.

        Para despejar las incógnitas, el Ministerio de Gobierno y la Policía impulsaron los exámenes de ADN requeridos por el forense Melgarejo. Acudieron al Instituto de Investigaciones Forenses (IDIF). Se tomaron muestras de la hermana (Karelia) y el tío de Clavijo y los resultados certificaron que el cadáver descubierto en La Calzada coincidía en un 99,9999% con los datos genéticos del asesino de Hanalí.

        Una fuente del IDIF revela que no se extrajeron muestras del hijo de cinco años de los Clavijo-Huaycho porque “científicamente no había certeza de que sea descendiente del uniformado”. Sin embargo, los especialistas ignoran de que, en el pasado, hubo una prueba de “paternidad en vientre” para comprobar de que Jorge era el padre biológico. Así lo afirma una persona muy cercana a una de las familias.

        Los exámenes no terminaron ahí. En julio de 2003, cuando Clavijo cursaba su cuarto año en la Academia Nacional de Policías, se lesionó el peroné izquierdo y los médicos de la clínica Virgen de Copacabana le colocaron una placa de platino con cinco tornillos, que le retiraron un año más tarde por las molestias. No obstante, quedó una “huella” en el sitio donde se encontraba aquel pedazo de metal. Este rastro fue determinante para reconocer al occiso proveniente de La Calzada.

        De acuerdo con el informe de Freddy Torrejón Rocabado, forense del IDIF, se llevó a cabo un análisis comparativo entre las pruebas que se aplicó a Clavijo entre 2003 y 2004, con las extraídas del cadáver. “(Se llegó) a la conclusión de que el peroné examinado científicamente corresponde a Jorge Raúl Clavijo, quien presentaba signos de fractura ante mortem del peroné de la pierna izquierda”.

        Uno de los puntos más polémicos es la falta de dientes en el esqueleto. La odontóloga forense Angélica Salcedo implementó un análisis de las piezas dentales del cuerpo sin vida y dictó que éste las tenía antes de morir. Esto echó por tierra la hipótesis de que pertenezca a Cecilio Canchari, que usaba placa dental postiza.

        Y otro test positivo fue la comparación de las huellas dactilares del difunto con la muestra registrada en la cédula de identidad de Clavijo que fue encontrada en La Calzada. Con estos argumentos científicos, la Policía y el Ministerio de Gobierno dieron por cerrado el caso, algo que todavía no aceptan los allegados de la periodista asesinada en su casa de Ciudad Satélite. 

        MITO. Para ingresar al sitio donde fueron hallados los restos de Clavijo, se necesita una buena preparación física. Entre la maleza crecen árboles de palosanto en los que habitan peligrosas hormigas. El cielo está surcado por aves negras de carroña. El calor es agobiante. Comunarios de La Calzada afirman que en este escenario es fácil que los cadáveres lleguen a descomponerse hasta el extremo en que se encontró al fallecido.

        La familia de la periodista no comulga con esta hipótesis, que no sólo proviene de los lugareños, sino de especialistas y de autoridades policiales. Por ello, decidió encomendar otro estudio de ADN en base a las nuevas muestras recolectadas de un hueso del finado. Éstas fueron remitidas a un laboratorio de genética en España y se espera que los resultados sean enviados a Bolivia hasta abril.

        La ausencia de dientes en el supuesto cráneo de Clavijo es uno de los temas que más despierta dudas entre los Huaycho Hannover, sobre todo porque no hay una explicación para ello. Aparte, la doctora Salcedo comenta que no se puede establecer con certeza si los restos son del exteniente por los estudios dentales. Y lanza una crítica: “No se hizo un correcto levantamiento forense (del cadáver) porque lo ideal es cubrir la cabeza con una bolsa”.  

        Aparte, los parientes de la víctima no cesan en criticar el rol que la Policía cumplió en este caso. El hecho de que el comandante Aracena haya levantado una cruz para Clavijo en el camino de La Calzada, sin tener las pruebas científicas de la identidad del cuerpo, es la base de esta interrogante. Informe La Razón intentó en varias ocasiones entrevistar al jefe policial, pero éste no atendió a la solicitud.

        Mientras se espera que el veredicto genético llegue desde Europa, el cuaderno de investigaciones sobre el crimen está cerrado bajo siete llaves. Y en La Calzada y sus alrededores, hay comunarios que han creado un mito en torno a Clavijo. Algunos aseguran haberlo visto recientemente por los senderos donde reina la coca, la naturaleza virgen y los ríos. Creen que aún anda un asesino suelto por esa región donde todavía se huele el olor a muerte. Para ellos, el caso tampoco está cerrado.