Alfredo Leigue
Toda sociedad que aspire a progresar debe promover la formación de élites. Que bien podríamos definirlas como el grupo humano en el vértice de la pirámide social. Entre los cuales se cuentan los más educados, los científicos, los literatos, los artistas, los más refinados, los más ricos y los mejor informados, entre otros.
Y ellos están ahí fruto de su esfuerzo individual y las oportunidades que le brinda la sociedad (no quiero referirme a excepciones y luego si alguien sale con el análisis marxista, veremos). Por lo tanto tienen una responsabilidad con los que los rodean de devolver, en acciones de bien, el sitio del que gozan en la sociedad.
Esa devolución puede tomar muchas formas. La creación de empleo es una de ellas, la producción artística es otra, la docencia, la transferencia tecnológica, la creación de conocimiento colectivo, el mejoramiento de hábitos alimenticios, de esparcimiento, etc.
Sin embargo la más importante de todas las tareas de las élites es trazar el rumbo hacia mejores días. ¿Y qué son mejores días? Yo lo resumiría en lo cuantificable como que la gente viva más y mejor. Y en lo no cuantificable que la gente sea más libre y todos seamos iguales ante la ley. Recalco, condiciones necesarias pero no suficientes para vivir mejor.
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Por eso y mucho mas no debemos descalificar y denostar a las élites Siempre y cuando estas sepan ostentar su cualidad de responsables de lo propositivo, de la búsqueda de un mundo mejor. De lograr que el poder tenga una tasa de transferencia que exprese una mayor frecuencia, que dicha transferencia del poder sea sin derramamiento de sangre y que logremos una estructura de instituciones estatales y civiles que garanticen que nadie tenga el suficiente poder como para doblegar la voluntad de otros de forma indefinida.