A propósito de ciertas declaraciones de alto contenido racista y que solo tienen la intención de estigmatizar, surge nuevamente el debate oriente versus occidente y otras miserias que no vale la pena mencionar y menos poner como título principal de un periódico.
Hay quienes se preocupan porque supuestamente los que vivimos en las tierras bajas terminaremos siendo avasallados por la cultura aymara–los supuestos salvadores del país-, que vendrán a imponernos sus costumbres y modos de vida. Primero van a tener que lidiar con la “cultura universal”, esa que impone Hollywood y que termina invadiendo todos los rincones.
Si alguien está afligido por la muerte de las tradiciones, no debería poner la vista la “invasión” del fricasé o el acullico, que ahora domina las reuniones de “frater”, debería preocuparse más por el pollo frito y la Coca Cola, que dominan El Alto, Oruro, los valles y los sitios más recónditos de la selva. Si la cultura aymara estuviera ganando en Santa Cruz eso ya se notaría en nuestro modo de hablar, pero está claro que quienes llegan a estas tierras se vuelven distintos y sus hijos pronuncian el castellano como cualquier porongueño de pura cepa.
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Pero eso no es lo central. Todo el que viene a Santa Cruz disfruta de dos elementos que son la esencia de nuestra cultura. Todos se vuelven propietarios y celebran la libertad de hacer con sus bienes lo que les parezca conveniente. Eso no sucede en occidente y un día tendrá que cambiar a imagen y semejanza de la “cultura oriental”.
Fuente: eldia.com.bo