
De fondo la música que alienta la lucha social. Es en Palacio Quemado en el velorio de Rodolfo Illanes. Un guitarrista lanza melodías de protesta, entre ellas Yo te nombro libertad, de Savia Nueva, la canción que le gustaba. El cuerpo del extinto viceministro descansa en la sala principal de la casa presidencial entre llantos, asombro y demasiada bronca de autoridades, familiares y allegados. Su vida se apagó y, paradójicamente, la terminaron manos mineras, aquellas que defendió cuando era asesor de luchas sociales.El vicepresidente Álvaro García Linera no baja la mirada. Observa el féretro donde está Illanes. No lo puede creer, no halla razones de la muerte. Al lado, familiares entran en llanto y por poco no se desvanecen.Illanes admiraba al ex presidente argentino Raúl Alfonsín, incluso lloraba cuando escuchaba sus discursos. En especial aquel de su cierre de campaña de 1983, cuando pidió unidad nacional y paz interior.Ese mensaje, según Sebastián Michel, fue como una especie de aliciente para su trabajo. Aquel video (en el que Alfonsín emitía un discurso en el obelisco de Buenos Aires) lo tenía guardado en su teléfono móvil. Quizá lo admiró antes de viajar a su destino final.Admiraba las luchas minerasEra fanático de la lucha minera y de Savia Nueva. También admiraba a varios dirigentes mineros a los que algunas veces asesoró. Así empezó su vida profesional, con ese apoyo incondicional a las demandas mineras, pero esta vez esa lucha lo mató, paradójicamente.Él creyó que podía abrir el camino del diálogo. Quería ir a Panduro cuando estaba destinado visitar la localidad de Sayari, en Cochabamba, donde el miércoles fallecieron dos mineros. Se contactó con un dirigente del sector antes de viajar. Llamó a su ‘amigo’, pero lo traicionaron. Lo mataron y lo dejaron sin vida en la carretera.Serio, pero nunca se lo veía renegar. Cuidaba su humor y siempre se dirigía a las personas con educación. Judith Revilla trabajó con Illanes durante cuatro años y nunca tuvo —dice— un inconveniente, mucho menos una riña por el trabajo. Lo mismo expresa César Navarro, ministro de Minería, que lo califica como un “buen tipo”. De “buen diente” y sufría cuando viajaba al exterior, porque siempre quería comer platos nacionales

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