Julio María Sanguinetti*El triunfo de Donald Trump ha sido de tal modo sorpresivo para la prensa norteamericana y occidental que da hoy lugar a todo tipo de interpretaciones y disquisiciones.Para empezar, son patéticas las declaraciones de las empresas de investigación de opinión pública, que intentan tapar el cielo con un colador dando explicaciones sobre sus errores. Algunos medios, como The New York Times, éticamente han reconocido sus errores. Pero la mayoría dice que al final Hillary Clinton sacó más votos que Trump, como ellos decían. Lo cual es infantil cuando hasta el día antes nos daban, estado por estado, unas encuestas precisas y prolijas que no ofrecían dudas sobre el colegio electoral que actúa como intermediario en el sistema norteamericano. Es más: algunos afirmaban rotundamente que en el voto popular podían estar empatados, pero que en el colegio elector no había dudas. Pues allí es donde, justamente, la mayoría de Trump se hizo abrumadora.La gente que se ha asomado al tema con cierta propiedad dice que lo que les ocurre a las encuestas es que la gente no las contesta. Y que ese porcentaje llega a veces al 60% o 70% de la muestra elegida, lo que aumenta exponencialmente el riesgo del resultado.Otro exceso que también ocurrió es el de los jefes de Estado, que ostensiblemente propugnaban la elección de la señora Clinton. Públicamente, la señora Ángela Merkel, canciller de Alemania, el presidente François Hollande, de Francia y hasta nuestro vecino Mauricio Macri no tuvieron la menor contención. Actuaron como si fueran ciudadanos comunes, alabaron a la candidata y cuestionaron a su rival. Ahora hacen malabarismos para convivir con el Presidente electo.Se repite que el voto a Trump es un voto contra la política y los políticos. Eso no es tan claro. El voto a su favor sumó trabajadores industriales con empleos en peligro, cubanos enojados por la apertura de Barack Obama a Cuba (que en Florida fue importante), agricultores que piden protección, pequeños empresarios que no pueden con la competencia china, trabajadores de todas las actividades a los que se convenció de que los inmigrantes los están desplazando, gente blanca y vieja que se encuentra con un candidato que reivindica su predominio social, votantes republicanos satisfechos de que su partido volviera al poder aunque el candidato no les gustara demasiado, y así sucesivamente. Sumó prejuicios y temores. No dudamos que haya un voto contra Washington, pero eso da la impresión que más que darle tantos votos a Trump le dañó la imagen a la señora Clinton, típica representante de la capital, o sea, el mundo de House of Cards, la serie que caricaturizó a la Casa Blanca como un antro de cinismo, intereses espurios y uso indiscriminado de los peores métodos.Naturalmente, no faltan quienes proyectan el ejemplo de Trump a la política uruguaya, refiriéndose a posibles nuevas opciones, sin advertir que su gran estrategia fue ganar la mayoría adentro del Partido Republicano, preservando el esquema bipartidista histórico del país y aprovechando, en consecuencia, la presencia nacional de la vieja colectividad de Abraham Lincoln.Se afirma también que en los Estados Unidos está en marcha un régimen populista. No hay duda de que su campaña tuvo ese tono y además un contenido contradictorio. Pero la institucionalidad de la gran potencia es muy fuerte. El señor Trump podrá cometer errores y encontrar aciertos, ojalá estos sean más que los otros, pero no podrá evadirse del marco de las instituciones. Empezando por su propio partido, mayoritario en las dos Cámaras y que seguramente no va a ser un manso cordero. En una palabra, no hay margen para un chavismo o un kirchnerismo. Que puede hacer mucho daño, es posible; también lo han hecho algunos de sus predecesores, pero siempre dentro de los parámetros de una democracia sólida.Otra línea de razonamiento a la moda es la de afirmar que los grandes diarios, las grandes plumas y aun la televisión, ya no son decisivas en una elección. Por cierto, en Estados Unidos los intelectuales, los premios Nobel o los periodistas consagrados, no tienen la influencia que tienen en los países europeos o latinos. ¿Por qué, si no, nunca un gran economista laureado ha manejado la Secretaría del Tesoro? Cabe señalar, sin embargo, que todos esos medios, muy a su pesar, contribuyeron a difundir las posturas extremas de un Trump que hablaba específicamente para esos sectores más desplazados de la mesa de la globalización. Mucha gente oía lo que quería oír y cuando se ridiculizaban esas posiciones extremas y pasionales, más se aferraba a ellas.Lo que queda claro es que el «american way of life», el estilo de vida norteamericano, en su versión globalizada, ya no conforma a medio país y que está, en cambio, dispuesto a creer en alguien que le ofrece retornar a su pasado esplendor, por más inestable y contradictorio que sea. «Hagamos nuevamente de los Estados Unidos un gran país», fue su eslogan. Esa apelación, en boca de un hombre rico y ganador, resultó creíble para quienes no se sentían representados en alguien que era la continuación de Obama. Los estadounidenses privilegian el éxito así como los latinoamericanos lo penalizamos. Y Trump fue esa imagen.Valgan estas reflexiones como sumatoria a todo lo que se viene diciendo. Quizás no sean las más profundas, pero a cuenta de lo que vaya a ocurrir, cabe ir pensando que, en cualquier caso, los desafíos para países como el nuestro serán aún mayores. Porque la perspectiva es algo más de proteccionismo, bastante más de triunfalismo norteamericano y mucho menos de solidaridad internacional, fraternidad o todos esos valores que tanto encienden el espíritu de quienes todavía oímos con emoción La Marsellesa.*Abogado, Historiador y Escritor. Fue dos veces presidente de Uruguay.Infobae – Buenos Aires