Álvaro PuenteHabría que preparar un irrefutable juicio de responsabilidades. No basta llevarse las manos a la cabeza cada vez que oímos detalles de la macabra universidad que tenemos. No basta el eterno “a dónde iremos a parar”. Es criminal y es estúpido quedarnos tranquilos con el suicidio educativo nacional. Es discutible si se construye un palacio más o uno menos. Se puede empujar un emprendimiento u otro. Lo que no se puede nunca y de ninguna manera es permitir que maten las esperanzas y las posibilidades de generaciones enteras que acuden a la universidad. Es estafa prometer determinadas competencias a los estudiantes y no darles ni una de ellas a lo largo de toda su formación. Nuestros pequeños de primaria terminan el ciclo sin haber logrado la mitad del desarrollo que se espera y se necesita a esa edad. Las promociones de bachilleres se gradúan con un retraso de seis años en comparación con los jóvenes de un país pobre como Vietnam. En la universidad ya no se puede hablar de retraso ni de desventaja. Se están graduando profesionales que no lo son. Se está titulando de médicos a personas que no comprenden el cuerpo humano y que no vislumbran los misterios de su funcionamiento. Se está lanzando al ejercicio profesional a cientos de miles de jóvenes, sin formación, sin preparación, sin ciencia. Expertos en nada. Pudieron convertirse en brillantes, pero nadie desarrolló sus inteligencias ni les enseñaron a descubrir. No les exigieron responsabilidad ni comprensión. No los pusieron nunca en el trance definitivo de dominar un tema hasta superar a sus catedráticos en un punto. No. Aquí todo vale. Todo sirve. Todo se perdona. No se exige nada.No solo se atrofian sabios en potencia. No solo nos quedamos con mediocres en lugar de lumbreras. Más grave es que damos permiso para matar a médicos que no están preparados para serlo, a ingenieros que hacen puentes que se desploman y edificios que se derrumban, a agrónomos que no producen, a economistas que nos llevan a la quiebra. Hasta aviones, de las mejores fábricas, en nuestras manos son arma mortal.Evidentemente hay alguna universidad menos mala que las otras y alguna facultad que sobresale en el país de los ciegos. Pero en todas es deprimente el bajo nivel de investigación y de exigencia científica. Es deprimente la masa indolente de catedráticos que vegetan en su cátedra, sin ideales y sin inquietudes. Hasta los públicos comerciantes de notas siguen ejerciendo. Hasta los comprobados plagiarios de tesis siguen formando. ¿Quién es el culpable?El Deber – Santa Cruz