La audacia no siempre es responsable


José Luis Bolívar Aparicio*Las guerras, si algo dejan como mejor prueba de su existencia son las muertes y el dolor que cobran estas entre quienes las sobreviven, pero no menos importantes son las enseñanzas que a su paso van recogiendo los que aprenden de ellas.Muchas de estas sirven para no cometer los mismos errores, aunque no siempre con buenos resultados, pero las más, sirven también para mejorar las tácticas para una probable nueva conflagración.Pero también son capaces de mostrarnos el temple y heroísmo de muchos de sus protagonistas, quienes suelen, en el fragor del combate, emplear y sacar a relucir dotes que si no fuera por la adrenalina sumada al amor a la Patria seguramente ni ellos mismos sabrían de lo que son capaces.Algo así sucedió con los pilotos de la Fuerza Aérea Argentina durante la Guerra de Las Malvinas, quienes al verse sorprendidos por una contienda para la que no estaban preparados, ni mentalmente y mucho menos en cuanto a material bélico, supieron hacer del instinto y la necesidad las herramientas más fructíferas a la hora de enfrentar a David contra Goliat.La Armada Británica no solo tenía una gran experiencia de combate, en especial por toda la acumulada durante la Segunda Guerra Mundial y su enorme participación en el Canal de La Mancha, también contaba con los últimos adelantos respecto a la ciencia bélica cuyo principal proveedor era los Estados Unidos y la gran ventaja que le daba la última joya de la aviación universal que era el Sea Harrier, un caza bombardero capaz de despegar verticalmente gracias a sus toberas móviles y ni qué decir del armamento y tecnología con la que contaba dicho elemento.En cambio los australes tenían una flota aérea muy mal organizada, sus mejores elementos y con los que estaban más preparados dado su intenso entrenamiento eran los Sky Hawk clases A, 4C y Q, los cuales tenían muchos problemas, especialmente de averías en alas y alerones y no se pudieron atender oportunamente porque la mayor parte del presupuesto fue a las Brigadas de los Dagger que eran mejores y en los que pudieron practicar y trabajar más.Aunque durante la guerra, las joyas de la aviación marplatense fueron los Dassault-Breguet Super Étendard de fabricación francesa junto a sus flamantes misiles Exocet que le infligieron daños terribles a los ingleses, muchos realmente sorprendentes por varias razones.La mayoría (sino todos) de los pilotos que combatieron en las Malvinas se enteraron de la ocupación de las islas, cuando llegaron a su puesto de trabajo el 2 de mayo de 1982. Ninguno de ellos en los últimos meses y años había siquiera previsto esta posibilidad, y por lo tanto no estaban preparados técnica y tácticamente, por lo menos no como hubieran deseado, puesto que toda la concentración de los argentinos en materia militar en el último tiempo estaba más puesta en Tierra del Fuego y la posibilidad de enfrentarse a los chilenos por los territorios en disputa al extremo sur del continente.Por lo que cuando se tuvieron que hacer nuevos planeamientos en base a este teatro de operaciones totalmente diferente, se dieron cuenta de la gran desventaja que tenían, pero ante todo, los problemas que habían respecto a las distancias entre los puntos de despegue y combate y la provisión de combustible en el aire para lo que se tuvo que adaptar un Hércules sobre la marcha, pues era lógico que la pista de Puerto Argentino en el archipiélago iba a quedar inhabilitado ni bien los ingleses se acercaran a la isla.Tres cosas tuvieron que aprender estos valerosos pilotos antes y durante la contienda misma:Primero, generaron una reingeniería para que un avión de los 80 dispare un misil de los 90 con sistemas programados en lenguajes y condiciones absolutamente distintas. Sin tiempo, jugaron a la lotería y la casuística matemática para dar los con algoritmos posibles y lo lograron, contando después de ello con la más eficaz y mortífera arma en contra de los anglosajones.En las Malvinas tuvieron su bautismo de fuego, y aunque les costaron muchas bajas obtuvieron magníficas experiencias y sobre todo demostraron audacia, valor y un arrojo increíble como cuando un avión a hélice, Pukara, podía entrar en combate y dar de baja unidades enemigas con una gran maniobrabilidad y certeza en sus disparos.Pero una de las mejores lecciones de guerra que dejó esta contienda a los pilotos de la FAA fue el aprender a volar a ciegas y con el combustible justo para despegar, volar, llegar al objetivo, depositar las bombas o disparar los misiles y retornar lo más rápido posible para no ser alcanzados por interceptores ingleses. Todo esto a ciegas puesto que para esquivar los radares rivales, no podían volar a más de 15 metros sobre el mar y cuando entraban en el plano de vista de las embarcaciones británicas debían bajar incluso entre 6 y 7 metros máximo y a esa altura maniobrar para depositar sus bombas, lo que provocaba que el salitre y la espuma marina cubran por completo los parabrisas de las naves y retornaban a tierra continental adivinando por donde iban con únicamente la guía de las torres de control como elemento de información para aterrizar. Maniobras realmente llenas de coraje y surrealismo.No sé si es en base a estas enseñanzas precisamente, o simplemente porque a nuestros pilotos militares bolivianos les encanta coquetear con la muerte, la mayoría de sus vuelos de entrenamiento los hacen justamente como si fueran pilotos argentinos en combate, y salen y retornan a la pista con lo justo y ni una gota más de combustible, todo ello en circunstancias muy difíciles también, puesto que muchos de nuestros aviones de entrenamiento ya cumplieron su vida útil hace muchos años, en algunos casos décadas. Por todo ello, los pilotos bolivianos gozan de una reputación internacional de ser hombres muy capaces y de alto nivel profesional.Y esto fue demostrado en más de una oportunidad cuando en condiciones adversas y próximas a la catástrofe maniobraron sus naves de tal manera que no solo evitaron la tragedia sino que a veces llegaron a salvar la vida de los pasajeros de la tripulación e incluso la nave, siendo estas proezas destacadas a nivel mundial.El piloto del avión siniestrado de la empresa LaMia dio claras muestras de todos estos aspectos, no solo de haber volado con el combustible muy por debajo de lo requerido reglamentariamente y encima con sobrepeso, sino de haber esperado con una paciencia bíblica las instrucciones de la torre de control incluso con dos motores abajo y recién dado la alerta cuando ya prácticamente no había nada que hacer.Su irresponsabilidad realmente fue terrible al haber jugado con la vida de la gente de esa manera y hacer las cosas como si estuviera volando él solo una avioneta en entrenamiento y no un Boeing con más de 80 vidas y de ello debe estar en este momento dando cuentas al Creador.Pero la irresponsabilidad de quienes en tierra permitieron que esa línea aérea funcione con tremendas observaciones, incumpliendo hasta en los más mínimos requisitos para su habilitación como línea comercial, tienen tanta o más culpa que aquel piloto y también en su momento deberán sentarse en la silla del acusado a dar las respectivas explicaciones y seguramente pagar los daños civiles y penales que causaron.Es verdad que en Bolivia todos estamos acostumbrados a meterle nomás, a buen ejemplo de nuestro mandamás, y que todo se arregla si deja de funcionar, pero hay cosas que no deben estar libradas a su suerte y una de ellas es la vida humana. Las autoridades deben reflexionar y hacer todos sus trabajos como debe ser y no como lo haría un piloto que le metió nomás. *Es paceño, stronguista y liberal