La ciencia de la ciudad


Emilio Martínez CardonaArtículo publicado en la revista del Colegio Abierto de FilosofíaAparte de la obviedad etimológica, que hace de la política la “ciencia de la ciudad” por ser la polis la unidad estatal de la época aristotélica, podemos también desarrollar este concepto de otra manera.No una ciencia de la ciudad en el sentido material o urbanístico, sino un análisis de la polis en tanto sujeto activo en la construcción de las redes del poder público más allá de su radio, como factor determinante dentro de unidades más amplias (imperio y estado-nación).Sería posible plantear, entonces, una filosofía de la historia donde un motor principal fuese la “lucha de ciudades”, con el ejemplo paradigmático de Roma y Cartago como polos articuladores de acontecimientos en el mundo clásico.Hay también elementos para sostener la tesis de que varios de los grandes procesos revolucionarios del siglo XX fueron esencialmente el asalto de la ciudad segunda a la ciudad primera: el soviet de Petrogrado dando el golpe militar conocido como revolución de octubre, a través del cual se instauraron nuevas estructuras de poder en Moscú; la “marcha sobre Roma” orquestada por Mussolini desde Milán; la articulación del nacionalsocialismo desde Munich, con la posterior conquista electoral de Berlín.Exactamente inverso sería el caso de la Revolución Francesa, que fue ante todo un reforzamiento despótico del poder de París sobre otras ciudades, en particular Lyon, que sufrió las expediciones de castigo comandadas por Fouché. La Comuna de Robespierre era en rigor un gobierno municipal, que impuso su dictadura férrea sobre las demás polis del territorio francés.Igualmente, podemos aplicar el análisis de la “lucha de ciudades” al escenario nacional, con la polarización entre Sucre y La Paz, entre conservadurismo y liberalismo en el siglo XIX, como tramado articulador de buena parte de los sucesos políticos relevantes de esa etapa.Este enfoque puede aplicarse también a la actualidad, entendiendo por tal a las dos últimas décadas, con la tensión irresuelta entre La Paz (ciudad primera en el plano político y segunda en el económico) y Santa Cruz (segunda en lo político y primera en lo económico). Tensión irresuelta, decimos, toda vez que la administración gubernamental del 2003-2005 y la del llamado “proceso de cambio” han procurado asegurar la concentración del poder ante el ascenso del autonomismo cruceño, procurando mantener la centralización de lo que un sofista del régimen imperante ha definido como el “capital administrativo de la nación”.La dialéctica de las ciudades continuará operando en el plano de las infraestructuras y generando cada tanto sus manifestaciones, en esa epidermis de la realidad que es la campaña electoral.